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Examen de selectividad curso 2012/2013 - Lengua castellana y Literatura

EL COMPROMISO SOCIAL Y POLÍTICO DE MIGUEL HERNÁNDEZ

EL COMPROMISO SOCIAL Y POLÍTICO DE MIGUEL HERNÁNDEZ

EL COMPROMISO SOCIAL Y POLÍTICO DE MIGUEL HERNÁNDEZ

 Si Ramón Sijé  (José Marín) y los amigos de Orihuela le llevaron a una orientación clasicista, a la poesía religiosa y al teatro sacro, Neruda y Aleixandre lo iniciaron en el surrealismo y le sugirieron, de palabra o con el ejemplo, las formas poéticas revolucionarias y la poesía comprometida, influyendo, sobre todo Neruda y Alberti, en la ideología social y política del joven poeta provinciano. Superada esta crisis ideológica y estética, Miguel Hernández llega a ser un poeta comprometido con el pueblo.

  • En 1935 colabora en las Misiones Pedagógicas. Se afilia al Partido Comunista.
  • El estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 le obliga a apostar por la República. No solamente entrega toda su persona, sino que también su creación lírica se vuelve arma de denuncia y testimonio. Su poesía se hace instrumento de lucha, ya entusiasta, ya silenciosa y desesperada. Como voluntario se incorpora al 5º Regimiento, después de un viaje a Orihuela para despedirse de los suyos. Se le envía a hacer zanjas en Cubas, cerca de Madrid. Emilio Prados logra que se le traslade a la 1ª Compañía del Cuartel General de Caballería como Comisario de Cultura del Batallón de El Campesino. Va pasando por diversos frentes: Boadilla del Monte, Pozuelo, Alcalá. Lleva una vida agitada, con continuos viajes y apasionada actividad literaria. Todo esto y la tensión de la guerra le ocasionan una anemia cerebral aguda que le obliga por prescripción médica a retirarse a Cox para reponerse.
  • En febrero de 1937 es destinado en Andalucía al "Altavoz del Frente". Participa en el II Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia. Realiza un viaje a la URSS, formando parte de una delegación española enviada por el Ministerio de Instrucción Pública, para asistir al V Festival de Teatro Soviético. Se publican ’Viento del Pueblo’, ’Teatro en la guerra’ y ’El labrador de más aire’. En 1938 actúa como soldado, y como poeta, en diversos frentes. Varias obritas de Teatro en la guerra y dos libros de poemas que han quedado como testimonio vigoroso de este momento bélico: Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939).
  • Poemas a  figuras del frente republicano: “Rosario la Dinamitera”… Contra el fascismo.
  • Su poesía se llena de vivencias sociales y revolucionarias. Poeta del pueblo. El poeta es intérprete de sentimientos colectivos. En estos años sus poemas empiezan a tener conciencia social: es el poeta de la guerra civil. Con su verso y con su “sangre” va plasmando la tremenda experiencia de la guerra. (“Pueblo de mi misma leche”, dice el poeta). Superación de la etapa retórica. Poesía combativa y exaltada, de condenación del burgués. Defensor del pueblo, del oprimido, de los campesinos…  (“Viento del pueblo”). Muchos de estos poemas se escribieron pensando en la recitación pública. Poesía social. El contenido se esparce en cuatro direcciones: la elegía, la exaltación heroica, el sarcasmo combativo y lo social.
  • Los poemas de índole social, denunciadores de la injusticia, son de una ternura desgarradora. Sinceridad. Dolor compartido. Defensa de los explotados… En cierto sentido, su poesía establece un lazo de unión con “Los santos inocentes” de Miguel Delibes. Ejemplos: “El niño yuntero”, “EL sudor”, “Las manos”, “Jornaleros”. “Aceituneros”…
  • Poeta soldado: “cantando me defiendo y defiendo a mi pueblo”.

La vida y la muerte en la poesía de Miguel Hernández

La vida y la muerte en la poesía de Miguel Hernández

 

 

 

 

 

 

 

 

LA VIDA Y LA MUERTE EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

 

 

Juan CANO CONESA

 

Nota previa: Todas las referencias que hagamos a los números de páginas citados en el presente trabajo se refieren a la obra Miguel Hernández. Antología poética. Edición y guía de lectura José Luis Ferris, Ed. Espasa Calpe (Austral Poesía), Madrid, 2000, 2007.

 

Casi la totalidad de los especialistas en la obra de Miguel Hernández, han observado la estrecha relación que existe entre la biografía y la creación lírica del poeta. Y es cierto. En todas las biografías de Miguel Hernández, la mejor de las cuales es, en nuestra opinión, Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, de José Luis Ferris, se hace una documentada relación de acontecimientos asociados a la vida del poeta y una incardinación muy acertada de dichos acontecimientos en la producción poética del escritor oriolano; en ella observamos cómo ambas realidades son inseparables. Pero más allá de los asuntos biográficos –a los que, evidentemente, aludiremos cuando el análisis temático de su poesía lo requiera- iniciaremos una línea de reflexión que tiene como objeto la contemplación de un proceso: la obra de Miguel Hernández es como una vida, con sus balbuceos iniciales, sus momentos de empuje juvenil, sus alardes de autoafirmación personal y sus convicciones de que no queda más remedio que aceptar la realidad como una pena, como una sucesión de heridas. Dicho esto, nos podemos permitir adoptar una visión rotunda y definitiva sobre lo que consideramos elemento infalible: la vida no es más que una maquinaria de destrucción o, como dice Heidegger, “el hombre es un ser para la muerte”. Pues bien: parece que toda la producción del poeta es una constatación de la terrible definición del filósofo existencialista.

 

En la poesía de Miguel Hernández se da perfectamente un discurrir dramático que comienza con la vida más elemental y balbuceante, una vida casi festiva, inconsciente y de ficción, que poco a poco –conforme se va configurando el sufrimiento y se va desarrollando la historia personal del escritor- acaba por deslizarse por la pendiente de la tragedia. Ahora es cuando ya podemos repetir sin prevención alguna lo que anteriormente decíamos: la vida y la obra de Miguel Hernández son inseparables, porque el hombre vive para la poesía, al tiempo que la poesía es el termómetro constante de las embestidas de su humanidad desbordante, de su pasión, de su reciedumbre, de su vida, de su obsesión poética: “En mis años de poeta –afirma Pablo Neruda de Miguel Hernández en Confieso que he vivido-, y de poeta errante, puedo afirmar que la vida no me ha dado contemplar un fenómeno igual de vocación y de eléctrica sabiduría verbal”.

 

Incluso en situaciones infaustas, demostró una gran calidad humana. Lleno de humanidad, callado, retraído y a veces impredecible, adquirió pronto la sabiduría de la privación y de la escasez. Pero también era espontáneo y dicharachero cuando la ocasión lo requería: podía perfectamente contar chistes, canturrear para animar a sus compañeros de cárcel o ayudar generosamente a sus vecinos de celda[1].

 

Sobrecoge el proceso vital que recorre la obra de Miguel Hernández. Independientemente de los estilos, tendencias literarias o influencias a los que los adscribamos, la mayor parte de los primeros poemas (fundamentalmente, hasta los que integran El rayo que no cesa), contienen un soporte de cierta despreocupación consciente, de vitalismo despreocupado y hasta, en ciertas ocasiones, de optimismo natural: en esta época su vida va por un camino (sueña con poder vivir para dedicarse a la poesía) y su obra por otro (contempla el mundo desde la perspectiva de sus poeta leídos y admirados). Quizás sea una osadía afirmarlo con rotundidad, pero podríamos afirmar que el primer espacio poético hernandiano estaría contagiado por la idea del primer Jorge Guillén, el de Cántico, el de la armonía esencial, el que proclamaba que el mundo estaba bien hecho.

 

Son muchos los poemas en los que se rinde homenaje a la naturaleza con un júbilo casi exultante: las plantas, las piedras, los bichos... todo lo vivo es bello, todo lo vivo inspira una gracia contagiosa y sin aristas. Lo natural es fuente de experiencia, en la que se presenta un rico caudal de imágenes y una especie de fundamento de vida dedicada a vivir, de vida dedicada a leer y a escribir. En estos poemas se nos presenta un Miguel alborozado y vital que busca en la Cruz de la Muela, en la colina de San Miguel o en las huertas de Orihuela el refugio apetecible de los clásicos para cantar los desdenes de la amada, la esperanza de una respuesta amorosa, los silbos del ruiseñor, los quebrantos de las tórtolas, la flor del trigo o, sencillamente, la armonía de la naturaleza. Pero más allá de la vida que confiere a las cosas, el vitalismo de Miguel Hernández percibe las cosas como si estuvieran vivas: la piedra amenaza, la luna se diluye en las venas, la breva es una madrastra, la palmera le pone tirabuzones a la luna, la espiga aplaude al día. La vida. Aquí no hay muerte; si acaso, una muerte anunciada por la llegada de los atardeceres, esos que sorprenden al poeta leyendo junto a un ciprés, mientras se encienden las estrellas y se apaga la luz. Queda flotando un silencio macizo que se recuesta sobre las frondas mientras expira la belleza desgraciada de la tarde.

 

Sobrecoge el cariño arrebatador con que el poeta contempla la naturaleza, esa exaltación de lo insignificante, ese pulimento de hedonismo levantino con que canta la belleza del vivir por el vivir: “Lagarto, mosca, grillo, reptil, sapo, asquerosos / seres, para mi alma sois hermosos. / Porque Iris, señala / señala con su regio pincel, / vuestra sonora ala y vuestra agreste piel. / Porque, por vuestra boca venenosa y satánica, / fluyen notas habidas en la siringa pánica. / Y porque todo es armonía y belleza / en la naturaleza” (página 65). La naturaleza es uno de los grandes tópicos de su obra, porque forma parte de su vida, de sus orígenes, de sus lecturas. Sus primeros poemas son, según Ferris,  “apuntes líricos, de estampas ajustadas a la geografía levantina que ilustró su niñez y que emplea oreándolas de bucolismo, amparándose en su capacidad sensitiva para captar los matices, las sensaciones que en él despierta el paisaje terruño” nos explica José Luis Ferris. En sus poemas descubrimos una naturaleza sentida como lector de la poesía del Siglo de Oro, una aire de égloga se escucha entre los versos, sobre todo, de sus primeras creaciones. Nos encontramos con pastores enamorados, ninfas y sátiros que expresan sus sentimientos en un entorno que evoca el locus amoenus.

 

Es el mismo Pablo Neruda quien se siente sorprendido por la lealtad que profesaba Miguel a sus orígenes: “El canto de los ruiseñores levantinos, sus torres de sonido erigidas entre la oscuridad y los azahares, eran para él presencia obsesiva, y eran parte del material de su sangre, de su poesía terrenal y silvestre en la que se juntaban todos los excesos del color, del perfume y de la voz del Levante español, con la abundancia y la fragancia de una poderosa y masculina juventud”.

 

Francisco Umbral, en “Miguel Hernández, agricultura viva”[2] afirma que el oriolano “es el hijo pródigo de la naturaleza, que la abandona un día, la sustituye por la cultura y luego volverá a ellas para siempre. La historia de ese alejamiento y ese retorno, de esa reconquista lenta de la naturaleza en su obra y en su vida, constituye la médula misma de su biografía interior…”

Y si algo de pena se incrusta en la poesía de la época anterior a la del Rayo que no cesa, e incluso a la de Perito en lunas, se trata de una pena más literaria que vivida, esa especie de melancolía que lo acerca más al dolor artificial e imitado que a la pena real en la que, más tarde, quedará existencialmente enredado. Esa pena a la que aludimos es literaria, ficticia, virgiliana (el poema “Pastoril”, en la página 70, recrea modulaciones bucólicas de los clásicos latinos y españoles, como hemos dicho anteriormente), pero legítima, porque, como dice el mismo Miguel Hernández, “la poesía es una bella mentira fingida”. Algunas de esas mentiras fingidas se posan en las ramas de los árboles que pueblan los árboles azules de luna (“Soneto lunario”), se hunden en las albercas, dibujan la risa de “Un gesto del alba”, o aprenden las lecciones de las aves que cantan su lección de armonía en un “Día armónico”. Hay una vida contemplada, ajena, vida palpitante en sus primeros poemas. Según Gloria Guardia, “hasta que no sufre la muerte de personas cercanas o las de la guerra, la muerte es un sentimiento más literario que real”. A propósito de esta alusión a la muerte de personas cercanas, permítaseme hacer un breve paréntesis para desmentir algo que ha venido diciéndose con frecuencia: que la primera experiencia de muerte de un ser querido fue la de Lolo, personaje al que Miguel Hernández dedica su “Elegía al guardameta”. Y ello, porque el tal Lolo (Manuel Soler, jugador del equipo de fútbol de Orihuela), no murió durante el partido. Afirma Pedro Collado Soler que sí se hizo una gran herida en la cabeza al ir a parar un balón. Por tanto fue la imaginación del poeta la que creó esa muerte (Lolo sería conducido a la cárcel alicantina en la que murió Miguel, pero no tuvo oportunidad de ver al poeta, que ya estaba agonizando). Esta elegía inspiró una tremenda secuencia narrativa a Salvador García Jiménez, quien en Coro de alucinados[3] dejó escrito lo siguiente:

 

Se escuchó el silbido de la fuerte respiración del jugador que sacó el córner. El Comba avanzó hacia el portero; saltó más allá de sus manos; se aplastó su nariz contra el balón que dio un segundo beso a las redes. Pero de la cabeza del Comba brotó una flor de sangre al rebotar en el larguero: sin peso, un segundo rebote en las espaldas de un jugador le subió a las redes y quedó apresado por ellas, sin tocar tierra, la mirada hacia el cielo, muerto definitivamente, pescado por Dios para su reino. Atrapado en las redes, parecía el jugador más hermoso de cuantos existieran. Las gargantas enronquecían, los ojos se desorbitaban. Jamás asistieron a un espectáculo igual. Y sin saberlo, entonaron un requiem improvisado –no podía ser otro para la inmensa sed del Comba–: «¡A la bin bon ban; el Comba, el Comba, y nadie más!» (1975: 287).

 

Lo dicho: que suena la vida, la lira y los torrentes. El poeta ordeña en cuclillas, celebra la risa de las granadas o escucha “más de un trillón de aves” que cantan bajo la batuta del profesor Sol. Claro que no hay canto más impresionante a la vida que el bellísimo poema en el que el amor se libera de la insoportable tristeza circundante (hemos dado un salto grandísimo en la poesía y en la vida de Miguel) e instala el centro del tiempo y del universo en el vientre de la mujer amada: “Menos tu vientre, / todo es confuso” (pág. 291). Pero no adelantemos acontecimientos y volvamos al transcurrir convencional de la vida y de la muerte.

 

Tras la exaltación de la naturaleza, llega la melancolía, que no es más que una interiorización de la vida circundante: hay un toque de muerte que inunda de tristeza el paisaje y que unge de tristeza al poeta. Sigue habiendo mucho de campo y de vida provinciana en Perito en lunas, macerados en un gongorismo hermético y de construcción sintáctica compleja. Imaginamos que esa complejidad formal respondería a una voluntad de exhibición que, como algunos estudiosos sostienen, supondría un intento de justificar su competencia, al margen de su condición de cabrero provinciano. En cualquier caso, y al margen de las interpretaciones y juicios de valor que se pudieren articular en torno a su estilo, a nosotros nos corresponde concluir que ahí queda la vida como concepto subyacente y aglutinador de vivencias y de temas. Porque Miguel Hernández va incorporando vivencias a su poesía, de la misma manera que su vida se va nutriendo de poesía: poesía vivida y vida dramáticamente poética, en definitiva. Esa incorporación viene dictada por la enorme personalidad del propio poeta que “tizna cuando estalla” (como la pena), que oscurece o ilumina cuanto trata, cuanto toca con su palabra encendida. En 1960 escribía Buero Vallejo “Miguel era un hombre a caballo entre la alegría y el dolor, entre la luz y la sombra (...) Hay poemas suyos en los que las palabras alegría, luz, sombra, se reiteran constantemente. ¿Por qué? Porque Miguel era ya un gran poeta trágico […] Él conoció tempranamente, dada su extracción humilde, el dolor, y después tuvo sobradas ocasiones de conocerlo a fondo de manera desgarradora; pero él, como verdadero hombre trágico que era, quería a toda costa, denodadamente, alcanzar la alegría [...] Recuerdo cómo le gustaba cantar y hasta cómo nos canturreaba cosas divertidas y un tanto chocarreras en ocasiones; solía contar también chistes. Y es que este hombre extraordinario era también un hombre como cualquiera de nosotros[4].

 

Un 28 de marzo de 1942, cuando moría el hombre, nacía un fuego inextinguible, aventado por el aliento poético de quien pronto llegó a convertirse en emblema, en mito universal. Cada poema de Miguel Hernández lleva cosido un jirón de vida y de muerte. Por eso, cuando se lee un poema, se rememora una existencia, es decir, una aventura dolorida y un desenlace atroz. Aquel aliento poético al que aludíamos fue alimento de una voz que llevaba prendida en la garganta el dolor y la rabia (“y llevo al cuello un vendaval sonoro”, afirma en el poema “Como el toro”, aludiendo a los mugidos del toro, del poeta). Ese “vendaval sonoro” viene a ser una de las figuras que mejor representan la coherencia del poeta: grito, mugido, rabia indisimulada, fracaso amoroso anunciado, rebeldía disonante y ronca, presagio de destrucción. La vida siempre se presenta amenazada por fuerzas incontrolables. Todo es un sino sangriento, un anuncio fatalista, una energía que encierra, en ocasiones, el germen de la destrucción.

Miguel Hernández llenó de vida –también de muerte- el centro de su poesía. Y la vida y la muerte –lo sabemos- configuraron la indisoluble asociación de una biografía y de una producción literaria.

 

                      Aquí estoy para vivir

                      mientras el alma me suene,

                      y aquí estoy para morir,

                      cuando la hora me llegue

                      […]

                      Varios tragos es la vida

                      y un solo trago es la muerte (Viento del pueblo, pág. 215)

 

Todo lo que nace del corazón está condenado a vivir. Todo lo que nace del vivir está condenado a morir. Pero, en contra de cualquier idea almibarada y nostálgica de la muerte, la poesía de Miguel Hernández, fabricada en las dilatadas estancias del corazón, está llena de un vitalismo trágico en el que todo queda envuelto por un presentimiento funesto, por un fatalismo sobrecogedor:

 

                      Me dejaré arrastrar hecho pedazos,

                      ya que así se lo ordenan a mi vida

                      la sangre y su marea,

                      los cuerpos y mi estrella ensangrentada.

                      Seré una sola y dilatada herida,

                      hasta que dilatadamente sea

                      un cadáver de espuma: viento y nada. (pág. 201)

 

Retoma Miguel Hernández el tópico literario que institucionalizara Góngora en el soneto “Por competir con tu cabello” y que continuara Calderón de la Barca en su auto sacramental Los encantos de la culpa. La diferencia entre Góngora y el poeta oriolano reside en que la certeza del final viene precedida en aquel de una juventud representada por metáforas florales, mientras que en éste predomina un campo léxico lleno de vocablos de connotación abrupta y dolorosa. Allí están el oro, el sol, el lirio y el luciente cristal próximos a su transformación “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”, mientras que aquí queda un ser hecho pedazos, su sangre, su estrella ensangrentada, su herida, próximos a su transformación en “un cadáver de espuma: viento y nada”

 

Todo es finalmente vida y muerte en la poesía de Miguel Hernández, al margen de los reconocidos símbolos y temas que la definen y la agrandan. Ese dualismo viene a significar un claro discurrir existencial y la inevitable disolución final. Ambos elementos configuran la imagen que Miguel posee del mundo. La vida y la muerte viene a ser una discordia que escinde su “yo”. La plenitud vital del toro, por ejemplo, está marcada por un destino trágico, por encima de esa masculinidad agresiva con que muge y se desangra. Su propia experiencia amorosa –sirva también como ejemplo este tema recurrente- contiene una palpitación destructiva muy cercana a la experiencia de la muerte (“los rostros manifiestan / la expresión de morir que deja el beso”). Porque, en definitiva, la muerte no es sino una fuerza interior indomable, que, en muchas ocasiones, viene reclamada por el sufrimiento y la desesperación inevitables. En El rayo que no cesa el poeta consigue “una maduración íntima del concepto del amor como destino trágico del hombre”, según José Luis Ferris. El amor es muerte, al tiempo que supone un impulso irresistible que busca la procreación, la búsqueda del vientre de esa criatura carnal que es la amada.

 

No queda lejos de ese destino la sangre, tópico que llega a constituir uno de los soportes fundamentales de la propia biografía y biología líricas (“un edificio soy de sangre y yeso”), además de una fuerza que convierte a los poetas en camino y viento (“Mi sangre es un camino”). También viene a representar una fuerza descontrolada que destruye (“Citación fatal”), una referencia mítica que proporciona gloria a los toreros, un jugo vegetal que alimenta (“Nanas de la cebolla”), una furia... La sangre es vida porque sale del corazón. Pero por encima de todo esto, la sangre es un complemento de la tierra, porque es vehículo de vida. La sangre viene a ser en Miguel Hernández pura materia sagrada.

 

Toda la obra del poeta oriolano está cruzada por una exaltación vitalista que, algunas ocasiones, llega a poner en duda el hecho de su propia existencia, fundida, al estilo barroco, con la muerte. Se nos revela, por tanto, un Miguel Hernández proverbial, lector y admirador de las grandes paradojas quevedescas (Gerardo Diego describe los sonetos del escritor oriolano como llenos de "sonora plenitud de quevedesco linaje”) y de las proverbiales dudas calderonianas:

           

Sigo en la sombra, lleno de luz: ¿existe el día?

            ¿Esto es mi tumba o mi bóveda materna?

            . . . . . . . .

            es posible que no haya nacido todavía,

            o que haya muerto siempre. La sombra me gobierna.

            Si esto es vivir, morir no sé yo qué sería,

            ni sé lo que persigo con ansia tan eterna.

 

Llega a decir Miguel Hernández que la existencia es un rodar constante “a la desnuda vida creciente de la nada”. Y en esta carrera desbocada de paradojas, nos llama poderosamente la atención ese verso en el que en el limitado espacio ocupado por catorce sílabas se viven sensaciones interminables: no acaba de llegar la muerte que libera y, sometido al sobrecogedor dominio de la fugacidad, el poeta canta la hermosura de la vida, sinónimo del dolor: “¡Ay la vida: qué hermoso penar tan moribundo!”. La pena es la consecuencia de mil heridas cobradas en el campo de batalla del vivir. Pero en absoluta concordancia con el “hermoso penar” hernandiano, y a pesar de tantas heridas de amor y de muerte, todavía queda al poeta un último aliento… dolorido y agonizante, pero aliento. En “El  hombre acecha”, el poeta ofrece en nombre de la libertad o, mejor, ofrece a la misma libertad sus ojos, sus manos, sus pies, sus brazos, su casa, todo: “Retoñarán aladas de savia sin otoño / reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida. / Porque soy como el árbol talado, que retoño: / porque aún tengo la vida”. El poema es una indisoluble unidad de vida mutilada y de aliento gozoso: el que proclama en el último verso.

 

Es muy característica esa lucha constante del poeta por conseguir la plenitud de cuanto va viviendo. Y el poeta absorbe todos los jugos de la naturaleza, vive todas las sensaciones de sus lectura favoritas, vive con pasión el amor como descubrimiento (Maruja Mallo), el amor como trémulo intento (Carmen Samper, apodada “la Calabacica”) el amor como ausencia (Josefina Manresa) y el amor como lejanía platónica (María Cegarra). Se va consumiendo en un sinvivir de búsquedas y definiciones que le encierran en el desconcierto, en la duda y en el pesimismo. De todo ese vivir quedan heridas profundas (“seré una dilatada herida”), ocasionadas por huracanes, tormentos, cuchillos, espadas, rayos e incertidumbres.

 

La vida y la muerte forman parte de un entramado sensual y arrebatado. Llegará la muerte cuando al poeta se le niegue el amor, cuando se le resista la plenitud gozosa de amar. Sin embargo, esa sensación de desaliento no dará la cara hasta que el poeta conozca la noticia de la muerte de Ramón Sijé. Ahí sí que sus versos se llenarán de rabia, de dolor, de hachazos, de heridas, de “rastrojos de difuntos”, de piedras, rayos y hachas, de dentelladas... Vivir es penar y morir: “No podrá con la pena mi persona / circundada de penas y de cardos: / ¡cuánto penar para morirse uno!”.

 

La muerte como asunto poético de primer orden es tema recurrente en Miguel Hernández, como lo fuera en Quevedo. En este sentido, José María Balcells analiza la presencia de Quevedo en el poeta oriolano: “el morirse a cada instante es una de las coincidencias entre los dos, pero el oriolano no poseía la suficiente disciplina mental como para controlar la idea de la muerte”. Concluye el profesor Balcells afirmando que la muerte es una tragedia para Miguel Hernández, mientras que para Quevedo es una tragicomedia.

 

No es necesario recurrir a los estudiosos de la obra de Miguel Hernández para concluir que los tres grandes temas de su poesía son los que él mismo declara en “Llegó con tres heridas”, poema perteneciente a Cancionero y romancero de ausencias:

 

            Con tres heridas yo:

            la de la vida,

            la de la muerte,

            la del amor.

 

Estas tres heridas vienen a configurar el ámbito temático de la poesía hernandiana. Si consideramos que la “herida” viene ocasionada por instrumentos o situaciones que agreden al poeta, llegaremos a la conclusión de que aquélla, la herida, es un elemento remático, consecuencia de los numerosos tópicos que configuran no pocos poemas de El rayo que no cesa. Veamos algunos casos: ‘cuchillo’, ‘rayo’, ‘espadas’, cornadas’, ‘cuernos’, ‘puñales’, ‘turbio acero’, ‘hierro infernal’, ‘pétalos de lumbre’, etc. De todos es sabido que estos instrumentos del dolor que proporcionan alguna suerte de herida, adquieren una expresividad dramática, agónica y desesperanzada en la elegía dedicada a Ramón Sijé. En ella aparecen unos términos que, acompañados por sus correspondientes adyacentes, configuran un mosaico de rabia y de dolor inconsolables: ‘manotazo duro’, ‘golpe helado’, ‘hachazo invisible y homicida’, ‘empujón brutal’, ‘tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes’, ‘dentelladas secas y calientes’... Es insólito y decididamente genial el hecho de llenar de lirismo unos conceptos tan poco líricos como los citados. También podríamos aludir a las situaciones que originan las heridas más espirituales (éstas sí que contienen toda la esencia de una poesía más ortodoxa y convencional); estas situaciones están descritas con hermosas imágenes que reflejan lo que podemos llamar heridas de ausencia o de desesperanza: ‘pena’, ‘naufragio’, ‘noche oscura’, ‘llanto’, ‘triste instrumento del camino’ (bellísima metonimia referida al propio “yo” poético), ‘huracanado’, ‘invierno’, ‘diluviado’, ‘amoroso cataclismo’, ‘agonía’, ‘adiós’...

 

Decíamos que la vida y la muerte configuran una indisoluble asociación. Está claro que cuando el poeta trata como tema la vida, está tratando también la muerte. Por eso, desde la espléndida paradoja mística del “vivo sin vivir en mí” hasta el rotundo juego de identificaciones e identidades hernandianas, el vivir y el morir confluyen en un único cauce expresivo, tan de inspiración quevedesca como el

 

            Callo después de muerto.

            Hablas después de viva.

            Pobres conversaciones

            desusadas por dichas

            nos llevan a lo mejor

de la muerte y la vida.

 

La muerte es un acontecimiento no lejano a las propias vivencias del poeta (claro que ajeno a las mismas –al menos hasta el 28 de marzo de 1942-, por aquello de que sólo se mueren los otros, como dijera Heidegger), pues mueren tres de sus hermanas, muere su primogénito a los pocos meses de nacer y se le mueren conocidos y amigos, entre los que destacamos a Ramón Sijé, personaje universalmente conocido gracias a la famosa “Elegía” del poeta oriolano. “El fuego de la vida estaba en su alma”, afirma Vicente Aleixandre en carta enviada al poeta canario Juan Maderos en 1946. Él, que tanto cantó a la muerte, calificándola incluso de “muerte enamorada”. Procede recordar el espléndido verso en que Miguel llega a conjuntar conceptos tan expresivos como ‘vida’, ‘hermoso’, ‘penar’, y ‘moribundo’: “¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!”

 

Aludíamos a la muerte de Manolillo, de tan sólo diez meses de edad, “consumido por la enfermedad y muerto en un rincón con los ojos espantados y abiertos –estamos citando a José Luis Ferris, página 392 de Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta-. Esta muerte supuso un mazazo inmisericorde en el corazón de un hombre que amaba a los niños con pasión y que, por entonces, iba sobreviviendo (o sobremuriendo, si se nos permite la expresión), a golpe de desgracia. A Cancionero y romancero de ausencias pertenece el poema “A mi hijo”, del que entresacamos los siguientes versos:

 

            Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío,

            abiertos ante el cielo como dos golondrinas:

            su color coronado de junios, ya es rocío

            alejándose a ciertas regiones matutinas.

            Hoy, que es un día como bajo la tierra, oscuro,

            como bajo la tierra, lluvioso, despoblado,

            con la humedad sin sol de mi cuerpo futuro,

            como bajo la tierra quiero haberte enterrado.

 

Este hijo muerto será objeto de una constante pena. En El hombre acecha escribe las siguientes palabras, dirigidas a Neruda: “Pablo: un rosal sombrío viene y se cierne sobre mí, sobre una cuna familiar que se desfonda poco a poco, hasta entreverse dentro de ella, además de un niño de  sufrimiento, el fondo de la tierra...”.

 

Basándonos en los versos anteriores, queremos llamar la atención sobre una dramática coincidencia: también Miguel Hernández permaneció con los ojos abiertos después de haber muerto. He aquí el estremecedor relato del entierro de Miguel:

 

Amortajado por sus propios amigos, fue conducido hasta el patio de la prisión, donde a media tarde, formada la población reclusa en perfecto duelo, la Dirección del establecimiento permitió que los presos desfilaran ante el poeta y que la banda del reformatorio interpretase la Marcha fúnebre de Chopin. El humilde ataúd fue sacado a hombros por Antonio Ramón Cuenca, Luis Fabregat, Ambrosio, Monera y Pérez Álvarez hasta el exterior del recinto, donde fue entregado a la empresa de pompas fúnebres y a la familia de Miguel. Allí esperaba un modesto coche de caballos y cinco personas: Elvira Hernández, Consuelo (una vecina de aquella), Miguel Abad Miró, Ricardo Fuente y la esposa del poeta. “El largo camino al cementerio –relata Josefina- era de bancales a un lado y a otro. Los campesinos, en el barbecho, se incorporaban apoyándose en los riñones quitándose el sombrero. Muchos de ellos se quedaban largo rato mirando el entierro”. Llegados al camposanto de Nuestra Señora de los Remedios, nadie pudo quedarse a velar el cuerpo de Hernández aquella noche, por ser lugar a donde aún llevaban a fusilar a los presos condenados. Fue a la mañana siguiente cuando se le dio sepultura en el nicho 1009. Abad Miró relata, con evocadora dureza, que él y Ricardo Fuente, antes de introducir el ataúd en el hosco agujero, decidieron “abrir la caja porque no sabíamos si estaba desnudo, si estaba vestido, porque nos lo entregaron cerrado en un féretro [...] me encontré con esa cosa que aún me obsesiona: el cadáver de Miguel era una especie de ninot de falla, tan flaco, tan extremadamente flaco y con los ojos abiertos. Entonces me salió del alma el comentario: “Ni siquiera le han cerrado los ojos”. A la media hora, el director del reformatorio sabía lo que yo había dicho. Y el mismo día llamó a Ricardo Fuente, que era el último que había salido del reformatorio, para decirle que Miguel no tenía los ojos cerrados porque no se le podían cerrar”. Más adelante, José Luis Ferris presenta el parte médico, elaborado y rubricado por Pérez Miralles, en el que dicho médico certifica que Miguel padecía una enfermedad metabólica (síndrome de Kraus) que explicaría dicha circunstancia.

 

Y ya que hemos citado El hombre acecha, digamos que, durante su composición, Miguel se convierte –según palabras de María Zambrano- en “un hombre vuelto hacia adentro, enmudecido”. Su intimismo se puebla  de una visión desalentadora ante tantas heridas, muertes, rencores y odios sin fin. Las dos españas se han declarado la guerra (“Alarga la llama el odio / y el amor cierra las puertas. / Voces como lanzas vibran, / voces como bayonetas”), ha desaparecido el entusiasmo hernandiano y los poemas se tiñen de dolor. Cuando pasa la guerra, los poemas se oscurecen con el desengaño y la tristeza. En la cárcel compone lo que podríamos describir como diario de la desolación, un poemario cercano a la desnudez de la verdad más dura y terrible, que es lo que viene a ser el Cancionero y romancero de ausencias: ha muerto su primer hijo (“Ropas con su olor”, “Negros ojos negros”, “El cementerio está cerca”), ha sido condenado a muerte, conoce la vida de la cárcel, es azotado por una enfermedad médicamente mal tratada y vive en las más absoluta soledad (“Ausencia en todo veo: / tus ojos la reflejan”). Pero por encima de todas las calamidades, quedan el amor y la libertad (“Antes del odio”). La fuerza y la rebeldía de Miguel Hernández comienzan a resquebrajarse y vislumbra un final inevitable en el que canta los pedazos de vida que va dejando en el camino, la agonía hacia la que vuela (“voy alado a la agonía”), la tristeza de las guerras, de las armas y de los hombres. Y en medio de tanta negrura y de tanta sangre (“tiempo que se queda atrás / decididamente negro, / indeleblemente rojo...) la voz nada retórica del poeta se reviste de nostalgia y habla al hijo y a la esposa en el bellísimo poema “Hijo de la luz” (págs. 288 y 289):

           

Hijo del alba eres, hijo del mediodía.

            Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,

            mientras tu madre y yo vamos a la agonía,

            dormidos y despiertos con el amor a cuestas.

 

            Hablo y el corazón me sale en el aliento.

            Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.

            Con espliego y resinas perfumo tu aposento.

            Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.

 

Ha llegado la hora de la resignación (“todo lo he perdido, tierra / todo lo has ganado”, pág. 305). No obstante, los últimos poemas son tal vez los más tiernos y melancólicos de toda la obra hernandiana. Se cierra el ciclo volviendo al amor, porque no hay salvación ni redención posible si no se ama. Aparecen constantemente la amada, el hijo, la infinita añoranza del que mientras se muere a chorros, respira por la esperanza de la inmortalidad. El amor pone alas al poeta: “sólo quien ama vuela”, leemos en el poema “Vuelo”.

Se han cumplido los presentimientos de muerte que sobrevuelan el destino trágico del poeta. Muchos de los acontecimientos que marcan dramáticamente su biografía penetran en la obra y definen a su autor como un ser que casi desde siempre convive con la idea de la muerte, desde aquellas primitivas ceremonias religiosas a las que jugaba desde niño. Dice Odón Betanzos:

                     

Tiene conciencia el poeta del origen de su sino y de su muerte, detalles que se manifiestan de muchas maneras en su obra. Existe en el poeta un recreo en el dolor, en la muerte, como si ya se hubiera acostumbrado a ambos […] Hay palabras que marcan a los creadores. Marcan su voz y su destino. Al expresarlas y escribirlas se perpetúan con la sombra de las palabras pero también les marcan el caminar en la obra. Así, sangre, navaja y muerte en Federico García Lorca, y su muerte fue con sangre; lienzo, tules, campanas de muerte, olvido y en olvido y tristeza murió Bécquer; camino, tan usado por Antonio Machado es por donde sus pasos van al exilio. En Miguel Hernández vulnerar es herir, herir la vida con la palabra misma. Todo acto de creación es intuitivo, por encima del ser y más allá del querer y de la vida misma. En “vuelo vulnerado”, por ejemplo, se vulnera el cielo y, sin quererlo, se atraviesa y corta la vida. Góngora, San Juan de la Cruz van de la mano de Hernández, pero ya el levantino se perfila con su propia voz.

 

[…]

 

El poeta nos fue dando signos en su obra para interpretar su sino y su destino en muerte: nueve años de su muerte, en la figura del Hombre, en su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras, se verá muerto el poeta con los detalles precisos de su propia tragedia […] ¡Venid! ¡Llegad! ¡Cargadme! Aquí estoy muerto y de cuerpo presente.

La poesía de Miguel es agónica y fuerte; parece como si estuviera escrita por un toro que levantara versos de la tierra con la fuerza de un “huracán de lava”. Los versos de Miguel se van dibujando a gritos, porque jamás se resignó al trato que le proporcionó la vida: “No me conformo, no: me desespero”.

Muestro y señalo su poesía concisa, reconcentrada, dolorida, cadenciosa, en filo de vida y en filo de muerte alargada y presentida. Rejas sin mirada de esperanzas, hálito de sencilleces que se filtra y en humanidad infinita se recuesta. Cancionero… que tiene ángeles llorosos, palabra mordida, emoción en respiro. Poesía testimonial del dolor y las ausencias, de la luz que se muere porque se muere la vida. Así de grande es esa poesía que estremece al fuerte y lo hace llorar por las entrañas arriba”.

 

La obra lírica se articula en torno a instrumentos de muerte. Mientras García Lorca vuelve a Granada con el miedo metido en la sangre, Miguel Hernández lee el poema “Sino sangriento” (págs. 198-201) en una emisora de radio. Como una funesta premonición –que bien pudiera atribuírsele al desdichado de Federico, pasajero del retorno definitivo a su tierra y del viaje sin fin al fondo del valle de Viznar-, el largo poema se construye sobre cimientos de sangre, sobre sementeras de la nada en donde se horroriza un alma color de amapola. Y se hunde en un mar malherido “un planeta de azafrán”, “una nube roja enfurecida”, “un cielo”. Un “dolor de cuchillada” recibió al poeta mientras mamaba leche de tuera y exprimía las espadas. Persigue la sangre al poeta y una fuerza desarrollada por la madre le empuja a la fosa inapelablemente. A la madre tierra ha de llegar herido por los zarpazos de la vida, por borbotones de sangre, dardos de avena, ansias de muerte, hachas, piedras, cadenas, serpientes, alcobas llenas de vacío, de nuevo un puñado de sangre trepadora que crece y se desborda y arrastra y despedaza y hunde y atropella y hiere…. hasta convertir al poeta en un “cadáver de espuma”. Él mismo lo dijo y nosotros, para terminar, lo repetimos:

 

            Me dejaré arrastrar hecho pedazos,

            ya que así se lo ordenan a mi vida

            la sangre y su marea,

            los cuerpos y mi estrella ensangrentada.

            Seré una sola y dilatada herida,

            hasta que dilatadamente sea

            un cadáver de espuma: viento y nada.



[1]Cierto preso miraba preocupado una fotografía de su hija, que dentro de unos días celebraría su onomástica y para la que no tenía nada que poderle mandar. Miguel, al saberlo, tomó prestada la foto y le dedicó ese precioso poema que se titula “El pez más viejo del río” (...) Para concluir que “esta obra de Miguel (...) expresa magistralmente esa lucha entre el dolor y la alegría del poeta trágico que era. Del grande, dolorido y solitario hombre que fue (...) Así de radicalmente humano era Miguel Hernández” (Buero Vallejo).

[2] Cuadernos hispanoamericanos, nº 230, febrero de 1969

[3] Esta novela, Premio Cuidad de Murcia 1974, fue publicada en Ediciones Marte, Barcelona, 1975.

[4] http://www.elecohernandiano.com/numero%2013/serecuerdo.htm

EL AMOR EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

EL AMOR EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

EL AMOR EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

 

El amor es uno de los ejes temáticos de la poesía de M.H.  (“La vida, el amor, la muerte”). Su obra se escribe en un periodo de tiempo de apenas 10 años, y siempre está ligada a su experiencia vital. A un existencia intensa y complicada, nada fácil. El poema de su último libro, Cancionero y romancero de ausencias,  “Llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida”… lo resume muy bien, de manera sencilla. La metáfora de la “herida” se convierte en vehículo simbólico de toda la existencia.

 

 

  • En “Perito en lunas” aparece ya el tema amoroso con encendido sensualismo. El amor apasionado y hasta brutal (“Negros ahorcados por violación”)

 

  • En “El rayo que no cesa” la temática es casi exclusivamente amorosa. 27 sonetos formalmente perfectos y de fuerza apasionada. Amor ardiente y exaltado, como destino trágico del hombre. El cuchillo, un carnívoro cuchillo, (elemento fálico) del primer poema y el rayo (en el mismo título) ya nos dan a entender que concibe el amor como herida y dolor. Violencia y destino funesto, negros presagios que se revelan en la presencia recurrente del toro. Virilidad y nobleza. El deseo sexual desemboca en “picuda y deslumbrante pena”. La serpiente, órgano sexual masculino, se utiliza reiteradamente como símbolo del pecado, de los oscuros instintos del hombre. El desdén de la amada, el rechazo a sus requerimientos, provoca en el poeta la pena y la desdicha. En todo el libro es posible ver la influencia de Quevedo, sobre todo en la imagen del toro enfurecido.

 

  •  “Viento del pueblo” es un libro de poesía social, donde el “yo” del poeta da paso a un sujeto lírico colectivo: el pueblo. Sin embargo, podemos encontrar algunos poemas de temática amorosa (“Canción del esposo soldado”). Lo mismo ocurre en  “El hombre acecha”: el amor aparece como elemento salvador del hombre. Así lo encontramos en el poema “Carta”, o en el requerimiento a los poetas, a los que invita a hablar del amor. “Florecerán los besos sobre las almohadas”…

 

  • “Cancionero y romancero de ausencias” es un poemario escrito en la cárcel. Tristeza y soledad.  Es un diario de la desolación. La enfermedad y las condiciones tan tremendas en las que vive se reflejan en sus versos. Y sin embargo, a pesar de la certeza de la muerte cercana (“Esposa, sobre tu esposo /suenan los pasos del mar”), aparecen el amor  (“”Llegó tan hondo el beso que traspasó y emocionó los muertos”) y la libertad (“Antes del odio”). La alegría por el nacimiento de su segundo hijo (“Tu risa me hace libre/ me pone alas”).  Los últimos poemas son tal vez los más tiernos de su obra: “solo quien ama  vuela”. “Todo está lleno de ti”, “Menos tu vientre, todo es confuso”…

 

IMÁGENES Y SÍMBOLOS EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

IMÁGENES Y SÍMBOLOS EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

  • Imágenes de su entorno en sus primeros poemas:
    • El limonero
    • El pozo
    • La higuera
    • El patio
  • La imagen del pastor:  “En cuclillas ordeño / una cabrita y un sueño”
  • El deseo erótico bajo la apariencia de composición bucólica (“¿En dónde hallar a la ninfa que ha puesto mi sexo alerta?”)
  • En “Perito en lunas” las imágenes y símbolos complican la comprensión de los poemas, llegando a ser auténticos “acertijos líricos”, como decía el poeta Gerardo Diego. Góngora y el barroco están detrás de los símbolos.
    • El toro: sacrificio y muerte (y lo que se asocia al mundo de los toros: cuernos, toreros, sangre, cogidas…)
    • La palmera: el paisaje / chorro hacía lo alto / espíritu
    • Veleta > danzarina, viuda (sola) > bailarina Josefina Baker, negra y viuda…
    • Higuera / higos // remo exigente // perpendicular morena // serpiente: sexo masculino
    • Asalto: violación
    • Nácar hostil: cuerpo femenino
    • Norte: los blancos
    • Sur: los negros
  • En “El rayo que no cesa” la temática amorosa propicia un lenguaje simbólico y lleno de imágenes:
    • Rayo: deseo
    • Sangre: deseo sexual
    • Tirar un limón: deseo sexual
    • Calentura: excitación sexual
    • La camisa: sexo masculino
    • El limón: pecho femenino
    • El vientre / oasis: sexo femenino
    • La amada, que no corresponde al amor: cardo, zarza, …
    • Agua: vida
    • Luna: muerte
  • “Viento del pueblo” es un libro de poesía social, donde las imágenes y metáforas están al servicio del compromiso:
    • Viento: voz del pueblo
    • Buey: pueblo cobarde y resignado, sumiso…
    • León: rebeldía, fuerza, inconformismo…
    • Manos / sudor: trabajo
  • El título de  “El hombre acecha” recuerda la máxima latina traducida por el hombre es un lobo para el hombre. Nos encontramos el hombre como fiera (y aparecen asociadas  palabras como “colmillos”, “garras”, “tigres”, “lobos”, “chacal”, “bestia”…). La sangre ahora significa dolor y la muerte llega simbolizada en el tren…
  • “Cancionero y romancero de ausencias” es un poemario escrito en la cárcel. Tristeza y soledad. La alegría por el nacimiento de su segundo hijo (“Tu risa me hace libre/ me pone alas”). Y la certeza de la muerte cercana (“Esposa, sobre tu esposo /suenan los pasos del mar”)

CARTA DEL COORDINADOR DE SELECTIVIDAD

Aunque esta carta es de hace dos años, sigue vigente el contenido de la misma.


Murcia, 6 de enero de 2010
 
            Querido compañero: Como anuncié en el Pleno del 13 de octubre, me pongo en contacto contigo en las fechas de principios de año. Lo primero que quiero hacer es desearte que el año 2010 te resulte agradable y exitoso.
 
            El 31 de diciembre se cerró el plazo para enviar sugerencias de lecturas: la que se quita y la que se pone. La Comisión se va a reunir dentro de unos días para valorar las propuestas de lecturas que me han hecho llegar diversos Profesores y Departamentos. Agradezco a quienes me han enviado sugerencias su actitud de colaboración. En el próximo Pleno, que tendrá lugar el miércoles día 21 de abril (lo convocaré unos días antes), se decidirá qué libro de lectura obligatoria desaparece del plan y qué lectura lo sustituye.
 
            Los cambios referentes a la Selectividad en general (asignaturas de modalidad y otras cuestiones) se pueden consultar en la página web de la Universidad (www.um.es). Allí se pincha en FUTUROS ALUMNOS, ACCESO A LA UNIVERSIDAD, y se encuentra lo atinente a las diferentes pruebas de acceso a la Universidad.
 
            Recuerda a los alumnos que, en el desarrollo del examen, han de atender lo siguiente:
1. El tiempo disponible es de una hora y media.
2. El espacio válido es de cuatro páginas; hay dos páginas que tienen una marca de agua con la palabra BORRADOR y que sólo valen para hacer anotaciones personales, pero no para que lo escrito en ellas se califique.
3. En la hoja de las preguntas aparecerá la puntuación que corresponde a cada apartado.
4. Las líneas del texto (o fragmento) que se proponga irá numeradas.
5. En las hojas del examen no debe aparecer ninguna señal de identificación personal: ni la firma, ni un cambio de color del bolígrafo ni ninguna otra marca.
6. La puntuación es esta: * Comentario = 4 puntos (incluye resumen). *Morfosintaxis = 2 puntos (1,5 = Sintaxis; 0,5 = Morfología). Léxico = 1 punto. Literatura = 3 puntos.
7. Por faltas de ortografía (letras, léxico…) se podría bajar hasta un máximo de tres puntos.
 
        
            Me referiré ahora a los criterios que te puede venir bien tener en cuenta en la preparación de tus alumnos.
 
            1. Comentario de texto
1.1. No hay que hacer título; este sólo se hace en el examen de los mayores de 25 y 45 años.
1.2. El comentario es el punto novedoso que, por lo mismo, es lógico que suscite más dudas. Los textos serán de un tipo similar al de los que han aparecido en la Guía.
1.3. Puede ser o un texto completo o un fragmento. Lo más probable es que sea un fragmento amplio que tenga un contenido claramente entendible pues muchos textos completos elegibles son muy largos.
1.4. No se trata de comentar “un” texto periodístico, sino “ese” texto que ha aparecido en un periódico; tal texto (o fragmento) no será especializado, sino informativo y divulgativo. No se pide que los alumnos se aprendan de memoria cuáles son las características de los textos periodísticos y las “suelten” en el examen. No. Lo que se pide es que cada estudiante haya aprendido durante el curso a enfrentarse a un texto para comentarlo crítica y personalmente.
1.5. Hay que centrarse en lo nuclear. Y lo nuclear es el texto, no su identificación externa: quién lo ha escrito, en qué fecha se ha publicado, en qué medio, etc.; todo esto es periférico.
1.6. El alumno dará cuenta de su capacidad discursiva elaborando un comentario adecuado, coherente y cohesionado.
1.7. El resumen no constituye una pregunta independiente, sino que va incluido en la pregunta general del comentario.
1.8. La exposición de las ideas será ordenada y correcta en su expresión.
1.9. Son importantes el rigor y la madurez con los que el alumno expresa sus ideas respecto al texto propuesto.
1.10. Los alumnos no deben copiar enunciados textuales que aparecen en el fragmento, sino que deben ser originales en el desarrollo de su exposición.
1.11. Se podrá valorar como positivo el acervo cultural y su mundo vivencial que se desprendan de las ideas aportadas.
1.12. Una orientación clara puede ser la de ejercitarlos, por un lado, en que entiendan el contenido del fragmento, y, por otro lado, en que relacionen dicho contenido con lo que ya saben.
 
            2. COMENTARIO SINTÁCTICO
2.1. De ese texto (o fragmento) se elegirá unas líneas de las que se pedirá el análisis sintáctico.
2.2. Se pedirá el análisis sintáctico del segmento propuesto y su clasificación oracional.
2.3. Hay que tener en cuenta que la Guía no pretende ser dogmática, por lo que cualquier análisis sintáctico realizado por tantos gramáticos o que aparezcan resueltos en los libros de textos es válido (I. Bosque, Gómez Torrego, Hernández Alonso, J. L. Onieva, etc.).
2.4. Es conveniente que los sintagmas estén segmentados según su estructura para conseguir un acercamiento al análisis sintáctico más preciso.
2.5. Sería aconsejable que los alumnos no enumeraran una serie de siglas al realizar el análisis sintáctico, a veces indescifrables, sino que escribieran con cierta claridad a qué función sintáctica o unidad lingüística se refieren.
2.6. En ocasiones la frontera entre una función sintáctica y otra es tan estrecha que debemos aceptar algunos razonamientos de los alumnos si son coherentes. Piénsese en un complemento regido, un locativo regido o un complemento circunstancial.
2.7 La diversidad de criterios para estudiar y analizar las oraciones compuestas coordinadas y subordinadas sustantivas, adjetivas y adverbiales es innumerable. Los profesores correctores deberán estar atentos a tales consideraciones para ser realmente justos y ecuánimes con los alumnos que analizan y clasifican según las indicaciones de nuestros propios compañeros de la materia.
 
            3. COMENTARIO MORFOLÓGICO
            Se propondrán cinco palabras pertenecientes al trozo del análisis sintáctico. Sobre ellas habrá que decir los rasgos morfológicos básicos: categoría y las características propias si las tiene (modo, tiempo, persona, género, número…); no habrá que descomponer las palabras.
Para unificar los criterios es necesario que tengamos en cuenta estas consideraciones:
3.1. Del sustantivo se dirá si es masculino o femenino, singular o plural. No habrá que indicar la estructura formal ni la clasificación semántica (comunes, propios, concretos, abstractos...). Respecto del género, hay que olvidarse de los anticuados conceptos de epiceno, ambiguo y común.
3.2. Del adjetivo el alumno escribirá si es masculino, femenino o de una terminación, singular o plural y si tiene prefijación, sufijación o es palabra compuesta. Los alumnos no estarán obligados a señalar si son sintéticos o analíticos, absolutos o relativos.
3.3. Del verbo se tendrá que indicar la conjugación, el modo, la voz, la estructura simple o compuesta, el tiempo, el número, el género y la persona. No es necesario explicitar la estructura morfológica en lexemas, morfemas, vocales temáticas, etc. Tampoco es necesario señalar si el verbo es irregular o defectivo y si la perífrasis verbal es aspectual, modal, incoativa, ingresiva, durativa, etc.
3.4. Del adverbio se tiene que decir únicamente de qué clase es pues no tiene género, ni número, ni persona, y si acaba en el sufijo ‑mente, dirá que es un adverbio de modo acabado en ‑mente.
3.5. De una palabra que sea interjección no hay que decir de qué clase es. Sólo hay indicar que es una interjección, sin referirse a interjecciones imitativas, emotivas, expletivas...
3.6. Del pronombre hay que decir de qué clase es y si tiene género, número o persona.
3.7. Se dirá del artículo si es determinado o indeterminado y si tiene género y número.
3.8. Sobre las conjunciones se indicará si es coordinante o subordinante, pero no es necesario aludir al concepto de morfema independiente y forma invariable.
3.9. A propósito de las preposiciones sólo se señalará que es preposición, sin referirse al concepto de morfema independiente y forma invariable.
3.10. Se distinguirá las palabras que contengan prefijos, sufijos o sean compuestas.
            En general, hay que ceñirse a lo más elemental; los rasgos más avanzados hay que dejarlos para los estudios de filología. Acometer el análisis de los rasgos más complicados es innecesario e implica restar tiempo al comentario, a la buena redacción, etc.
 
            4. COMENTARIO LÉXICO
            Se trata únicamente de que sepan contestar a dos cuestiones.
4.1. El sentido que tienen en el texto (o fragmento) cuatro palabras o grupos de palabras. Para facilitar el hallazgo de tales palabras –o grupos‑ las líneas del texto (o fragmento) irán numeradas.
4.2. Qué palabras o grupos de palabras del texto (o fragmento general) tienen relación con la idea‑guía que se proponga. Es necesario que los estudiantes redacten este apartado contextualizando dicha relación, o sea, ciñéndose a las conexiones que ellos perciban entre la idea propuesta y determinadas palabras o grupos de palabras del texto o fragmento.
 
            5. TEMA DE LITERATURA
5.1.- Se trata de que el alumno desarrolle el contenido de una de las preguntas de literatura. 
 
5.2. El alumno desarrollará la pregunta de literatura a partir de los conocimientos que haya adquirido a través de los apuntes y explicaciones de su profesor, así como de las lecturas dirigidas o individuales que haya realizado a lo largo del curso académico.


5.3.- Se valorará que la respuesta esté bien estructurada, que se observe claridad en la redacción de las ideas expuestas y que el alumno emplee de forma correcta y precisa el léxico adecuado.


5.4.- También se valorará positivamente que el alumno sea capaz de ejemplificar con aspectos concretos de la obra leída, algunos de los apartados incluidos en su respuesta; por ejemplo, si en la respuesta al tema Enfrentamiento entre una moral autoritaria y el deseo de libertad, el alumno  está desarrollando la idea relacionada con el autoritarismo de Bernarda, puede citar el momento de la obra en que ésta pega a Martirio con el bastón.
 
            Propondré a los evaluadores estos criterios y pautas para que los tengan en cuenta. Cualquier sugerencia que quieras hacer en orden a mejorar la justeza de la calificación será bien recibida.
 
            PARA TERMINAR, dos cosas:
1ª) Como obra humana que es, la Guía para los exámenes de Lengua castellana y de Comentario de texto contiene erratas y errores, por lo que te ruego que me hagas llegar todos los fallos de cualquier tipo que encuentres en ella o todas las sugerencias de mejora que se te ocurran.
2ª) Me gustaría transmitirte –y que transmitieras a tus alumnos‑ una actitud de tranquilidad ante el Comentario de texto. Las razones para esta tranquilidad son las siguientes:
1- El fragmento (o texto) no va a ser demasiado largo.
2- Su contenido será comprensible.
3- No se pide un análisis técnico‑filológico.
4- Hay unos buenos modelos en el capítulo 5 de la Guía.
5- Los alumnos se habrán ejercitado durante varios meses en el comentario crítico personal.
 
            Si los estudiantes gozan durante el curso exponiendo su opinión personal en los comentarios, el Comentario de la Selectividad será para ellos una ocasión de disfrute. Así que ya verás cómo no va a ser un ejercicio complicado.
 
            Un abrazo y a tu disposición.
 
 

MIGUEL HERNÁNDEZ, MISIONERO DE LA CULTURA

Este interesante artículo ha salido en La Verdad el 31 de diciembre de 2009.

 

http://www.laverdad.es/murcia/20091231/cultura/miguel-hernandez-misionero-cultura-20091231.html

REALIDAD Y POESÍA EN LA CASA DE BERNARDA ALBA. Por el profesor Manuel Cifo

REALIDAD Y POESÍA EN LA CASA DE BERNARDA ALBA. Por el profesor Manuel Cifo

            Parece ser que La casa de Bernarda Alba estaría inspirada en algunos hechos reales. La familia Alba existió en la realidad, y el autor pudo observarla e inspirarse en ella allá por el año 1935. En Valderrubio (Granada) –antigua Asquerosa- vivía una mujer llamada Frasquita Alba, que llevaba varios años viuda, y que sometía a una férrea disciplina a sus hijas. Su casa estaba contigua a la de la familia de García Lorca, con la que compartía el pozo.

 

            Una casa cuyos enseres apuntan a un espacio típicamente andaluz: cortinas de yute rematadas con madroños y volantes, sillas de anea, gruesos muros, puertas con arcos, etc. Y, además, una casa caracterizada por la blancura de la misma, que simbólicamente se irá atenuando a medida que avance la obra (habitación blanca, en el segundo acto; pareces blancas ligeramente azuladas, en el tercero).

Junto al color blanco, el negro del luto, igualmente real e igualmente simbólico: vestidos negros, abanicos negros, etc. Es decir, un contraste entre el blanco y el negro que se acentúa especialmente en el acto III, cuando Martirio y Bernarda salen a escena en enaguas y con un mantón negro, y cuando, a la oscuridad de la noche, se le enfrena el color blanco del caballo garañón.

 

            Por otra parte, en la obra se refleja a la perfección la sociedad patriarcal (matriarcal, en este caso) de aquellos años, que solía provocar infelicidad y sufrimiento, amén de escasa rebeldía. También se presenta con claridad cuál era el papel de la mujer y del hombre y qué tipo de convivencia existía en el seno familiar, durante los años treinta y, más aún, en el seno de una familia afincada dentro de un ámbito rural de lo que podríamos llamar la Andalucía profunda: “Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón”.

            Los matrimonios se solían acordar al margen de la opinión y la voluntad de los hijos, y se basaban mucho más en cuestiones económicas y sociales que amorosas o personales, como es el caso de la relación existente entre Pepe el Romano y Angustias. Él va por su dinero, por sus marjales y sus arboledas.

           

Una vez casada, a la mujer le correspondía cuidar la casa, como ámbito propio de la familia y no preguntar al marido por nada; hablarle y mirarlo cuando él lo hiciera, para así no tener disgustos: “No le debes preguntar. Y cuando te cases, menos. Habla si él habla y míralo cuando te mire. Así no tendrás disgustos”.

 

Para completar ese “documental fotográfico” que, según Federico, tendría La casa de Bernarda Alba, el autor aporta una serie de aspectos que reafirman ese componente realista de la misma:

 

1.                             Reflejo fiel de la compartimentada sociedad de la época, con sus diversos grupos sociales y con todos sus vicios y defectos.

2.                             Presencia de numerosos elementos costumbristas, que hacen referencia a modos de vestir, creencias, supersticiones y prácticas religiosas, etc. Y, de forma muy especial, la preocupación por el famoso y tópico “qué dirán”.

3.                             Uso de un lenguaje coloquial en el que no faltan los insultos groseros; los vulgarismos en boca de Bernarda, Poncia o la criada; los andalucismos y localismos propios del habla campesina; y los refranes y dichos populares.

 

Y, de otro lado, igualmente existen otros elementos que refuerzan ese otro componente poético y simbólico:

 

1.                             Presencia de numerosas metáforas, comparaciones, hipérboles y paralelismos morfosintácticas y semánticos.

2.                             Sobre todo, la presencia de determinados símbolos, como pueden ser los siguientes:

 

- el agua: por un lado, el agua se vincula con la sed de las muchachas; o sea, con su deseo sexual. Porque la sed es la que, por ejemplo, mueve a Adela en el acto III, y su sed es tanto de agua como de Pepe.

El agua de los ríos es agua que da vida, que fecunda y que se asocia con el encuentro amoroso, pues, como dice Adela: “Pepe el Romano es mío. El me lleva a los juncos de la orilla”. En cambio, el agua de los pozos es símbolo de agua estancada, envenenada, de muerte.

 

- el caballo garañón: representa la fuerza natural, el instinto y la pasión desenfrenada. Además, la figura del caballo se asocia a la de Pepe el Romano, pues en dos ocasiones se dice que iba montado en su jaca.

 

-las flores: símbolo del amor, la pasión y el deseo sexuales. Flores llevan el abanico que entrega Adela. Una corona de flores lleva Paca la Roseta cuando regresa al pueblo después de su experiencia sexual con los hombres, y también María Josefa cuando aparece en el primer acto “ataviada con flores en la cabeza y en el pecho”. Además, el coro de segadores canta: “El segador pide rosas / para adornar su sombrero” (acto II)

                       

-la oveja que lleva María Josefa al final de la obra puede aludir al sacrificio que va a hacer Adela, entregando su propia vida al servicio de la libertad.

 

 

            Además de todo lo anteriormente expuesto, algunos estudiosos hablan de posibles fuentes literarias manejadas por García Lorca. Tal es el caso del concepto del honor tan férreo que tiene Bernarda Alba enlazaría con toda la tradición literaria del concepto del honor del teatro de nuestro Siglo de Oro, y muy especialmente el de Calderón de la Barca. Y, también, hay quien ha señalado una posible semejanza entre las férreas y tiránicas figuras de Bernarda y doña Perfecta, la protagonista que da nombre a la novela de Pérez Galdós.

            Igualmente, se podría ver una fuente literaria en la forma de comportarse de los criados respecto de los señores. Algo que había tenido una notable presencia en La Celestina, a propósito de la actitud hostil que mantienen Sempronio y Pármeno hacia Calisto, similar en buena medida a la que manifiesta Poncia hacia Bernarda. Además, quizá convendría no perder de vista el hecho de que, en la Segunda Celestina (1536), de Feliciano de Silva, aparece una criada llamada Poncia.

             

Realidad y Poesía en Bernarda Alba

Realidad y Poesía en Bernarda Alba

Un esquema para desarrollar este tema podría tener los siguientes apartados:

  1. Definición de los conceptos de realidad / poesía (puede servirte el diccionario para precisar ambos conceptos)
  2. Intención de García Lorca al escribir la obra: "El poeta advierte que estos tres actos tienen la intención de un documental fotográfico".
  3. Enumeración de elementos reales de la obra, que apoyan la intención del autor.
    • La historia basada en un hecho real sucedido en Valderrubio (Antes Asquerosa)
    • Los personajes
    • Formas de hablar
    • Situaciones, el espacio, el tiempo...
  4. Enumeración de elementos poéticos.
    • Los símbolos
    • Los textos líricos (canciones, jaculatorias...)
    • Las metáforas
  5. Conclusiones