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Examen de selectividad curso 2012/2013 - Lengua castellana y Literatura

Ejercicios de sintaxis

Ejercicios de sintaxis

Oraciones simples (I)

 

1)      Mi hermano es estudiante en esta universidad

2)      La cena no estará lista hasta las seis

3)      Miguel Ángel fue un famoso artista en el Renacimiento

4)      El libro de ese autor es muy aburrido

5)      La hermana de María es la más trabajadora de la familia

6)      Los obreros plantaron todos los árboles en el jardín

7)      Ese señor escogió un avión equivocado

8)      En esa clase, todos los alumnos consiguen las mismas calificaciones

9)      Visitaré a mi abuela el próximo año

10)  Saludé a tu hermano en la tienda de ropa

11)  Me dejas esa camisa en mi armario

12)  Me asaltaron unos ladrones en la carretera

13)  Le entregaron los regalos después de la fiesta de Navidad

14)  Entrega el libro a la bibliotecaria

15)  Entrégaselo

16)  No se lo entregues

17)  No se lo entregues a la bibliotecaria

18)  El año pasado mi hermano tuvo su primer hijo

19)  Las novelas de aventuras me gustan mucho

20)  No me gustan los libros de matemáticas

21)  No soporto los libros de matemáticas

22)  Estuve enfermo toda la semana pasada

23)  Ya terminé estas malditas frases

24)  La casa de mis padres es antigua

25)  Los padres de Julián están siempre enfermos

26)  Tu abuela bebió mucha cerveza en su juventud

27) No entregues el examen de matemáticas al profesor

28) No le entregues el examen de matemáticas

29) No se lo entregues

30)  Llegué al trabajo a las cuatro

31)  Esta mañana él dejó la computadora en la sala de profesores

32)  No salgas a la calle tan temprano

33)  Viviremos en París el próximo año

34)  Durante la semana de vacaciones todos prepararemos el examen de español

35)  El profesor descansará esa misma semana de vacaciones

36)  Dime la verdad más tarde

37)  Saca estos libros ahora

38)  Sácalos ahora

39)  Sacámelos ahora

40)  Déjalos ahí

41)  Nosotros nos veremos luego

42)  Pedro es hermano de aquel estúpido jugador

43)  La cena estará lista a las siete de la tarde

44)  El novio golpeo fuertemente a su futura suegra el mismo día de la boda

45)  Entrega el trabajo al secretario esta tarde

46)  Lo haré yo

47)  De noche todos los gatos son pardos

48)  En el salón de la biblioteca un grupo de antiguos alumnos celebra el décimo

49)  aniversario de su graduación

50)  El dinero no es problema para mí

51)  No vengas tarde

52)  Ataúlfo y Chindasvinta son novios desde el año pasado

53)  Prepara la mesa con cuidado

54)  A tus padres no les dije la verdad

55)  El gato corre tras los ratones

56)  El gato negro del vecino corre todos los días tras los ratones

57)  El avión de Continental no ha despegado aún

58)  ¿Lo ha visto tu hermano?

59)  Esta naranja tiene un sabor amargo

60)  Juan no viene con nosotros al cine

61)  Mi hermano menor estudia Derecho en Austin

62)  Ese artista está un poco loco

63)  Esta tarde me ha visitado un amigo

64)  Me duele mucho la mano

65)  A mi padre no le interesa ese negocio

66)  Aquellas montañas cambian de color al atardecer

67)  Juan no viene con nosotros al cine

68)  El conserje repartió las hojas a todos los asistentes

69)  Ese señor pasa muchas horas en la biblioteca

70)  Aquella ciudad es muy hermosa

71)  Algunos señores compran sus alimentos en esa tienda

72)  Juan caminaba hacia su casa con mucha tranquilidad

73)  Mi madre vendió su coche a mis primos

74)  Visité al médico la semana pasada

75)  Hemos visto todas las películas de Zefirelli

76)  Nuestro abuelo llegó ayer de Europa

77)  Estos animales vivirían mejor en la selva

78)  Mi amigo Raúl ha viajado mucho por todo el mundo

79)  Ven inmediatamente

80)  Lucía pidió un vaso de agua a la enfermera

81)  arta ha comprado una tarta de cumpleaños

82)  Una gran nube ocultó el sol durante varias horas

83)  Bailaron todos hasta el amanecer

84)  Abuelos, padres, e hijos asistieron al bautizo de la pequeña María

85)  Algunas veces este periódico dice la verdad

86)  En el cuarto de la televisión todos los muebles estaban usados

87)  El viento movía las hojas con violencia

88)  Nosotros pagaremos la deuda de tu familia

89)  Los amigos de su infancia todavía la recuerdan

90)  Pedro trabaja en la mejor peluquería de la ciudad

91)  Han cambiado ese anuncio ocho veces

92)  El padre y la madre son argentinos

93)  De pronto una ráfaga de viento apagó todas las velas

94)  Luisa, María y Ana comparten el mismo apartamento

95)  Mario es mi mejor amigo.

96)  Luis ha estado enfermo toda la semana.

97)  Esa solución es la mejor para todos.

98)  Estaré en tu casa a las seis de la tarde.

99)  Vivimos en México durante seis años.

100)                     Veremos esa película de Spielberg durante el fin de semana.

101)                     Echaron la culpa del accidente al conductor del autobús.

102)                     No vieron al ladrón.

103)                     Mañana iré yo al aeropuerto de Harlingen.

104)                     Tu salud me importa mucho.

105)                     ¿No le preocupa esta situación?

 

 

MORFOLOGÍA - CATEGORÍAS GRAMATICALES

SUSTANTIVOS

Palabra que designa personas, animales o cosas que tienen existencia independiente.

Son palabras tónicas.

Pueden tener más de un lexema y llevar morfemas derivativos.

Pueden llevar trabados morfemas nominales de género y número

  • En cuanto al género, pueden ser:
    • Masculino / femenino
    • Género Común: mismo sustantivo para distinto sexo (el estudiante / la estudiante)
    • Género ambiguo: mismo sustantivo con dos géneros (el mar /la mar)
    • Género epiceno: sustantivos que no distinguen el género en animales (gorila, rata, cuervo...)

Es el núcleo del S.N. (sintagma nominal)

Clases:

§         Concretos / abstractos

§         Individuales / colectivos

§         Comunes / Propios

§         Animados / no animados

§         Contables / no contables

 

ADJETIVOS

 

Palabra que expresa cualidad

Son palabras tónicas

Pueden llevar más de un lexema y morfemas derivativos

La mayoría de los adjetivos tienen grado:

§         Positivo

§         Comparativo:

o       De igualdad

o       De superioridad

o       De inferioridad

§         Superlativo:

o       Absoluto (-ísimo / muy)

o       Relativo (el más de...)

 

Algunas formas adjetivales ya llevan el grado:

Bueno> mejor> óptimo

Malo> peor > pésimo

Pequeño> menor> mínimo

Grande> mayor> máximo

Bajo> inferior> ínfimo

Alto> superior> supremo

Siempre acompañan a un sustantivo, o dicen algo de él, concordando:

Pueden ir antepuesto al sustantivo: (generalmente) explicativo

Pueden ir pospuesto al sustantivo: (generalmente) especificativo

Puede apocoparse en algunos casos: grande> gran / bueno> buen

 

 

 

VERBOS

Palabras que expresan la acción o el estado

Son palabras tónicas

Pueden llevar más de un lexema y morfemas derivativos

Hay formas personales y no personales.

Las formas no personales son:

§         Infinitivo (sustantivo)

§         Gerundio (adverbio)

§         Participio (adjetivo)

Las formas personales llevan trabados los morfemas verbales:

§         Persona: 1ª, 2ª y 3ª

§         Número: singular y plural

§         Tiempo: pasado, presente, futuro

§         Modo: indicativo, subjuntivo, imperativo

§         Aspecto: perfectivo / imperfectivo

Las formas pueden ser simple y compuestas ( con el auxiliar “haber”)

Hay dos grandes grupos verbales:

§         Copulativos: ser, estar, parecer... (con sujeto y atributo)

§         Predicativos: el resto

Hay tres conjugaciones: infinitivos terminados en -AR, -ER, -IR

Hay verbos regulares e irregulares, según sigan o no, el modelo.

Hay verbos defectivos: no tienen la conjugación completa (abolir: sólo las formas con “i”; soler: no tiene futuro ni condicional; balbucir: carece de formas con “cz”...). Los verbos impersonales metereológicos pueden considerarse defectivos.

Hay verbos pronominales: necesitan de un pronombre para su conjugación: arrepentirse, quejarse, vanagloriarse...

Hay verbos transitivos (llevan C.D.) e intransitivos (no llevan C.D.)

 

Las perífrasis verbales: son construcciones sintácticas constituidas por dos o más verbos, de los que al menos uno es auxiliar y otro principal. Pueden ser aspectuales o modales.

 

Locuciones verbales: son expresiones que funcionan como un solo significado: echar a perder, dar a conocer, dar de lado, tener cuidado, echar de menos...

 

 

ADVERBIOS

 

Son palabras que complementan a un sustantivo, verbo, adjetivo o adverbio.

Son palabras tónicas

Pueden llevar dos lexemas y morfemas derivativos

No llevan morfemas nominales ni verbales: son invariables

Pueden ir apocopados: tan (de tanto)

Clases de adverbios:

§         De lugar: aquí, allí, encima...

§         De tiempo: hoy, ya, mañana, después...

§         De modo: así, mal... y la mayoría de los acabado en “-mente”

§         De afirmación: sí, también, claro, ciertamente...

§         De negación: no, tampoco, nada...

§         De cantidad: bastante, mucho, poco...

§         De deseo: ojalá, así...

§         De duda: quizá, probablemente...

§         De exclusión: sólo, inclusive, únicamente...

§         De identidad: mismamente, cabalmente, precisamente...

§         Otros: viceversa, contrariamente, siquiera, consecuentemente...

Algunos pueden funcionar como pronombres relativos:

§         Donde: vivo en la casa donde nací

§         Cuando: me acuerdo de (aquel día) cuando lo pasamos guay

§         Cuanto: hice (todo) cuanto pude

§         Como: lo hice (del modo) como tú querías

 

Existen locuciones adverbiales: a oscuras, de pronto, a lo mejor, tal vez, la mar de...

 

 

 

DETERMINANTES

 

Son palabras que acompañan siempre al nombre.

Son átonos, menos los interrogativos y los exclamativos

Son morfemas libres, determinativos.

Clases:
 Artículos:  actualizador sin sustancia semántica

§         Determinados

§         Indeterminados

 

 

Determinado

Indeterminado

 

Masculino

Femenino

Masculino

Femenino

Singular

El

La

Un

Una

Plural

Los

Las

Unos

Unas

 

Adjetivos determinativos: actualizadores con sustancia semántica

§         Indefinidos

§         Interrogativos /Exclamativos

§         Numerales

§         Cardinales

§         Ordinales

§         Partitivos

§         Múltiplos

§         Demostrativos

§         Posesivos
 

Demostrativos

Formas

Proximidad al hablante

Distancia media

Lejanía del hablante

Singular

Masculino

este

ese

aquel

Femenino

esta

esa

aquella

Neutro

esto*

eso* 

aquello*

Plural

Masculino

estos

esos 

aquellos

Femenino

estas

esas

aquellas

(Los señalados con asteriscos sólo son pronombres)

 

Posesivos

 

Un poseedor

Varios poseedores

Referido a 
1.ª persona

Formas tónicas

mío, mía, míos, mías, 

nuestro, nuestra, nuestros, nuestros

Formas átonas

mi, mis

nuestro, nuestra, nuestros, nuestros

Referido a
2.ª persona

Formas tónicas

tuyo, tuyo, tuyos, tuyas, 

vuestro, vuestra, vuestros, vuestras

Formas átonas

tu, tus

vuestro, vuestra, vuestros, vuestras

Referido a
3.ª persona

Formas tónicas

suyo, suya, suyos, suyas

Formas átonas

Su, sus

 

 

INDEFINIDOS

Adjetivo indefinido

Pronombre indefinido

Adverbio-Modificador del adjetivo

Adverbio-Complemento circunstancial del verbo

Adverbio-Modificador de otro adverbio

Tiene más coches

No compres más

Es más alto

¡No fumes más!

¡Eso está más lejos

Hay demasiados coches

Son demasiados

Son demasiado contaminantes

Fuma demasiado.

Es demasiado pronto

 

 

PREPOSICIONES

 

Son MORFEMAS LIBRES, relacionantes; es decir, ponen en relación una palabra con otra: la casa de Pedro.

Son invariables

Son átonas (excepto “según”)

Son: a, ante, bajo, con, contra, de, desde, durante, en, entre, hacia, hasta, mediante, para, por según, sin, so, sobre, tras – Y mediante, durante, excepto y pro.-

 

Hay locuciones prepositivas:

Están constituidas por dos o más palabras que forman un conjunto indivisible.

 a causa de: se suspendió la carrera a causa de la lluvia

gracias a: Conseguí aprobar gracias a Teresa.

rumbo a: saldrá rumbo al pueblo.

en compañía de: me encontré en compañía de mis amigos.

delante de: estoy delante de Luis.

acerca de: se habló acerca de la película.

detrás de: se encuentra detrás de la puerta.

 

Estas locuciones prepositivas pueden sustituirse por una preposición: se suspendió la carrera a causa de la lluvia: se suspendió la carrera por la lluvia.

CONJUNCIONES

Son MORFEMAS LIBRES relacionantes.

Son invariables

Son átonas

Las conjunciones pueden ser coordinantes o subordinantes, según establezcan una u otra relación entre las oraciones unidas por ellas.

§         Coordinantes:

o       Copulativas: denotan simple enlace sin matices especiales: y, e, ni.

o       Adversativas: denotan oposición o diferencia entre las oraciones enlazadas: mas, pero, aunque, sino, sin embargo.

o       Distributivas: bien... bien, ya...ya

o       Disyuntivas: expresan contradicción: o, u.

o       Explicativas: es decir, esto es, o sea...

 

§         Subordinantes:

o       Completivas: enlazan las subordinadas sustantivas: que...

o       Causales: indican que una de las oraciones es causa o motivo de la otra: porque, pues, pues que, ya que, como, como que...

o       Comparativas: así como, así también, de modo que, tal como...

o       Concesivas: expresan en la subordinada una objeción o dificultad para que se efectúe lo que indica la principal, pero este obstáculo no impide la realización del hecho: aunque, por más que, a pesar de, que...

o       Condicionales: la subordinada expresa la condición para que se realice lo que se dice en la principal: sí, con tal que, a condición, siempre que...

o       Finales: expresan en la subordinada el fin de la principal: a que, para que, a fin de que...

o       Modales: entra en su composición un adverbio de modo: conforme, como, según, de modo que, de manera que...

o       Temporales: entra en la composición de algunas un adverbio o expresión de tiempo: cuando, aun no, no bien, desde que, luego que, antes que, después que, mientras que. ..

 

 

 

PRONOMBRES:

 

Son palabras “especiales”: formas vacías que se llenan de significado

Pueden ser átonas y tónicas

Algunos pueden llevar morfemas desinenciales

Sustituyen siempre a un nombre

Son núcleos del sintagma nominal

 

Clasificación:

 

1.      Personales

 

 

Pronombres personales:

 

 

Sujeto
(y atributo)

Complemento 
directo

Complemento 
indirecto

Complemento
preposicional

1ªpersona

Singular

yo

me

mí, conmigo

Plural

nosotros (-as)

nos

nosotros (-as)

2ªpersona

Singular

te

ti, contigo

Plural

vosotros (-as)

os

vosotros (-as)

3ªpersona

Singular

él, ella, ello

 lo, la

 le, se

él, ella, ello

Plural

ellos (-as)

los, las

 les, se

ellos (-as

 

 

2.      Determinativos:

§         Demostrativos

§         Posesivos

§         Indefinidos

§         Interrogativo – Exclamativos

§         Numerales

Cardinales
Ordinales
Partitivos
Múltiplos

 

3.      Relativos: que, cual, cuales, quien , quienes, cuyo, cuya, cuyos, cuyas

La interjección

Las interjecciones son una clase de palabras que constituyen, por sí solas, enunciados independientes. Por tanto, no se insertan funcionalmente dentro de la oración y actúan como elementos independientes.

Se utilizan para expresar, de forma repentina y espontánea, impresiones, sentimientos, actitudes y sensaciones. Su significado puede variar según los casos, pero siempre el contexto nos va a dar su significado concreto.

Algunos sustantivos, adjetivos, adverbios, verbos y grupos nominales, cuando se emplean con una entonación exclamativa, pueden realizar función interjectiva.

Hay tres tipos de interjecciones, si atendemos a su función comunicativa. Son éstas:

1. Onomatopéyicas.

Son adaptaciones fonemáticas de ruidos o acciones. Ej: Ring, ring. ¡Zas! ¡Cataplún! ¡So! ¡Arre!

2. Apelativas.

Apelan al interlocutor, para llamar su atención, imponer alguna actitud o simplemente para saludar. Ej: ¡Eh! ¡Hala! ¡Hola!

3. Sintomáticas.

Manifiestan el estado de ánimo del hablante sobre lo que se le presenta. Éstas son las más numerosas. Eso sí, los tres tipos de interjecciones citados son prácticamente igual de habituales en el habla. Ej: ¡Olé! ¡Ay! ¡Ejem! ¡Hurra!

 

 

Algunas interjecciones de uso frecuente:

¡Ah!: Alegría, pena, dolor, sorpresa, admiración, burla.

¡Anda!: Sorpresa, admiración. Suele emplearse también para animar a alguien a que haga algo. Cuando se le añade después ya, implica sorpresa o rechazo. ¡Anda ya!

¡Atiza!: Sorpresa, reprobación, admiración.

¡Arrea!: Asombro, admiración.

¡Aúpa!: Para dar ánimos.

¡Ay!: Dolor, sobresalto, quejido. Seguido de la preposición de y un nombre, expresa pena, temor, o consideración.

¡Bah!: Incredulidad, rechazo, resta de importancia.

¡Bravo!: Aplauso, aprobación, entusiasmo.

¡Caliente!: Que alguien se acerca a lo que busca.

¡Caray!: Extrañeza, enfado, sorpresa.

¡Chitón!: Impone silencio.

¡Claro!: Da por cierto o asegura lo que se dice.

¡Cómo!: Extrañeza, enfado.

¡Dios mío!: Extrañeza, dolor, temor.

¡Eh!: Para llamar, preguntar, advertir o reprender.

¡Ejem!: Para llamar la atención o finalizar el discurso.

 

Miguel Hernández, inédito

Miguel Hernández, inédito

El CULTURAL de EL MUNDO, viernes 16 de Enero de 2009

 

  

 

 

 

A Juan R. Giménez

 

La senda colubriforme

se va con sumo interés.

Acaba la tarde. Enorme,

trepa la luna a un ciprés.

 

(Un ciprés, pico del ave

alicaída del prado,

que aún del postrer sol suave

se mira crucificado.)

 

¡Cuántas estrellas se doran

en el cielo ya azul bajo!...

Por la senda lloran-lloran

las esquilas de un atajo.

 

Ante él, alumbrado por

la lumbre de las estrellas,

camina lento el pastor

leyendo unas rimas bellas.

 

Y se queja dulce cual

las esquilas de áureo dejo,

cuando lee a la luz astral:

“…Pastor, toca un aire viejo”.

 

 

 

Todavía no había llegado Miguel Hernández (1910-1942) a Madrid, desde su Orihuela natal, donde pastoreaba y escribía. Lo hizo en 1931, cuando escribió este poema inédito, aparecido hace unos días en unas de las carpetas de Juan Ramón Jimenez que aún permanecen en la Sala Zenobia-Juan Ramón de la Universidad de Puerto Rico.

Como les sucedió a tantos otros jóvenes poetas, también Miguel Hernández se inició empapándose de los versos de la Segunda antolojía de Juan Ramón Jiménez, que confesaba haber “leído cincuenta veces aprendiéndome algunas de sus composiciones” y que después llegó a recitar en público en Orihuela y en el Ateneo de Alicante. Prueba de esta admiración son también estas cinco cuartetas inéditas de Hernández y cuyo último verso pertenece al romance de Juan Ramón “En la quietud de estos valles”, incluido en “Recuerdos sentimentales”, tercera parte de Arias tristes (III, IV). Sin duda, estos poemas de aire pastoril del moguereño interesaron especialmente a Miguel Hernández, soñador lírico y pastor de cabras desde su niñez. Fue el murciano Juan Guerrero quien facilitó el encuentro entre ambos poetas en enero de 1936. Al mes siguiente, Juan Ramón consagrará definitivamente con su crítica en las páginas del diario “El Sol” al poeta oriolano tras la publicación de su “Elegía a Sijé” y seis sonetos en la Revista de Occidente. La admiración y el respeto entre ambos poetas fueron mutuos hasta sus respectivos finales: Hernández en 1939 citó a Juan Ramón dos veces en su poema “Llamo a los poetas” del libro El hombre acecha, y a su vez, el moguereño se preguntaba en su retrato del oriolano: “El rayo que no cesa es Miguel Hernández mismo. Si sigue así este rayo, ¿dónde llegará él, dónde llegará, con él la poesía española de nuestro siglo?” Desgraciadamente, a Miguel no le dejaron soñar otros horizontes para nuestra lírica y a Juan Ramón lo condenaron a un doble exilio: el de su patria y el de su idioma.

José Antonio Expósito

COMENTARIO DE TEXTO

COMENTARIO DE TEXTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

APROXIMACIÓN AL SONETO DE MIGUEL HERNÁNDEZ

 

 

YO SÉ QUE VER Y OÍR A UN TRISTE ENFADA

 

 

 

 

 

 

 

Juan CANO CONESA

 

 

 

 

 

YO SÉ QUE VER Y OÍR A UN TRISTE ENFADA

 

            Yo sé que ver y oír a un triste enfada

            cuando se viene y va de la alegría

            como un mar meridiano a una bahía,

            a una región esquiva y desolada.

 

            Lo que he sufrido y nada todo es nada

            para lo que me queda todavía

            que sufrir el rigor de esta agonía

            de andar de este cuchillo a aquella espada.

 

            Me callaré, me apartaré si puedo

            con mi constante pena instante, plena,

            adonde ni has de oírme ni he de verte.

 

            Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,

            pero me voy, desierto y sin arena:

            adiós, amor, adiós hasta la muerte.

 

Antes de dar paso a la interpretación y análisis de este poema, es obligado hacer una breve referencia a algo que desvelará, supongo, parte del misterio que encierra el personaje al que se dirige el soneto, es decir, la enigmática receptora de este lamento de amor no correspondido. El soneto “Yo sé que ver y oír a un triste enfada” forma parte del libro El rayo que no cesa. Según la investigación llevada a cabo por José Luis Ferris, este famoso poema, junto con otros siete, está inspirado en María Cegarra, a quien se dirige líricamente. Los otros poemas son: “Tengo estos huesos hechos a las penas”, “Mi corazón no puede con la carga”, “Silencio de metal triste y sonoro”, “Vierto la red, esparzo las semillas”, “Fatiga tanto andar sobre la arena”, “Al derramar su voz su mansedumbre” y “Por desplumar arcángeles glaciales”. Es decir, la mujer amada, el “tú” lírico al que se alude con el vocativo “amor” tiene nombre y apellidos (no es una invocación universal y abstracta al amor): se trata de María Cegarra, la poeta de La Unión, nacida en 1903 y autora de tres libros de poesía: Cristales míos, Desvarío y fórmulas y Cada día conmigo. El resto de los poemas que integran El rayo que no cesa (30 en total) se atribuyen referencialmente a Maruja Mallo, la pintora gallega que despertó la pasión amorosa del poeta[1]. Hay que decir inmediatamente que en el poemario hay tres dedicados a Josefina Manresa, su futura mujer: “Me tiraste un limón y tan amargo”, “Te me mueres de casta y de sencilla” y “Una querencia tengo por tu acento”. Hagamos una última apreciación innecesaria: la “Elegía a Ramón Sijé”, que también se incluye en El rayo que no cesa,  no tiene nada que ver, evidentemente, ni con el tema central del poemario ni con las personas a las que he aludido. Rompe, por tanto, la unidad temática del libro que, como se sabe es (a grandes rasgos y matices aparte, el amor).

 

Miguel Hernández y María Cegarra se conocieron el 2 de octubre de 1932, con motivo del homenaje que el pueblo de Orihuela tributó a Gabriel Miró. A principios de 1933 se volvieron a encontrar, en esta ocasión en Cartagena. Tras la ruptura sentimental de Miguel con su novia, Josefina Manresa, y abandonado por Maruja Mallo, aquel vuelve a visitar a María Cegarra (debió ocurrir esto el 26 o 27 de agosto de 1935, fecha del último encuentro entre ambos) y le lleva unos sonetos ya publicados en El rayo que no cesa; en uno de ellos, el titulado “¿No cesará este rayo que me habita?”, escribió aquella conocida dedicatoria que tantos comentarios levantó: “A mi queridísima María Cegarra, con todo el fervor de su Miguel Hernández” (la dedicatoria estaba manuscrita; no trascendió a la obra impresa). Mucho más comentada e intrigante es la dedicatoria con la que se abre el poemario: “A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya”. Se trata de una dedicatoria enigmática (decepcionada, diría yo) que Ferris atribuye argumentadamente a Maruja Mallo. Pero esa no la historia de la que procede hablar en estos momentos.

Pues bien: decíamos que a partir del aludido encuentro, comienza una relación epistolar que se vio truncada cuando María Cegarra, sin explicación alguna, dejó de escribir. Esta decisión dejó a Miguel confuso y dolorido: “Por lo visto, tampoco tiene interés conmigo”, escribió a Carmen Conde y Antonio Oliver. Tras la muerte de María Cegarra, aparecieron las cartas que Miguel Hernández le envió; en ellas Miguel le declaraba un amor puro y le reprochaba sus silencios. Definitivamente, su situación amorosa quedaba herida: nunca correspondido por la oriolana Carmen Samper; incomprendido por Josefina Manresa, con la que había roto sus relaciones; rechazado sin contemplaciones por Maruja Mallo; discreto y misterioso con María Zambrano y delicadamente ignorado por María Cegarra.

 

Todas estas heridas de amor propician el hecho de que el propio poeta se considere algo así como el “caballero de la triste figura”. De forma parecida se autodenomina en el presente poema, pues tras sentirse rechazado, aparece la figura del “triste”, personaje que, autobiográficamente, emerge en el primer verso del poema: “Yo sé que ver y oír a un triste enfada”.

 

Haciendo un inocente alarde de intertextualidad, llama la atención aquel pasaje de la Celestina en que Calixto, tras ser rechazado en primera instancia por Melibea, alude a conceptos y situaciones que encontramos en el soneto: “Cierra la ventana y deja la tiniebla acompañar al triste, y al desdichado la ceguedad. Mis pensamientos tristes no son dignos de luz. ¡Oh bienaventurada muerte aquella que deseada a los afligidos viene!”. También me vienen al recuerdo aquellas palabras escritas por Margarita Duras, cuando trataba de justificar la presencia del triste (o de la tristeza) en la literatura. Afirmaba la escritora francesa, nacida en Saigón: “la alegría no nos necesita”. Es verdad. No aceptar la tristeza es quedar al margen del mundo, del destino, de la comprensión de la condición humana. Por otra parte, Ana María Matute defiende que “la verdadera literatura es triste”, porque triste es la vida. Y para terminar con esta digresión, queremos recordar la figura del gran Verlaine, garabateado por mil cicatrices y sangrante de heridas incurables, repleto de músicas, imponente de penas y usuario de una fe irrepetible y de amores furiosos. ¿Qué se pretende al presentar la tristeza como el centro de la visión de los poetas? Según Vargas Llosa, la compasión. Tras esta respuesta enlazamos una nueva pregunta: ¿qué pretende Miguel Hernández al despedirse de la amada como un personaje derrotado?

 

En el presente soneto se escucha la voz del poeta, que, tras insinuar cierto despecho amoroso que le ha proporcionado un sufrimiento que todavía no alcanza a la magnitud del que le espera, decide refugiarse en el desamparo y en el silencio, despidiéndose de su amada hasta la muerte. El proceso de esta situación irreversible se articula a través de ciertos momentos intensos que se organizan en torno a las siguientes ideas, coincidentes con cada una de las cuatro estrofas en que se divide el soneto:

 

a)         El “yo poético” reconoce la contrariedad que proporciona a los demás escuchar las quejas del triste. Éste habla de ese viaje amoroso que comienza en la alegría y termina por desembocar en la desolación. Viene de la luz y se dirige hacia una región esquiva, es decir, a los dominios del desdén.

b)         Anuncia el sufrimiento que le espera. Este sufrimiento se identifica con una congoja, una aflicción (“esta agonía”) provocada por dos heridas que abrieron dos objetos punzantes: la herida de “este cuchillo” y la de “aquella espada”. Interpretamos que el cuchillo provoca las heridas del dolor actual (amor no correspondido), mientras que “aquella espada” nos remite al dolor de un amor acabado hace algún tiempo y que causó mayor tormento que el actual (pensamos que se esté refiriendo a lo que quedó de su relación con Maruja Mallo, su gran pasión amorosa).

c)          Declara la retirada a los espacios del silencio y de la ausencia. Así, mientras el poeta opta por callar, la pena insta (“pena instante”, es decir, pena que grita, que se retuerce, que ruega, suplica). Recordemos que instar es, según la RAE,  “Repetir la súplica o petición, insistir en ella con ahínco”.

d)         Tras una vacilación llena de contradicciones y correcciones, se despide de la amada para siempre, “hasta la muerte”.

 

El poema comienza con una visión global y distanciada de lo que ocurre a los que sufren el mal de amor no correspondido. Decimos lo de distanciada porque el poeta se sitúa como espectador de alguien. Plantea el asunto como si “la cosa no fuera con él”. Este recurso tiene como misión sorprender las expectativas del lector, que pronto sabrá que “el triste” y el “yo” se identifican. Así, la sorpresa contribuirá a elevar el umbral del dolor. Existe por tanto en el primer verso una reduplicación del “yo”, cuyas marcas gramaticales vienen determinadas por el uso de la primera persona (“Yo sé”) y de un Complemento Directo representado por una tercera persona (a él, a un triste…, que soy yo). Inmediatamente, en el verso segundo, comienza un tono de impersonalidad (“se viene y va”). Tanto las expresiones “un triste” como los aludidos rasgos de impersonalidad vienen a universalizar el sentimiento amoroso de quien ha vivido la alegría y viene a desembocar en la tristeza. Como hemos adelantado, parece como si el poeta estuviera preparando el ambiente idóneo para entrar en la dura experiencia del dolor descrito en una lacerante primera persona, como el narrador más narrador que pueda darse en los relatos: el autodiegético. En este poema se cuenta un dolor, el proceso de una pena. Y lo “cuenta” una persona triste, ultrajada por la esquivez, es decir, el Miguel Hernández artista y hombre. No hay anécdota, no hay datos: sólo enfado, alegría pasada, desolación futura, sufrimiento, heridas, silencio futuro, ausencia futura, soledad vacía, desértica, y despedida.

 

En el segundo cuarteto, pues, emerge la realidad del “yo”. Es decir, se revela la identidad del “triste”, asociada al poeta enamorado, que adopta la primera persona, no como espectador, sino como sujeto. Es fácil descubrir ahora que la alegría queda representada por el “mar meridiano”, es decir, por el mar luminoso y brillante que viene a cobijarse en la mansedumbre acogedora de la bahía (la bahía es la calma que inspira al poeta la figura de la amada, posible refugio de sus ardores pasados). La tristeza, en cambio, se representa por ese lugar en donde reina la esquivez y la desolación: el desierto, la soledad. El contraste entre la alegría de la luz y la tristeza del rechazo aumenta la sensación de dolor que proporciona esa agonía que fue provocada por dos armas: el cuchillo y la espada. Ésta segunda se refiere a lo sufrido (herida profunda, la que se causa al toro antes de morir), mientras que la del cuchillo se refiere a lo que todavía queda por sufrir, cuando llegue la hora del adiós definitivo.

Es hermoso el contraste que existe en el primer terceto: el poeta, por un lado, opta por no hablar y por apartarse al reino del silencio y de la ausencia. Parece como si así evitara el enfado al que aludía en el primer verso del soneto. Sea como fuere, los infinitivos “ver” y “oír” de la primera estrofa quedan negados en la tercera: “ni has de oírme ni has de verme”. Pero si hablamos de contraste, hay que hacer mención a ese que nos cuenta el silencio del poeta y el grito instante de la pena: bellísimo terceto en el que hasta el nivel fónico contribuye a llenar de resonancias de plenitud armónica una rima interna de efectos sorprendentes: “mi constante pena instante”. Calla el poeta y grita la pena. La personificación es hermosísima y la separación entre el yo y su pena nos recuerda a Jorge Guillén, quien escribía en Cántico: «Yo no soy mi dolor. / ¿Mío? Nunca. No acoge / Mi poder. Anulado, / Me pierdo en el desorden.» . Claro que a estas y otras más atrevidas prosopopeyas nos tiene acostumbrados la poesía de quien es capaz de afirmar que “por doler, le duele hasta el aliento”.

 

Llama la atención cómo la última estrofa llega a retorcer la sintaxis, como más adelante observaremos. Desorientado, balbuciente, el poeta no se decide a irse, aunque se va. No caben explicaciones que hablen de una ida física y de una permanencia espiritual. No. El poeta pone en práctica ese apartamiento al que aludía en el anterior terceto, y, finalmente, se despide de la amada. Se acabaron las especulaciones, los requiebros y las esperanzas; se acabó el recurso de apelar a la compasión. Regresa la realidad, el presente cruel y, solo (desierto) y vacío (sin arena), el poeta se despide de la amada hasta la muerte.

 

Es muy revelador el uso de los tiempos verbales que predominan en cada una de las estrofas: la primera alude a un presente continuo y habitual, de carácter generalizador e impersonal; la segunda presenta una alternancia entre el pasado y un futuro anticipador, mitigado por una forma perifrástica (“me queda que sufrir”); esa anticipación queda definida en el primer terceto, cuyo futuro es concluyente (“me callaré,  me apartaré”); finalmente, la cuarta estrofa nos sitúa en el presente rotundo y puntual de la despedida: “me voy”, “adiós”.

 

Y puesto que hablamos del estilo del poema atendiendo al uso de los verbos, hemos de llamar la atención sobre algo que resulta asombroso: la recurrencia de verbos de movimiento a lo largo de todo el poema. Doblemente insólito resulta este hecho, si consideramos que el soneto es un poema de amor. Ese movimiento desnortado del ir y venir del primer cuarteto; ese andar del cuchillo (referido al sufrimiento presente) hasta “aquella espada” (referido al pasado) del segundo cuarteto, en el que con progresión ascendente y regresiva quedó tocado por instrumentos que proporcionan heridas; ese apartarse adonde habitan la ausencia y el silencio… todo ese movimiento, digo, queda reflejado en el final del poema como un ajetreo de desconcierto poético, de idas y venidas, de vacilaciones, de rectificaciones: “me voy, pero me quedo, / pero me voy […] Adiós amor, adiós hasta la muerte”. Es la apoteosis de la voz instante de la pena y el silencio resignado del amante rechazado. Y aquí es donde urge hablar del uso tan poco convencional (se trata de una incorrección elevada a categoría de licencia poética valiente y genial) de la recursividad gramatical en las adversativas. Eso que resulta incorrecto en el lenguaje ordinario, Miguel Hernández lo legitima con una autoridad incontestable. Por eso, llena de expresividad ese ir y venir vacilante, descontrolado y disperso del “me voy, pero me quedo, pero me voy”. Estas osadías gramaticales son una novedad en el poeta, pero novedad relativa, pues, aparte la invención de no pocos vocablos, ya en la Elegía a Ramón Sijé se atrevió a transitivizar el verbo ‘regresar’ en el verso 33 de dicho poema: “y desamordazarte y regresarte”. 

 

La enorme expresividad del poema viene determinada por el ritmo; también por una rima de resonancias asombrosas (¡qué extraordinaria paronomasia cierra el verso décimo, cuando atribuye a la “pena” la cualidad de “plena”: “constante pena instante plena!”), aunque, en una primera impresión, algunas combinaciones fónicas suenen a poco líricas. Claro que hablar de resonancias de aficionado en Miguel Hernández es no saber que la palabra del poeta oriolano es contundente como el hierro y penetrante como una lanzada de emoción, más allá de la frialdad de un enunciado. Es sorprendente cómo, tras la aparente rima sin aristas que pudieran sugerir los vocablos “enfada” y “desolada”, en el citado verso décimo reside una rima interna bellísima y de efectos memorables. Asalta la sensibilidad receptora del lector una serie de términos inesperados (“y nada todo es nada”, “me callaré, me apartaré”). También la especial disposición espacial de algunos vocablos que aparecen dispuestos intencionadamente con los conceptos cruzados: así el “ver” y “oír” del primer verso se convierte en “ni oírme ni verte”. En definitiva, queda la sensación final de que el poeta ha manejado el lenguaje con una originalidad incontestable. Pero al margen de toda consideración técnica, reconocemos en el presente soneto la personalidad de Miguel Hernández. Aunque no fuera rubricado con su nombre, escucharíamos y reconoceríamos su voz inconfundible (¿qué otra cosa es el estilo?).  

 

Estudiado también desde un punto de vista entonativo, observamos cómo la disposición oracional del poema alarga la melodía de los enunciados y se “escucha” un discurso lento, elegante y dilatado en los dos cuartetos. Los signos de puntuación son casi inexistentes (un punto tras cada estrofa y una sola coma cerrando el verso tercero). En los dos tercetos, en cambio, el balbuceo dubitativo y creciente del texto origina una entonación entrecortada que llega al paroxismo de la indecisión y el miedo en los tres últimos versos. Evidentemente, ese ritmo discontinuo y vacilante viene determinado por el uso de la recursividad de los conectores contrastivos “pero”, del uso de un asíndeton machacón, reiterativo y lleno de plasticidad: me voy, me voy, me voy, pero me quedo, / pero me voy… El poema, pues presenta un in crescendo progresivo, rítmico y de cierre abrupto. Tras el poema queda el silencio como límite, tal vez el efecto fónico más espectacular tras la sonoridad de los fonemas vibrantes de “amor” y “muerte”.

 

Siguiendo el cómputo porcentual de Pierre Guiraud en Las categorías estáticas del vocabulario y su posterior adaptación de Navarro Tomás al castellano, observamos que en el poema aparece un 51.28% de verbos (la norma establece que los verbos ocupan un 24.4% del total del léxico español), un 15.38% de adjetivos (la norma es un 24.4%), mientras que los sustantivos aparecen en un 30.76% de ocasiones, es decir, un 14% por debajo de la norma castellana. De estas observaciones porcentuales podemos deducir que el poema es especialmente dinámico, nada contemplativo, ya que, como dejamos dicho, predominan los verbos. Dentro de esta categoría gramatical, hay 8 de movimiento, cosa inusual en la lírica más profunda, la de las mayores emociones. Es en el primer cuarteto donde ya se contempla ese ir y venir desacordado y errático de la alegría a la soledad. Ese andar errático se intensificará gramatical y sémicamente cuando, en el segundo terceto, el trasiego vacilante de pasos conduzca inexorablemente a la estación término de la muerte, el cierre del poema. Así, pues, el gran mérito del poema consiste en que con una formulación categorial poco lírica, se consigue una gigantesca emoción lírica. Otra paradoja hernandiana. 

 

Pero al margen de lo que nos pueda sugerir ese mosaico de categorías, debemos hablar del léxico, uno de los aspectos en los que mejor se manifiesta el alma del poeta y el estilo del poema. Pertenecen al mismo campo sémico de la tristeza-dolor una serie de vocablos que se agrupan siguiendo unas pautas muy bien delimitadas por el texto. Con una relación de co-hiponimia con respecto del hiperónimo dolor, al tiempo que con una relación de progresión temática, aparecen “he sufrido”, “queda que sufrir”, “agonía” (con un desplazamiento hiperbólico), “cuchillo y espada” (en este caso, resaltados por un desplazamiento semántico tan recurrente como la metáfora) y pena (sinónimo de dolor). Frente a estos términos que, en cierta manera, configuran una red de sinónimos contextuales, aparecen los antónimos de la pena “alegría”, “mar meridiano” y “bahía”. Los dos últimos quedan unidos por una relación metafórica que, al tiempo que los obligan a relacionarse como sinónimos contextuales, se contraponen semánticamente a los términos “desierto” y “sin arena”, igualmente metafóricos y antónimos.

 

Al margen del campo léxico que los integre, observamos también una serie de paradojas que tienen su base en la utilización de un léxico dispuesto en una sucesión de antónimos magistralmente tratados: triste-alegría (1y 2); se viene-va (2); mar meridiano-región esquiva y desolada (3 y 4); todo-nada (5)[2]; callaré-pena instante (9-10); me voy-me quedo (12); desierto-sin arena (13). Encontramos, además, un notable contraste entre vocablos de connotación coloquial (enfada, se viene y va, cuchillo, espada, apartaré) frente a otros de matiz culto: esquiva, desolada, mar meridiano, pena instante… No contemplamos en esta ocasión la espléndida progresión temática que se observa en ver-oír, mar-bahía, todo-nada, he sufrido-me queda por sufrir, cuchillo-espada, me callaré-pena instante… porque hacerlo sería no acabar nunca.

 

Tocando de pasada la adecuación, queremos observar dos aspectos que nos han llamado la atención. Incluir en un poema de enorme intensidad emocional expresiones tan coloquiales como  “enfada”, “Lo que he sufrido y nada todo es nada”, “me apartaré si puedo” y la redundancia obsesiva del “me voy” es, en nuestra opinión, una osadía de armas tomar. Dichos coloquialismos tienen, además, un rasgo que los configuran como más valientes todavía: son fragmentos de oralidad insertados en un territorio –el de la poesía- perfectamente propicio a la exquisitez. El segundo aspecto consiste en el registro empleado por el poeta: independientemente de la preparación intelectual del lector del soneto o su formación, todos –creemos- pueden entender el sentido del poema y sentir la emoción que de él emerge. Son muy pocas las voces que representan cierto registro culto: “mar meridiano, región esquiva y desolada y pena instante… Y a pesar de todo, el soneto nos asombra con una fuerza y una reciedumbre que se aparta de la funcionalidad del lenguaje más automático e informativo.

Lo demás, ya se sabe: personificaciones puntuales (“pena instante”), símiles (“como un mar meridiano”), desplazamientos de carácter connotativo a partir de figuras tan recurrentes como la metáfora o la metonimia (“región esquiva y desolada”, “este cuchillo a aquella espada”, “desierto y sin arena”, “amor”), hipérboles (“el rigor de esta agonía”), asíndeton quebrado por una recursividad valiente, extraña y hasta rebelde (“Me voy, me voy, me voy, pero me quedo, / pero me voy) y rotundo final en el que el límite no es ya la voz de un verso, sino la ausencia de un poeta que se ha quedado sin voz.



[1] En el poema “Una querencia tengo por tu acento”, hay un enigmático verso en el que el poeta, reclamando los besos de su amada, Josefina Manresa, alude a Maruja Mallo con un vocablo misteriosamente homófono de la pintora gallega: “¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!: / tus sustanciales besos, mi sustento, / me faltan y me muero sobre mayo.

[2] Otro mago del uso de la paradoja ha sido José Hierro, quien escribió un poema ya emblemático usando los vocablos “todo” y “nada”. El poema se titula Vida, y dice así: “Después de todo, todo ha sido nada, / a pesar de que un día lo fue todo. / Después de nada, o después de todo / supe que todo no era más que nada. //Grito "¡Todo!", y el eco dice "¡Nada!". / Grito "¡Nada!", y el eco dice "¡Todo!". / Ahora sé que la nada lo era todo, / y todo era ceniza de la nada. // No queda nada de lo que fue nada. / (Era ilusión lo que creía todo / y que, en definitiva, era la nada.) // Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada”.

 

Tradición y vanguardia en la poesía de Miguel Hernández

Tradición y vanguardia en la poesía de Miguel Hernández

 

         Tradición y vanguardia en la poesía de Miguel Hernández

 Por Manuel Cifo González 

            A la hora de llevar a cabo un análisis de la trayectoria poética de Miguel Hernández, hemos de tener en cuenta que sus inicios como escritor se corresponden con los de un aprendiz de poeta que, como lo calificó Dámaso Alonso, se convirtió en un “genial epígono” de los grandes autores clásicos, hasta que llegó a descubrir su propia voz poética. A su vez, hemos establecido unas etapas que se corresponden con distintos momentos de su devenir poético.

 

            5.1. El aprendiz de poeta  (1910-1931)

 

            Una primera etapa vendría marcada por los balbucientes escarceos del pastor-poeta oriolano, observador agudo y perspicaz de cuanto existe a su alrededor -en especial, los elementos de la naturaleza y el paisaje levantinos- y admirador de poetas como Virgilio (a través de las versiones de fray Luis de León), San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Garcilaso, Góngora, Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, Antonio Machado y, de forma muy particular, su paisano Gabriel Miró, de quien el propio Miguel Hernández se confesaba deudor, por ser el escritor que más le influyó durante el periodo anterior a 1932. Algo más tarde, recibirá la influencia de Calderón y de Quevedo, para regresar nuevamente a Góngora.

            Además de Miró, otra persona que marcó poderosamente al joven Hernández fue su amigo José Marín (Ramón Sijé), a quien conoció en 1929, en la redacción de la revista oriolana Voluntad. Él sería fue quien contagió a Miguel el amor por los clásicos y quien, junto con don Luis Almarcha, canónigo de la catedral de Orihuela, tuvo una importantísima influencia durante su etapa de formación literaria, al tiempo que contribuyeron a forjar su inicial militancia católica.

            En sus primeras creaciones, elaboradas en torno a los dieciséis años, Miguel escribe versos de gran sonoridad, con ritmos y extensión variados, imitando a escritores como Gabriel Miró, Bécquer, Rubén Darío, Gabriel y Galán o el murciano Vicente Medina. E incluso podemos encontrar algún que otro texto con rasgos fonéticos del “panocho”, como se puede comprobar en el poema titulado “¡En mi barraquita!”.

            En la mayor parte de estas primeras composiciones -muchas de ellas inéditas y otras publicadas en semanarios y revistas de Orihuela, entre enero de 1930 y mayo de 1931-, se observa una gran capacidad para la percepción del mundo bucólico pastoril y para expresar las sensaciones que le provoca el paisaje de su tierra. Pero en ellas hay escasa originalidad y muy pocas referencias autobiográficas. Sí, en cambio, son muy abundantes las escenas mitológicas -Diana, Leda, Apolo, Febo, Helios, Hiperión, Orfeo, Medusa, Dafne, Eurídice, etc.- y los ambientes orientales, todo ello como resultado de su gusto por el romanticismo y el modernismo, como bien ha puesto de manifiesto uno de los máximos especialistas en la obra hernandiana, el murciano Juan Cano Ballesta:

 

“[...] Enriquece su lenguaje, adquiere dominio sobre el ritmo y aprende el arte de desarrollar dramáticamente un tema anecdótico o de pintar un cuadro costumbrista o una leyenda de motivo romántico. Escribe versos de gran sonoridad en ritmos de extensión varia, de tres a dieciocho sílabas, imitando directamente la Marcha triunfal de Rubén Darío. Reproduce la técnica de la rima XI de Bécquer en su Balada de la Juventud. Adopta el uso del dialecto, dentro del costumbrismo regionalista, para motivos dramáticos y de sentimiento nostálgico, abrevando de Gabriel y Galán y del murciano Vicente Medina. Otras veces prefiere motivos orientales de sultanes tristes, en dorados palacios, entre huríes, música y perfumes enervantes, o solloza con guerreros vencidos según gustos románticos y modernistas”[1].

 

            Una muestra de esta primera poesía hernandiana, muy apegada a la tradición literaria clásica, la hallamos recogida bajo el epígrafe Poemas sueltos I de la antología elaborada por José Luis Ferris. En dicho apartado podemos observar, entre otros rasgos característicos, la amplia variedad métrica, destacando el verso octosílabo, el endecasílabo, el dodecasílabo, el hexadecasílabo y, también, el verso libre.

 

            5.2. Por el camino de la modernidad y la vanguardia (1932)

 

            El 30 de noviembre de 1931, Miguel Hernández emprende su primer viaje a Madrid, con la ilusión y la esperanza de que ver reconocida la todavía incipiente creación de ese “pastor un poquito poeta”, como él mismo se autodefine en la carta que ese mismo mes dirige a Juan Ramón Jiménez pidiéndole que lo reciba en su casa y lea los poemas que lleva escritos.

            Pero lo cierto es que, a pesar de las recomendaciones favorables de algunas personas, no obtiene los frutos apetecidos y se ve obligado a regresar a Orihuela, el 15 de mayo de 1932. No obstante, la dura experiencia ha merecido la pena, pues ha podido constatar que su nivel poético no está a la altura de lo él que ha alcanzado a ver en la capital de España. De ahí su decisión de acercarse hacia los movimientos vanguardistas y de renovar su lenguaje, su técnica y su estilo, de modo que le permitan expresar de forma mucho más adecuada y actual, especialmente gracias a la metáfora, todo aquello que constituye su bagaje cultural y humano.

            Para dicho acercamiento a la poesía vanguardista, hay un acontecimiento que resultó de capital importancia: la conmemoración del tricentenario de la muerte de Luis de Góngora, en 1927. Será a partir de entonces cuando Miguel entre en contacto con la poesía de Rafael Alberti (Cal y canto, 1927), Gerardo Diego (Fábula de Equis y Zeda, 1929) y Jorge Guillén (Cántico, 1928). Aunque, sin duda alguna, el mayor influjo fue el de la llamada poesía pura de Jorge Guillén -también, por qué no, aquella poesía pura, desnuda de artificio, de la que tanto hablara el maestro Juan Ramón Jiménez-, ya que, tanto Jorge Guillén como Paul Valéry le sirven de modelos para su elaboración, como lo demostraría el hecho de que el primer poema del libro aparezca encabezado por una cita del poeta francés: “Je m´enfonce au mépris de tant d´azur oiseux” (yo me sumerjo en el desprecio de tanto azul estéril), o que el titulado “Sexo en instante,1” esté dedicado a Guillén, junto con Góngora.

            Será entonces cuando comience a cultivar el endecasílabo, las octavas reales, las décimas y el gusto por la metáfora elaborada, que darán como resultado su libro Perito en lunas (publicado en la editorial La Verdad, el 20 de enero de 1933), al que Juan Cano Ballesta califica como:

 

           “titánico esfuerzo por superar su rudeza original, encauzar su ímpetu poético en    el molde estrecho de un metro y en un hipérbaton concentrador del   pensamiento y hacer   triunfar la inteligencia sobre su caudaloso instinto poético.           En Perito en lunas, deslumbradora sinfonía de oro, cristal, mármoles, colores y    rocíos, el rudo poeta-cabrero sale victorioso de la prueba, ofreciéndonos en un    supremo esfuerzo de superación, no un manojo de extravagancias barrocas lejos             de toda realidad, sino un conjunto de “elementos contemporáneos” en “bouquet             gongorino” [PMH, 27-28].

 

            De hecho, el mismo título del libro se muestra cargado de recónditas sugerencias. Por un lado, la palabra perito nos hace pensar en la idea de un oficio en el que el poeta se muestra como entendido o experto. Y, por otro, su experiencia parece radicar en aquello que resulta misterioso, cargado de ensoñación o de embeleso, como son esas lunas, en plural, o esas estrellas puras, “en delirio callado de tormentas deliciosas” que menciona su amigo Ramón Sijé en su prólogo a la primera edición de Perito en lunas. Aunque, también, perito puede significar “pastor”, pues en una de las octavas del libro llama luna a la oveja y, en más de una ocasión, él se autodenominó “lunicultor”. Es más, en la octava titulada “Horno y luna”, aparecen los versos que dan título al libro, al referirse a sí mismo en estos términos: “Oh tú, perito en lunas; que yo sepa / qué luna es de mejor sabor y cepa”. Es decir, si es mejor “la luna de la era”, que es una metáfora sobre la hogaza de pan hecha en el horno, o la otra luna, imposible, de oro, duradera, que es el astro celeste.

            Pues bien, como antes hemos comentado, en este discurrir por la senda gongorina, algunos de sus mejores modelos serán los poetas del 27, entre ellos su siempre admirado Federico García Lorca, de quien pudo recibir, entre otras influencias, el motivo de la luna, especialmente a partir de la lectura de su Romancero gitano (1928). De hecho, el libro Perito en lunas -inicialmente titulado Poliedros, quizá como resultado de un cierto gusto por el ultraísmo y el cubismo- es el resultado de una labor de selección de un material mucho más amplio, que incluía octavas y décimas de influencia guilleniana, y que, finalmente, se vio reducido a las 42 octavas con las que está configurado.

            Un libro que, en opinión de Pedro Salinas, ofrece un neogongorismo que ha bebido directamente en el original y en sus versiones actualizadas, como la del Alberti de Cal y canto, lo cual se traduce en una transmutación metafórica con elementos sensuales. Y que, en palabras de Gerardo Diego, contiene auténticos “acertijos poéticos” o, como también podrían calificarse, metáforas ingeniosas, metáforas adivinanzas.

            En tal sentido, en esos acertijos poéticos de los que hablaba Gerardo Diego se puede apreciar un estilo muy cercano a las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, quien, desde 1910, había empezado a dar a conocer esa especie de particular juego poético vanguardista, afirmando que sus conocidas greguerías eran el resultado de unir metáfora y humor, gracias a lo cual conseguía definir -con enormes alardes de imaginación, intuición y capacidad de observación-, muchos de los objetos que configuran la vida cotidiana. Así, por citar algunos ejemplos: “El agua se suelta el pelo en las cascadas”, “La palmera ancla la tierra al cielo”, “El cocodrilo es un zapato desclavado”y “Las flores sin olor son flores mudas”.

            Pues bien, siguiendo de algún modo el ejemplo de Gómez de la Serna y de los poetas vanguardistas, el poeta oriolano fija su punto de mira en objetos y escenas de la vida real, como pueden ser el gallo, el toro, los cohetes, la sandía, la oveja, las cabras, la serpiente, las gitanas, el pozo, la noria o la palmera. Y a todos ellos les aplica una muy particular iconografía lunar -en su caso, la luna de la huerta y de las calles oriolanas-, que nos recuerda mucho a Góngora y a García Lorca y que, en palabras de Agustín Sánchez Vidal, se podría calificar en los siguientes términos:

 

            “Exaltación de lo redondo que llevó a Hernández a emplear la octava real, metro al que Góngora había dotado en su Polifemo de inusitada eficacia para las labores de orfebrería de la metáfora, pero también estrofa cerrada y fuertemente cíclica. Y que se completa con la imagen como instrumento de exploración de la realidad. Por su mediación, Hernández se inicia en un proceso de conocimiento con el que captará el envés y trabazón más profundo de las cosas en términos insospechados por el lenguaje cotidiano. Cuando, mediante una metáfora formal, hace convivir en el mismo verso los cuernos del toro y los de la luna, está uniendo dos símbolos de fecundidad, y seguramente ni lo sabe”[2].

 

            En efecto, a la luz de la metáfora -a la que se unen en perfecta armonía, el hipérbaton, la anáfora y la elipsis-, los objetos más comunes adquieren rango artístico. Es el momento en que el poeta se entrega a la contemplación y al disfrute del mundo exterior, dejando de lado los problemas de índole personal, amorosa, social o política, mucho más propios de la estética romántica y postromántica. Es la hora de esconder el mundo interior, de contener voluntariamente los sentimientos íntimos, para dar rienda suelta al goce que se deriva de la contemplación estética del universo circundante. Y, para ello, Miguel elabora un muy particular código metafórico que no resulta fácil de descifrar. Como bien apunta Cano Ballesta:

 

“Miguel Hernández se complace en la lenta y detallada descripción de los objetos de su mundo campestre con una complacencia sensual en sus formas y colores muy próxima al gusto de Homero en sus detalladas pinturas de la Ilíada. Los objetos sufren una leve deformación estética, pero muy diferente de la que les impone Góngora. Mientras éste sublima e hiperboliza todo cuanto toca convirtiéndolo en oro, plata, rubíes, dioses, gigantes y soles de belleza -tesoro metafórico muy del gusto renacentista y barroco-, el poeta pastor acude al mundo real de su vida diaria para proveerse de material metafórico” [PMH, 112].

 

            Así, por ejemplo, en el poema titulado “Palmera”, observamos algunas metáforas de filiación surrealista, como puede ser la idea de colocarle a la luna un tirabuzón. Porque resulta que la imagen visual de la palmera se asemeja a una columna que, comenzando en espuela, acaba con sus hojas abiertas en forma de surtidor. Y, por su altura, parece como si quisiera colgarle a la luna un tirabuzón. Por tanto, ocurre que las hojas de la palmera semejan unos cabellos en forma de tirabuzones, cuando vemos la luna situada entre la copa de la palmera.

            Otra curiosa asociación metafórica es la relativa a “camello más alto de canela”, mediante la cual se refiere al hecho de que la joroba del camello es de color canela y, además, existe una clara relación entre las palmeras de los oasis y los camellos.

            Las copas de las palmeras semejan un claustro de hojas y columnas, entre las cuales se alimenta el viento, mientras los racimos de dátiles cuelgan como gargantillas de oro, dando una imagen de belleza singular con la que el viento juega moviéndose a toda vela. Y, por último, el tronco de la palmera semeja la camisa de una serpiente que se elevara a lo largo del mismo hasta llegar a lo más alto de su copa, y allí el choque del viento con las ramas imita el silbido de la serpiente.

            Además de la luna, redondas son también otras imágenes del libro, como la gota de agua, que se convierte en protagonista del poema de igual título; la forma de los cuernos del toro, que semejan un cuarto de luna; la noria, o la hogaza de pan. Y redondo es, igualmente, el ciclo permanente de la luna, en su ir y venir, de luna llena a luna nueva, pasando por el cuarto creciente y el menguante. Como, también, lo es el ciclo vital de la naturaleza -por ejemplo, el ciclo del agua que constituye esas gotas que hacen girar la noria- y el del ser humano, en su discurrir entre la vida y la muerte, los dos polos extremos de su existencia.

 

 

            5.3. El descubrimiento del amor (1934-1936)

 

            Con la publicación de El rayo que no cesa (terminado de imprimir el 24 de enero de 1936, aunque su gestación como libro es anterior a esta fecha), Miguel Hernández aparece como un poeta que ha asimilado plenamente la influencia de Quevedo y del dolorido sentir garcilasiano, así como la forma estrófica del soneto. Todo lo cual le sirve para expresar a la perfección su pasión de enamorado, después de haber iniciado, en el otoño de 1933, una relación con la que acabaría siendo su esposa, Josefina Manresa. Su amor será fuente de poesía, mediante la expresión de sus más íntimos sentimientos, deseos y agonías, en lo que se ha dado en considerar un “desgarrón afectivo”, con un estallido de pasión, cegadora y fulminante, como la del rayo que da título al libro. Y, junto a este neorromanticismo, encontramos la presencia de determinados símbolos, como el cuchillo, el rayo, la espada, el fuego, el naufragio o el toro.

            Por otra parte, también se puede observar la influencia del Pablo Neruda de Residencia en la tierra -a quien había conocido en el verano de 1934 y con el que entabló una profunda amistad- y la de Vicente Aleixandre, con el que inició una excelente relación a partir del 23 de septiembre de 1935, cuando Miguel le pidió un ejemplar de su libro La destrucción o el amor.

            Precisamente, fue Pablo Neruda quien fijó los presupuestos estéticos de la llamada “poesía impura”, cuando en la revista Caballo Verde para la Poesía, en octubre de 1935, escribiera lo siguiente:

 

                        “Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los          deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y azucena, salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera             de la ley. Una poesía impura como   un traje, como un cuerpo, con manchas de    nutrición y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia,             profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios,      creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos” [MHDR, 158].

 

            En esta línea, comprobamos cómo, a partir de ahora, a Miguel le preocupa profundamente el problema de la existencia humana y, en particular, el de su vida particular y concreta, llena de amor y de dolor, de ansiedad y de deseo, a la que trata de aferrarse con todas sus fuerzas. De ahí la pasión atormentada que impregna algunos de sus mejores versos, al igual que sucede con la soledad, la pena y la tristeza. Y es así como aparecen las tres constantes que constituyen la clave de su obra; las famosas tres heridas: la vida, el amor y la muerte.          

            El amor es ese rayo que habita en el poeta y que llena su corazón de “exasperadas fieras y de fraguas coléricas”. Es un rayo que no se agota, que ha nacido de sí mismo y contra sí mismo se vuelve, con “sus lluviosos rayos destructores”.

            El amor se alimenta del fuego que emana de la amada. Una amada casta y sencilla a la que hay que robarle un beso en la mejilla. Y, después de ese primer beso, en ella parecen aflorar los remordimientos, al tiempo que él se acrecienta el deseo, esa querencia que tiene por su acento, esa apetencia por su compañía, de modo que, cuando sus besos le faltan, se siente morir. Entonces, el poeta se sume en un naufragio del que sólo podrá salvarse gracias a su amor -“la tabla que procuro”- o, al menos, a su voz, “el norte que pretendo”.

            En ese sentido, el amante es como el toro que, habiendo percibido el olor de la amada, experimenta en su cuerpo bravío el poder irrefrenable del celo, y brama, y llora, mientras se siente morir por no tenerla cerca, tiene su cuerpo acostumbrado al sufrimiento, a la pena. Y, como el toro, tiene el cuerpo acostumbrado al sufrimiento y a la pena. Como el toro, se crece en el castigo, y la sigue y la persigue, a pesar de saberse rechazado por ella y a pesar de ser consciente de que está condenado a la pena y a morir en el empeño.

            Así pues, la pena es otro de los temas centrales de El rayo que no cesa. Ésta se convierte en un “huracán de lava”, en un “rayo”, en un “avispero” o en un “carnívoro cuchillo”. Y todo ello porque la redacción final del libro se fragua durante un período de ruptura en su relación con Josefina Manresa. Una relación que, como dije antes, había comenzado en el otoño de 1933, aunque se formalizó en septiembre de 1934. Pero, en el verano de 1935, se produce un distanciamiento debido a que Miguel, que se encuentra muy entusiasmado con la vida que lleva en Madrid, no muestra demasiado interés en aparecer por Orihuela.

            Pero la pena no procede exclusivamente del distanciamiento amoroso que vive con Josefina. En alguna ocasión, la inspiradora de la misma es otra mujer, como es el caso de María Cegarra, a la que había conocido en 1932, junto a Carmen Conde. Y, unos meses después de su ruptura con Josefina, intentó acercarse a ella, aunque ella se mostró esquiva con él. No obstante, parece claro que Miguel sintió un amor más bien idílico al que, finalmente tuvo que renunciar, como podemos ver en el poema titulado “Yo sé que ver y oír a un triste enfada”.

            En dicho soneto vemos, una vez más, el tema de la pena constante, con tintes de resignación, sufrimiento y agonía, por la inaccesibilidad de la mujer amada. Consciente de su impotencia para conseguir el amor de la amada, le promete apartarse de ella, a pesar de lo mucho que le cuesta y que le duele. Y, en ese triste lamentar, que tanto nos recuerda a Garcilaso y a Quevedo, le promete amarla hasta la muerte.

            Además del soneto, que alcanza una exquisita perfección formal, en El rayo que no cesa, Hernández se sirve de otras estrofas, como ocurre en el poema inicial, “Un carnívoro cuchillo”, escrito en cuartetas, una estrofa muy del gusto romántico, que le sirve a la perfección para exponer su idea inicial de que el amor es ese carnívoro cuchillo que se clava, día a día, en el corazón del poeta.

            El poema 15, “Me llamo barro aunque Miguel me llame”, escrito en silvas, está situado en una posición central del libro, aunque es uno de los últimos en ser incluido en el mismo. Así lo demuestra el hecho de que, a pesar de adaptarse perfectamente al contenido amoroso general que late en El rayo que no cesa, su tono está más próximo al surrealismo y sus imágenes resultan más negativas, más deprimentes que las que aparecen en los sonetos. El barro lo impregna, lo domina todo, e incluso amenaza con la llegada de un amoroso cataclismo.

            A última hora, Miguel Hernández incorpora su famosa “Elegía” a Ramón Sijé, tras la súbita e inesperada muerte de su amigo, el 24 de diciembre de 1935, en Orihuela. Compuesta en tercetos encadenados, el poeta se inserta en la tradición literaria de las elegías fúnebres, que tan maravillosos ejemplos ofrece en nuestra poesía y una de cuyas más emotivas muestras la podemos encontrar en las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique o en el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca.

            Aunque la “Elegía” está escrita a comienzos de 1936, su estilo es muy similar al de los sonetos, como lo demuestra la presencia de recursos comunes, como la anáfora, el paralelismo, la similicadencia y la metáfora.

           

           

            5.4. La poesía revolucionaria (1937-1939)

           

            Con el estallido de la guerra civil, la poesía de Miguel Hernández da un giro radical hasta llegar a convertirse en esa especie de paradigma, casi de mito, para quienes vieron en él al poeta comunista, luchador y mártir por la causa de la libertad, al tiempo que se olvidaban de aquel otro Miguel Hernández otrora cultivador de la poesía clásica y aferrado a un ferviente catolicismo.

            Su producción bélica se puede resumir en dos libros de poesía: Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939), bastantes diferentes en cuanto a registros poéticos.

            En septiembre de 1936, Miguel se enrola como voluntario en el Quinto Regimiento del bando republicano, comenzando así su faceta de poeta-soldado. El 9 de marzo de 1937 se casa civilmente con Josefina Manresa en el juzgado de Orihuela. Y el 9 de diciembre de 1937 nace su primer hijo, Manuel Ramón, mientras Miguel se encuentra en la batalla de Teruel.

            Mientras tanto -entre el verano de 1936 y el verano de 1937- el poeta ha ido componiendo su libro Viento del pueblo, que ve la luz en el verano de 1937. Un libro en el que vemos a un escritor profundamente enraizado en el pueblo, que se hace eco de las inquietudes populares con una marcada tonalidad épico-lírica, en consonancia con el modelo que habían fijado poetas como, por ejemplo, Rafael Alberti, con su poesía combativa, revolucionaria y surrealista. Y, también, influido, entre otros, por el poeta argentino Raúl González Muñón, amigo de Miguel, quien había escrito en 1935 su libro La rosa blindada (Homenaje a la insurrección de Asturias y otros poemas revolucionarios), hecho que pudo influir en la elaboración, entre otros textos, del drama hernandiano Los hijos de la piedra, centrado en la revolución de los mineros asturianos en octubre de 1934.

            Para Miguel, la poesía es esencia del pueblo y tiene su origen, su raíz, en la tierra misma, y su destino es el pueblo. Así lo pone de manifiesto en la dedicatoria del libro, hecha a Vicente Aleixandre, cuando habla de que el cimiento de los poetas es la tierra y el destino es parar en las manos del pueblo. Y quienes “se atreven a deshonrar esa sangre, son los traidores asesinos del pueblo y la poesía”. Los poetas -escribe Miguel- “somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas”.

            Ha llegado el momento del poeta soldado, del esposo soldado, que se deja arrastrar por los acontecimientos bélicos y carga su poesía de imágenes llenas de dureza, de elementos metálicos, de armas. Por consiguiente, la muerte aparece representada por un guerrero medieval “con herrumbrosas lanzas y en traje de cañón”. Además, la guerra hace que los claveles se transmuten en disparos, y los toros en fundiciones de hierro y de bronce.

            Ahora es cuando la poesía impura de Neruda y de Aleixandre adquiere su plena corporeidad y cuando los poemas se llenan de imágenes surrealistas, cargadas de irrealidad y de elementos visionarios, con los que compone encendidos poemas de contenido elegíaco y social, en los que se aprecia un cierto optimismo, una cierta esperanza en la victoria.

            Sólo así se podrá conseguir que triunfen los vientos del pueblo, los vientos de la libertad, representados por los campesinos, los obreros, los luchadores y, simbólicamente, por leones, toros o águilas; en definitiva, por una raza que se rebela contra los yugos que tratan de imponer gentes de mala hierba. Por el contrario, los únicos que se dejarán imponer el yugo serán los bueyes, los que carecen de los atributos propios del animal varonil, bravo y luchador.

            Al mismo tiempo, lleva a cabo una renovación métrica, dando paso a la silva, la décima, la cuarteta, el soneto alejandrino, los romances, los serventesios de pie quebrado. Y, con estos metros, elabora 25 excelentes muestras de esa poesía profética    -que decía él- encargada de “propagar emociones y avivar vidas”. Como lo hace con la “Elegía primera”, un texto inspirado por el asesinato de García Lorca y cargado de ese característico tono elegíaco de Miguel Hernández. O con la “Canción del esposo soldado”, en la que trata por todos los medios de sembrar una nueva vida, en medio de la destrucción, el caos y la muerte.

            “Sentado sobre los muertos”, el poeta se reafirma una vez más en su firme convicción acerca de que él es alguien nacido de la pobreza para convertirse en “ruiseñor de las desdichas, eco de la mala suerte”. Son, por tanto, los vientos del pueblo, de cada uno de los pueblos patrios, los que han de servir para modular su voz poética, y sólo si cumple con su misión podría morirse con la cabeza muy alta. Como también lo pueden estar los jornaleros, los aceituneros, los campesinos, quienes con sus manos, herramientas del alma, y con su sudor se ganan, honrada y sacrificadamente, el pan para el sustento diario.

            Como, sin duda alguna, ha de estarlo el protagonista del poema “El niño yuntero”. Un poema en el que Miguel Hernández describe el destino trágico de ese pobre niño, nacido para recibir golpes, para moverse entre estiércol de vacas, con un alma que, a pesar de ser niña, se encuentra ya vieja y encallecida. Un poema marcado por la tristeza, el dolor y la injusticia, aunque al final se deja abierta la puerta a la esperanza de que sean los mismos jornaleros los que se rebelen contra ese estado de cosas y pongan fin a esa mísera situación.                  

            Y una especie de niño yuntero resulta ser su hijo Manuel Ramón, quien morirá el 19 de octubre de 1938, a los diez meses de edad, como consecuencia de una infección intestinal y de intensas diarreas. Una vez más, parece ser que el destino cruel se ha cebado con otro de los seres más débiles.

            Pero el 4 de enero de 1939 nace su segundo hijo, Manuel Miguel, el cual devolverá la ilusión a un Miguel Hernández que ve cómo el conflicto bélico camina, día a día, por derroteros más amargos, llenos de derrotas y de muerte. Algo que se verá fielmente plasmado en su libro El hombre acecha, que estaba prácticamente concluido a comienzos de 1939.

            Un libro que se abre con una “Canción primera” en la que aparece una contundente afirmación: “Hoy el amor es muerte, / y el hombre acecha al hombre”. En efecto, El hombre acecha es el resultado de una visión trágica, desalentada de la vida y de la muerte. Muertes sin sentido, violencia, crueldad y odio configuran los 19 poemas de este libro, escrito también en versos heptasílabos y octosílabos, aunque con un predominio de endecasílabos y alejandrinos.

            Si en Viento del pueblo habíamos podido observar cómo la tristeza podía llegar a empañar algunas de sus poesías más sentidas y entrañables, en El hombre acecha el tono es mucho más pesimista y negativo. Porque el poeta ha podido comprobar, de primera mano, la realidad de aquel famoso aserto según el cual “el hombre es un lobo para el hombre”, o, como diría Gracián, “el hombre tiene la intención más torcida que los cuernos de un toro”.

            El hombre combate contra el tiempo, y el tiempo va acabando con él. El hambre se va extendiendo y enseñoreando de todo; pero, como siempre, atacando duramente a los más pobres. Las cárceles, que constituyen un nuevo símbolo, van con sus fauces abiertas en busca de hombres y de pueblos enteros con los que satisfacer su apetito voraz e insaciable. Los trenes circulan llenos de sangre y van derramando piernas, brazos y ojos, al tiempo que siembran rastros de amargura.

            Y, en medio de ese clima de muerte y podredumbre, Miguel invoca a los poetas: Aleixandre, Neruda, Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Machado, Juan Ramón o León Felipe. A ver si, entre todos, pueden hablar de aquello que siempre ha constituido el quehacer de los poetas: llevar a las gentes un mensaje lleno de locura amorosa, de fe en el ser humano, de unidad, de comprensión, de solidaridad y de justicia.

            Tal vez así, se pueda hacer plena y definitiva realidad lo que el poeta desea para un inmediato futuro en la “Canción última” con la que se cierra el libro.

            Partiendo de la situación actual, representada por esa casa que está pintada de pasiones y desgracias, las mismas que han impregnado desde siempre la vida del poeta, éste se atreve a expresar su confianza en que algún día pueda ver su casa sin llanto, sin dolor, con una mesa bien abastecida de alimentos y una cama confortable en la que descansar y dormir junto a la mujer amada.

            Pero, lamentablemente, Miguel no pudo ver cumplidos sus deseos. La guerra concluye con la derrota republicana. El 4 de mayo de 1939, el poeta es detenido cuando se dirigía a la frontera portuguesa. Desde Huelva será conducido a la prisión de Torrijos, de la que sabe en libertad el 17 de septiembre. Y, al decidir regresar a Orihuela, él mismo contribuye decisivamente a escribir su sentencia de muerte. El día 29 es detenido en su pueblo natal y, desde ese momento, comienza un periplo carcelario que concluirá con su fallecimiento en Alicante, el 28 de marzo de 1942.

 

            5.5.  La cárcel y la muerte (1939-1942)

 

            El que sería su último libro, Cancionero y romancero de ausencias, compuesto entre octubre de 1938 y septiembre de 1939, fue entregado por Miguel a su esposa en dicho mes de septiembre y permanecería inédito durante varios años.

            Esta primera versión, en forma de cuaderno, es una especie de diario íntimo compuesto por 79 poemas en los que recoge, de forma muy intimista no exenta de cierta resignación, episodios de su vida como pueden ser, por citar algunos ejemplos, la muerte de su primer hijo, la alegría por el nacimiento del segundo, la dura separación de la esposa amada, los momentos finales de la guerra y las consecuencias de la derrota, incluida la condena a pena de muerte. Posteriormente, el poeta continuaría escribiendo algunos textos más hasta 1941, de manera que los editores llegaron a recoger unos ciento treinta poemas.

            En este libro, en el que Miguel Hernández alcanza la expresión de su madurez poética, observamos cómo la metáfora se eleva hacia sus cotas más altas de perfección y de expresividad, no exenta de cierto sabor surrealista, y cómo el poeta prescinde de todo aquello que resulte superfluo o no sea absolutamente esencial. De ese modo, nos encontramos ante una poesía que busca, ante todo, la verdad humana y que se muestra casi desnuda de artificio –hasta suele elidir elementos gramaticales y signos gráficos-, como aquella poesía de inspiración juanramoniana, que hemos podido ver en sus primeros tiempos.

Una poesía, además, plasmada en poemas breves y versos cortos -algunos de ellos podrían ser considerados auténticas sentencias quintaesenciadas-, con metros más tradicionales, en forma de canciones, romances, romancillos y coplas, en la que son muy frecuentes los paralelismos, las correlaciones, las similicadencias, las reduplicaciones y los versos en forma de estribillos, con un  claro predominio de la rima asonante, aunque en algunos poemas encontramos rima consonante (como es el caso, por ejemplo, del poema “No quiso ser”). Todo ello contribuye a dotar a sus poemas de cierta musicalidad y a situarla en evidente cercanía con esa poesía de inspiración neopopular que, en ocasiones, nos recuerda a su admirado Federico García Lorca.

No obstante, incluye en el libro algunos poemas de arte mayor, en su mayor parte compuestos en serventesios alejandrinos, como se puede ver en “Vida solar”, “A mi hijo”, “Ascensión de la escoba” y en el tríptico titulado “Hijo de la luz y de la sombra”. Además, aparece algún poema escrito en cuartetos alejandrinos -“Sonreír con la alegre tristeza del olivo”-, y algún otro en verso blanco y con un verso de pie quebrado, como “Orillas de tu vientre”.

            En cuanto a los diversos asuntos tratados por el poeta, nos parece interesante destacar aquellos que están referidos al ámbito familiar: los besos a la mujer amada; la ausencia y la distancia -que acrecientan aún más las tres famosas heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida-; el vientre de la amada; la muerte de su primer hijo; el nacimiento del segundo; la guerra; la cárcel, o el hambre. Y, en cuanto a los temas tratados, hay que apuntar que, junto a los ya habituales en su poesía anterior, cobran especial protagonismo las aves, el olivo, la higuera, el mar, la tierra y el ataúd.

            Todos estos temas dotan a sus poemas de una verdadera voz propia, muy intimista, gracias a la cual el poeta se aparta de muchas de las influencias literarias recibidas hasta el momento, para adentrarse en la búsqueda de sus raíces personales, en lo más íntimo de sí mismo. Así parece indicarlo la nota que escribió en la tapa del cuaderno entregado a su esposa: “Para uso del niño Miguel Hernández”.

            Como ejemplo de esta poesía del Cancionero y romancero de ausencias, podemos fijarnos en el poema titulado “A mi hijo”, en el que el padre establece una especie de emotivo soliloquio ante el cadáver del hijo, que ha muerto con los ojos abiertos, mirando cara a cara a la muerte, como mueren los valientes. Y, en tal sentido, conviene añadir que, curiosamente, también Miguel Hernández murió con los ojos abiertos.

            El entierro del hijo -la devolución de su cuerpo a la remota sombra que se lo traga y lo lleva hasta lo más hondo- se lleva a cabo en un día oscuro, lluvioso, húmedo y sin sol. Esto es así porque, durante los diez meses que ha vivido Manuel Ramón, éste ha sido un sol radiante, esplendoroso. Ahora es un sol muerto, anochecido, eclipsado.

            A pesar del dolor y el desconsuelo, el poeta vuelve los ojos hacia la madre arrinconada y le dice que abra los ojos, que la vida continúa, pues hay otro hijo para cuyos ojos todavía existe la luz de la alborada. Y también hay luz para los ojos de la esposa, aunque su vientre es semejante a una estéril noche desolada.

            Para quien casi no quedaba luz era para el propio Miguel Hernández, cuya muerte supuso una nueva pérdida para la amada esposa y, también, para la poesía española. Aunque, afortunadamente, después de casi cien años de su nacimiento, su poesía resplandece como un día lo hicieran los ojos de ese hijo muerto y los suyos propios.

                                                                                                                                                       



[1] Juan Cano Ballesta: La poesía de Miguel Hernández, Madrid, Gredos, 2ª ed., 1971, pp. 18-19. En lo sucesivo, citaremos poniendo la página entre corchetes y con las siglas PMH.

[2] Agustín Sánchez Vidal: Miguel Hernández, desamordazado y regresado, Barcelona, Planeta, 1992, pp. 58-59. En lo sucesivo, citaremos como MHDR.

LA NATURALEZA Y MIGUEL HERNÁNDEZ

LA NATURALEZA Y MIGUEL HERNÁNDEZ

 

 

LA NATURALEZA Y MIGUEL HERNÁNDEZ

 

 Por Mª Ángeles Moragues

1- EL HOMBRE Y SUS CIRCUNSTANCIAS:

 

1.1- NACIMIENTO E INFANCIA.

1. 2- ADOLESCENCIA: FORMACIÓN E INFLUENCIAS.

 

 

2. – POÉTICA

 

   2. 1- EL TEMA DE LA NATURALEZA.

 

 

3.- ASPECTOS DEL LENGUAJE POÉTICO.

 

   3. 1- LÉXICO.

   3. 2- ESTILÍSTICA LITERARIA Y AFECTIVA.

   3. 3- VALORES SENSORIALES.

   3. 4- MÉTRICA.

 

  

4.- TASCENDENCIA DE LA NATURALEZA HERNANDIANA SIN MIGUEL HERNÁNDEZ.

 

5.- APLICACIÓN DIDÁCTICA.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2- EL HOMBRE Y SUS CIRCUNSTANCIAS:

 

2.1- NACIMIENTO E INFANCIA.

 

     Desde siempre ha estado muy ligado Miguel Hernández a la naturaleza, como poeta y como persona. Ya sus inicios biográficos se enmarcan dentro del marco natural de una población rural, Orihuela, municipio alicantino situado en plena comarca de la Vega Baja del río Segura, tierra fértil y productiva de cosechas hortofrutícolas. En él viene al mundo el poeta, nacido el 30 de octubre de 1910, en el primer domicilio familiar de la calle S. Juan, nº 80. Una vivienda rústica, en planta baja, de grandes portales y sillares antiguos (hoy desaparecida). En ella permaneció la familia durante cuatro años después de los cuales se trasladarían a la calle de Arriba, nº 73, (próxima al colegio jesuita de Santo Domingo y a las escuelas del “Ave María”) perteneciente a un barrio pobre donde la mendicidad y la proliferación de las clases más deprimidas de la sociedad aún hoy transitan e, incluso, habitan la zona. Actualmente entre el citado colegio religioso y el hogar de los Hernández está enclavado el Centro de estudios hernandianos y la calle de Arriba hoy es denominada calle Miguel Hernández.

     Todas las peculiaridades de la nueva vivienda, fundamentalmente las geográficas, influirán de manera notoria en la obra poética hernandiana. En principio, la construcción típica originaria de la época y la zona, también en planta baja como la anterior, rodeada por un zócalo de cemento moreno hoy pintada de color gris, hecha de mampostería y coronada en la parte alta por un huerto donde crecían el limonero, la morera, nopales y tres higueras, debajo de las cuales compuso algunas de sus mejores creaciones poéticas. “La fachada enlucida de yeso, la puerta de madera de dos hojas  unas segundas de cristales con una cortina echada…” en estos términos describe Josefina Manresa, la esposa de Miguel Hernández la casa de soltero de su marido. A estos datos hay que añadir un espacio destacable, el patio, luminoso y abierto con un pozo y a través del cual se accedía, tras unos escalones, a un establo que albergaba el rebaño de cabras, que salían a pastorear por la puerta trasera. La localización de esta casa a espaldas de la oriolana sierra de la Muela, en el llamado Rellano Blanco, facilitará el contacto directo del joven aspirante a escritor con la primigenia naturaleza. El entorno agrícola y ganadero de casa, a lo que hay que añadir el oficio paterno como tratante de ganado, se dejará sentir en la poesía de Hernández.

     Desde sus cuatro años Miguel entra en contacto directo con una naturaleza viva y ella será quien le conceda el primer conocimiento sobre la vida. En ella aprenderá el suceder de las estaciones anuales, el nombre de plantas y animales, sus olores, costumbres, ritos, ciclos como el nacimiento y la muerte de los seres vivos, asiste al parir de las bestias, a su amamantamiento, en definitiva, al despertar de la vida. Su labor como cabrero, asignada por el padre, de semblante adusto y talante severo, le llevará a aprender a silbar, a uquear al rebaño, a ordeñar, a limpiar el establo, a recolectar fruta, repartir leche etc.…

   Pero a este cuadro de naturaleza verde y embriagadora oriunda de Orihuela es obligado añadir sus capacidades de observador y de inquietud por saber, además de la instrucción primaria que, paradójicamente por decisión del padre, recibió en unas escuelas privadas para cursar preescolar llamadas de “Nuestra Señora de Montserrat” para más tarde ser matriculado en una extensión académica del colegio “Santo Domingo” llamada escuelas “Ave María”. Tras el abandono obligado de la etapa de instrucción, Miguel seguirá su tarea autodidacta leyendo a los grandes clásicos –Garcilaso, Góngora, Virgilio, etc- en la cueva “Canto Forat”, cerca de casa, en la misma sierra de la Muela.

 

2. 2- ADOLESCENCIA: FORMACIÓN E INFLUENCIAS

 

 

     A los quince años empieza a escribir sus primeros versos. Son los escarceos de un adolescente que pretende trasladar al papel los acontecimientos más sencillos de la vida, aquellos que observa cada día. Hay que hablar, por tanto, de una poesía sensorial en sus manifestaciones visual y acústica. Del mismo modo, este tipo de poesía es susceptible de ser calificada de cotidiana, pues convierte en materia escrita cuanto sus ojos detectan. Estos primeros escritos quinceañeros no pensaba enseñarlos a nadie habida cuenta de que no son sino notas aún sin terminar que albergan una temática local, ni siquiera regional, ya que es el paisaje de Orihuela lo que describen estos versos iniciales.

 

   Son poemas-ensayo, escritos con entusiasmo pero inmaduros ya que no existió nunca en Miguel Hernández una base cultural sistemática sino arrebolada, procedente de recomendaciones lectoras. Sí que denotan sus composiciones primeras mucho afán de superación aunque representen solo un ímpetu y un despegue para lo venidero.   En ellos imita Hernández demasiado aquel modernismo caduco del poeta archenero Vicente Medina y el costumbrismo bucólico del salmantino Gabriel y Galán, afines en lo campesino al entorno donde le ha tocado desarrollarse. Se trata de reminiscencias procedentes de sus lecturas primarias, aquellas que le prestara el canónigo Almarcha, su amigo Carlos Fenoll y las elegidas por decisión propia e instinto lector, sin guía alguna, de sus visitas a la biblioteca pública local. Así pues, a las lecturas citadas hay que añadir la poesía de Zorrilla, Campoamor, Bécquer, Espronceda y Rubén Darío, quien indirectamente le incita a leer un diccionario de mitología del que, más tarde, encontraremos inevitables ecos en la mezcla de palacios con barracas, de campesinos y ninfas, finos perfumes y olor a huerta. Le apasiona la belleza rubendariana y se convierte en su seguidor. El poema hernandiano “Oriental” fue escrito siguiendo Sonatina de Darío, tiene incluso el mismo número de estrofas.

 

   Destaca el poema “Amorosa” por la presencia en él de una suerte de “Carpe diem” a la usanza horaciana, y del que es cuestionable la procedencia de este tópico, de donde lo tomó el poeta. Descartamos cualquier origen derivado de las tempranas clases del colegio jesuita y nos acercamos más a la hipótesis de que esté enraizado en sus múltiples y variadas lecturas. El mismo Miguel Hernández reconocerá que sus versos adolescentes se fueron creando “con muchas lecturas”.

 

   Es también incuestionable su mimetismo literario. La influencia involuntaria y, a veces, voluntaria en algunos de estos poemas primeros es reconocida por el mismo poeta en el romance “A todos los oriolanos” en los siguientes términos: “poesías en las que hay imitaciones / harto serviles y bajas / reminiscencias y plagios / y hasta estrofitas copiadas”. Las reminiscencias le llegan de: Federico Balart, cuyas Poesías completas se publicaron en 1929 y llegaron a la biblioteca municipal de Orihuela. De él tomó la práctica del dodecasílabo y de estrofas sonoras, así como el detenimiento en elementos característicos del paisaje local.

 

   De Salvador Rueda toma la afición por los paisajes coloristas. La paleta cromática de Hernández pendula desde el azul de su cielo levantino y mediterráneo de Orihuela hasta el verde entendido como vitalismo, color de huerta fértil, vergel, y en menor medida, el blanco y el negro. El amarillo, que en su primera poesía es un color vivo, unido al fruto del limonero y en consecuencia asociativa a una sensación de amargura, en los libros posteriores como Perito en lunas adquiere tonalidades áureas.

Son diecinueve años los que tiene el poeta e intenta labrarse un futuro como escritor ya que esta idea es la única que tiene clara, “quiero ser escritor”, le dice a Carlos Fenoll. Se trata de piezas que hoy han de ser vistas y analizadas como poemas-proceso de aprendizaje.

 

   También su pluma se deja cautivar por la métrica de influencia guilleniana, Jorge Guillén es imitado por nuestro vate siguiendo las décimas de Cántico. Miguel copiaba las décimas originales y luego escribía las suyas propias en el mismo manuscrito.

 

   Asimismo, se siente atraído por el mítico mundo de García Lorca y la métrica del Cante jondo y de ello dejará constancia en Perito en lunas. Como anécdota recordamos que cuando Miguel tuvo el libro terminado envió un ejemplar a Federico y éste le contestó: “Tu libro está en el silencio como todos los primeros libros, como mi primer libro que tanta fuerza y encanto tenía. No se merece Perito en lunas ese silencio estúpido. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Los libros de versos, Miguel, caminan muy lentamente”.

 

   El crítico Antonio Gracia advierte que Miguel Hernández ha sido escritor por los clásicos y como tal es leído. Esta afirmación la justifica poniendo de relieve la deuda del oriolano con Garcilaso que el propio Miguel ya reconociera en vida. Concretamente en el poema que le dedicó,  “Égloga”, con los versos  “o convertido en agua, aquí llorando, podréis / allá despacio consolado” donde hay claras referencias al Tajo, río que pasa por Toledo, ciudad donde nació Garcilaso, además de otras alusiones a su condición de caballero y militar.

 

   Según José Mª Balcells también se advierten en Hernández ciertas asimilaciones de la poesía petrarquista española del Siglo de Oro o la poesía pastoril de Cervantes.

 

3. – POÉTICA

 

   3. 1- EL TEMA DE LA NATURALEZA.

 

   Temática casi perpetua en la trayectoria hernandiana. Hasta en el uso del papel de estraza donde comenzó escribiendo hay huella de esa naturaleza consustancial a él. Será en 1926 cuando recoja sus composiciones poéticas en un cuaderno pautado con  líneas horizontales. Según declaraciones de quien fuera su viuda, Josefina Manresa, “el poeta nunca escribía en casa, siempre lo hacía en el campo o en la sierra”. Era pastor, “el oficio de los dioses paganos y los héroes bíblicos”, tal como le escribiría en una carta a Juan Ramón Jiménez. Llegó a escribir también a lomos de una cabra tal como él mismo confirma verbalmente en su “Carta a todos los oriolanos” donde dice: “Alma de mis oriolanos / ¡digo!, oriolanos de mi alma. / A vosotros me dirijo / desde esta carta “arrimada”, / que escribo, teniendo por / mesa el lomo de una cabra, / en la milagrosa huerta. / Mientras cuido la manada (…)”.

   En los primeros escritos que marcan sus inicios como poeta se advierte ya la estrecha vinculación entre su oficio poético y su cotidianidad en versos como “en cuclillas, ordeño / una cabrilla y un sueño”. Miguel nunca ocultó esta inseparable dualidad, más bien muestra sus sentimientos más exaltados en poemas como “Canto exaltado de amor a la naturaleza”. Miguel empieza cantando sus propias vivencias, aunando poesía y vida, y aún no sabe dar autonomía poética a la materia vital. Toda su poesía está envuelta en un sentimentalismo nato, las escenas huertanas, las de pastoreo y los cultivos son todavía típicos de una poesía regional que carece de universalidad, al menos temática. Su naturaleza es ahora, en estas publicaciones primerizas un paisaje colorista, perfumado, levantino y auténtico, él mismo lo dice al afirmar que “el limonero de mi huerto influye más en mí que todos los poetas juntos”.

   En esta primera etapa es cuando escribe con mayor intensidad sobre esta temática y lo demuestran poemas como “Pastoril”, “El alma de la huerta”, “La bendita tierra”, “Lluvia”, “Atardecer”, “La palmera levantina” auténtica vegetación de Orihuela donde es conocido el palmeral, “Plenitud”, “Flor de almendro”, “Naranjo” u “Olores”, un tributo, en definitiva, al paisaje visto y sentido. En este último poema citado dice así: “Para oler unos claveles / este muchacho de hinojos. / Tiros de grana. El olor pone sus extremos rojos.  Para oler unos azahares / este muchacho con zancos /. Espuma en luz. El olor / pone sus extremos blancos. Para oler unas raíces / tendido el muchacho este. / Uñas de tierra. El olor / lo pone todo celeste.” Un auténtico panegírico al olor y al sentido del olfato que lo inunda todo, no en vano, Miguel conoce el fuerte olor a tierra húmeda y a estiércol. 

 

    El poema “Pastoril” (declamarlo al alumnado) abre el ciclo público de este oriolano de pro y a modo de tarjeta de visita, a guisa de presentación. Los protagonistas son una pareja de pastores donde el componente masculino, quizá el propio Miguel, es un nato conocedor del ambiente bucólico poblado por: un río transparente, el astro rubio y el aura naciente. En medio, el llanto apenado de Leda, una pastora llora su abandono amoroso. De corte garcilasiano hasta la mitad del poema donde acontece el quiebro sentimental y luminoso. El sol declina, “la sierra roza”, la oscuridad se adueña de los sentimientos y la pastora “sepulta su negra pena”. De Garcilaso a Lorca en menos de sesenta versos marcados por la transformación de la naturaleza que a su vez señala con exactitud cronológica el paso del tiempo, de la mañana a la noche. Sentimientos y naturaleza son también un tándem inseparable.

   Los espacios cantados son aquellos donde el poeta desarrolla su andadura vital, en estrecho contacto con ellos. Así la ciudad de Orihuela es pasto continuo de sus musas, elogiada y enaltecida, descrita con detalles de minuciosidad realista. Su huerto no le pasa desapercibido a su pluma, y vinculado a su biografía común: “Paraíso local, creación postrera, / si breve de mi casa; sitiado abril, tapiada primavera, / donde mi vida pasa / calmándole la sed cuando le abrasa. / Adán por afición, aunque sin Eva, / hojeo aquí mis horas / viendo al verde limón cómo revela / de amarillo sus proras / y al higo verde hacer otras mecedoras (…)”.

   Hay también mezcla de sexo y erotismo que se expresa a través de símbolos, así en “Oda a la higuera” canta la virginidad de María. Las naranjas, los racimos, los vergeles y los rosales albergan también connotaciones eróticas. El limón, que tal como ya hemos señalado, es primero un elemento de inspiración, luego, en El rayo que no cesa, evoluciona a pena de amor, recordemos que ese limón imaginado que la amada le tira, abre en su pecho la herida de “una picuda y deslumbrante pena”.

   Más tarde, aparece su primer libro de poemas, Perito en lunas, donde sigue embelleciendo lo natural a través del empleo de numerosos recursos literarios. Ya en el mismo título aparece el astro lunar, símbolo de fecundidad. Evoca la belleza mediante la flora: azucenas, nardos, lirios, alhelíes, claveles y rosas. Pero no sólo la flora, también la fauna forma parte del corpus de su naturaleza, así la oveja a la que asemeja con la mujer, el toro con quien él mismo se identifica, “como el toro he nacido para el luto” o la abeja, el ruiseñor, el gallo son algunos de los animales utilizados poéticamente para expresar la pasión amorosa. El agua, un heterónimo que agrupa al río, al mar y a la lluvia como constituyentes naturales. Canta al río Segura que cruza la ciudad orcelitana, al Manzanares, a su paso por Madrid,  donde cuentan coetáneos suyos, como los poetas Pablo Neruda y Vicente Aleixandre, los baños del oriolano en sus aguas durante el periodo estival que pasó en la ciudad madrileña. Y al mar Mediterráneo, que en palabras de otro poeta, Leopoldo de Luis, “refleja el levantinismo hernandiano” igual que la palmera a la que le dedica varias composiciones como “El palmero”, “Palmeras”, “La palmera levantina” y “Canto a Valencia”.  En Silbo de afirmación de aldea, el propio poeta se siente identificado con este árbol al decir: “alto soy de mirar a las palmeras”. 

   En Perito en lunas se produce un alejamiento de la naturaleza, lo que la crítica ha dado en llamar “un desgarrón entre el hombre y su paisaje”, si bien la relación con aquel terruño vivido y sentido no se rompe definitivamente. Por esta razón aparecen elementos todavía imbricados con lo natural, por ejemplo el gallo o el mar y el río, la granada, aunque cada vez más Miguel no busca la vertiente esteticista sino profundizar en el trasfondo humano y social. En este poemario la cosmología natural va cambiando. Ningún elemento más significativo como la higuera de la que ya hemos hablado. Ahora es un símbolo de lo masculino y viril. Su connotación erótica se manifiesta y la planta que estuvo consagrada a Dionisio es símbolo de la conjunción hombre y mujer cuando habla de “cociente higuera” y símbolo fálico al hablar del acto de la violación en los siguientes términos: “su más confusa pierna, por asalto, náufraga higuera fue de higos en pelo sobre nácar hostil, remo exigente”.   

    La lluvia, en ocasiones, se muestra vinculada a la sangre, “llueve como una sangre transparente, hechizada…”, otras veces, aparece acompañada de truenos, rayos y tormentas. El término rayo lo emplea Miguel Hernández para titular uno de sus libros, El rayo que no cesa, simbolizando en el rayo el destino trágico del amor, como si hubiera presagiado la premonición de sus propias circunstancias amorosas. La tormentas se dejan oír  en versos estruendosos como el emblemático de la “Elegía” a Ramón Sijé, “en mis manos levanto una tormenta de piedras, / rayos y hachas estridentes”. El trueno lo emplea en la “Elegía primera” para definir a Federico García Lorca como “trueno de panales”. Otro fenómeno atmosférico relevante en la poesía de Hernández es el viento, fuerza natural en quien deposita los valores de la paz y la libertad: “Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran”.   

     La tierra es otro de los componentes trascendentes a su poesía. “me llamo barro, aunque Miguel me llamo”, así escribe el poeta al mezclar agua y tierra, porque concibe la tierra como madre, esa que le ha visto nacer y que lo acogerá tras su muerte, por ello es motivo de inspiración poética. Tal era su unidad con la naturaleza. Esta es una de las razones que impulsa a numerosos críticos a referirse a Hernández más como “el poeta de la tierra” que como “el poeta-pastor”. Este elemento es en el conjunto artístico de Hernández un motivo primigenio, de principio a fin la cruza. Se deja sentir también en sus creaciones teatrales y en la titulada El labrador de más aire hace decir Encarnación, personaje femenino: “La tierra que removía con la reja y con la yunta / se alzaba de punta a punta / ruidosamente sombría. / La tierra se descubría / y abría su espesa rosa, / y al preparar una fosa / para la lluvia y la mies / le tiraba de los pies / como una novia celosa”. Pregunta, ¿observamos reminiscencias quevedescas?

   En Hijos de la piedra continúa esta ósmosis y el personaje Pastor habla y dice: “A la tierra, retama mía, a la buena tierra llena de abrazos”. Es, en conclusión, el destino de todo lo creado, tal como asevera Jesucristo Riquelme que, como estudioso de su paisano, defiende “la fusión de Hernández con la naturaleza, ya como ser cósmico o telúrico, ya como ser social”.

 

   En las cancioncillas de El labrador de más aire vuelve a utilizar una ingente naturaleza en expresiones líricas como: “Como madreselvas, florezco en mayo, / y me crecen los ojos como los racimos”, y esta otra, “lo mismo que un chivo / con una encina / me juntaré contigo”.

 

   En la prosa Momento campesino publicada en el diario La Verdad de Murcia el 8 de febrero de 1934 escribe Miguel, “Vuestra vida es de la tierra como vuestra muerte”. Una vez más no abandona este tópico  que abandera gran parte de su producción.

   Durante el periodo bélico el poeta tampoco abandonó la naturaleza y buena muestra de ello la encontramos en el poema “España en ausencias” (leerlo al alumnado).

     Vicente Ramos habla en Miguel Hernández de hilozoísmo (del griego “hyle”, materia y “zoe”, vida, considera que toda la realidad incluso la inerte está dotada de sensibilidad. Fue la doctrina de la Escuela Jónica griega perteneciente al grupo de filósofos presocráticos), concepto heredado de la cultura griega, mediante el cual el poeta es identificado con la tierra levantina y sus particularidades, y permite relacionar a este poeta con otros escritores alicantinos como Azorín o Gabriel Miró, a quienes cita varias veces en sus versos, extraemos a modo de ejemplo el poema “La palmera levantina” donde dice: “vedla presa, en la retina / de Azorín. / Contempladla entre los ojos / rojos de belleza, rojos / de crepúsculo y pena de Miró”.  

   Pero el reino natural de Hernández no es exclusivo de historias contadas por una voz lírica omnisciente. También elementos unitarios son objeto de testimonio poético y tienen impronta inmediata de un poeta que canta lo que ve. La palmera levantina es digna del elogio procedente de la egregia pluma de Hernández. De ella conoce su anatomía de la raíz a la copa. A ella la culmina de metáforas definitorias al llamarla “señora de paisajes”, o metáforas puras, al hablar de “la que acuna  / al arcángel de la luna”, e incluso metáforas culturalistas, al referirse a esos vates alicantinos que fueron Miró y Azorín, tan literariamente conocidos por nuestro poeta.

 

   Miguel Hernández nunca necesitó de analógicos ni digitales aparatos avisadores del suceder inevitable del tiempo. La cronología poética es eminentemente natural. La llegada y marcha del día y la noche, de las estaciones del año, materializan el tiempo. “¡Marzo viene!” y “Horizontes de mayo” (lectura en clase) son dos de las composiciones emblemáticas alusivas al factor tiempo. En el primer caso encuentra el lector un prodigio natural, que no naturalista, donde confluyen una serie de constituyentes organizados, uno por cada dos versos: el horizonte, el cielo, las flores, el ruiseñor, los huertos, las aves, las moreras, los jilgueros.

 

   Pero el ciclo de la naturaleza como tal se cierra en Silbo de afirmación en la aldea. En este se produce la controversia entre sus líneas poéticas seguidoras de un culturalismo adquirido, el barroquismo gongorino asimilado, aceptado y practicado, una amistad conservadora católica, la de Ramón Sijé, el ejercicio verbal y estilístico frente a la espontaneidad del genio lírico innato en Miguel. Ahora toda la tradición lírica se enfrenta a la urbe y a las nuevas amistades del oriolano, Neruda y Alberti, son sus nuevas conquistas amistosas, ellos le imbuirán una ideología distinta, alejada del conservadurismo y tendente a la progresía.

 

  

4.- ASPECTOS DEL LENGUAJE POÉTICO.

 

   4. 1- LÉXICO.

 

   El léxico de su etapa inicial como escritor aparece repleto de palabras agrestes, a veces, insincero, pero siempre en pos de la búsqueda de la belleza. En varias ocasiones resalta un regionalismo ramplón y va utilizando palabras del habla panocha, salpicada de vulgarismos, aragonesismos y voces específicas de la zona del sureste español: la Vega Baja del río Segura y Murcia a la que desde siempre ha estado muy apegada la  vega. Basta con leer la composición poética “¡En mi barraquita!” para comprobar el inicial uso de dialectalismos léxicos.

 

  Asimismo, el empleo de de términos hondamente huertanos, hoy casi en desuso, hace acto de presencia en los versos: “bancal” y “anegar”. No se registran, sin embargo, palabras típicas con el seseo de la zona, tan enraizadas en la contemporaneidad hernandiana, su propia madre se refería a la tozudez de su hijo con expresiones como: “¡Qué cabesonico es!”, o el mote de Carmen Samper, su primer amor, “calabasica”, pero este influjo fónico no arraigo en la poesía sonora de Miguel, él escribía con corrección académica y la conocía.

 

  Otro aspecto es la aparición de voces creadas por invención propia tales como: azúleo, anfóricas, ideálica, opimo. En la octava 38 de Perito en lunas aparece “fustado” por “frustrado” y no quiso que fuera cambiado el vocablo por el correcto ortográficamente, la razón no es otra que su afán por aportar modismos y suscitar polémica.

 

  Emplea también numerosas voces polisémicas cuyo doble sentido obliga constantemente a los lectores a apelar a su capacidad asociativa y a deshacer equívocos. Así la palabra canto la emplea con tres acepciones: 1- del verbo cantar, 2- brocal de pozo y 3- piedra de río.

Este uso, e incluso abuso, de la abundancia de neologismos, cultismos y, en definitiva, rebuscamientos léxicos tenían como propósito la voluntad individual de Hernández de alejarse de su innata rusticidad. Él era plenamente consciente de su rudeza. Cuando escribe a Juan Ramón Jiménez, a quien llama “Venerado poeta”, le dice textualmente: “Por fuerza he tenido que cantar. Inculto, tosco, sé que escribiendo poesía profano el divino arte”.

 

   En suma, una poesía de juventud que para ser literaria debía ennoblecerla y el primer paso es mediante las formas y los recursos estilísticos.

 

   Pero no sólo el caudal de vocabulario procede de la realidad circundante, sus lecturas e influencias líricas tienen mucho que decir al respecto. En la génesis de su obra tropezamos con palabras heredadas de autores como San Juan de la Cruz, de quien toma abiertamente Silbo. Lo reescribe de la tercera silva del Cántico espiritual cuando el poeta canta a la amada, dice en el verso quinto “El silbo de los aires amorosos” tan afín al verso hernandiano que dice: “la pena hace silbar, lo he comprobado”. También en el culterano Góngora aparece silbo, exactamente en el octavo verso de la octava real sexta de la Fábula de Polifemo y Galatea: “que un silbo junta y un peñasco sella”, o en el verso séptimo de la octava 22 “¡Revoca, Amor, los silbos, o  su dueño (…)”. Esta y no otra interpretación es la correcta para entroncar el origen del término silbo, ya que existe la “leyenda” de la idea apuntada por Efrén Fenoll, para quien esa voz es tomada por el poeta haciendo gala de su habilidad para silbar al ganado.

 

   4. 2- ESTILÍSTICA LITERARIA Y AFECTIVA.

 

      El predominio de metáforas es notorio pero, quizá, o más relevante es el empleo de imágenes expresadas mediante el circunloquio, bastante frecuente y que abona el terreno para el cultivo de un estilo neogongorino. Asimismo, es perceptible la utilización de imágenes católicas, producto de su entorno y de la cultura religiosa oriolana que ha sido desde siempre un identificativo del municipio. Este conjunto de imágenes se constituye como una señal que despunta de lo común de los poemas.

 

   Estas imágenes permiten que podamos referirnos a la poesía hernandiana en términos de poesía visual, que en nada resta a la carga social de algunas composiciones. Como si fueran fotografías instantáneas las descripciones de objetos, espacios y animales son traídos al papel de forma escrita.

 

  Y la descripción de Orihuela en “Contemplad” donde paso a paso va describiendo su pueblo y aledaños geográficos con exacerbado lirismo. Nos versifica la sierra “una sierra aurífera de una ladera la apoya, / una huerta espléndida de verdor la enrolla / y un río de perlas siémbrala y de brillo. Y como un acero descomunal / dimensión la corta corvo y homicida / y un palmar egregio y un regio rosal / brota en cada punto de una inmensa herida”, sigue describiendo los campanarios, barrios y callejones de Orihuela para acabar: “¡Contemplad mi tierra…! Mágicos jardines / de belleza henchidos, verdes la circundan / músicas la ofrecen plúmeos clarines / flores, resplandores y aromas la inundan”.

 

   Las metáforas, además de estar muy elaboradas, poseen la peculiar cualidad de resaltar situaciones y objetos comunes de la vida diaria y hacen de estas metáforas un recurso retórico único ya que fueron creadas por el poeta para su mundo, para un cosmos basado en el culto a lo material y a lo humilde, y es, precisamente, en esto donde radica la originalidad de lo hernandiano. Así están metaforizados el toro, la palmera, el espantapájaros, la noria, etc.…

 

   Este recurso continúa a lo largo de sus publicaciones siguientes. Y hay varias composiciones en las que se aprecian de manera singular. Así en su lamento a la muerte del poeta García Lorca nos dice: “Primo de las manzanas, no podrá con tu savia la carcoma / no podrá con tu muerte la lengua del gusano / y para dar salud fiera a su poma / elegirá tus huesos el manzano”. Con esta bella metáfora Hernández nos dice que esa muerte no acallará su voz y cita los huesos, como elemento más resistente a la descomposición del cuerpo para expresar la perpetuidad de aquél poeta.

 

   En el conocido poema “Nanas de la cebolla”, la mención al bulbo es metafórica, y, a la vez, es la descripción de una realidad, la que le cuenta su esposa por carta sobre el hambre que padece con su hijo. “la cebolla es escarcha cerrada y pobre, escarcha de tus días y de mis noches, hambre y cebolla, hielo negro y escarcha grande y redonda”.

En este mismo poema canta la delicadeza de la infancia, “ser de vuelo tan alto tan extendido / que tu carne parece cielo cernido”.

 

   Otra metáfora es la imagen del sol, motor de vida, que es la encargada de dar cuenta del evento de la reproducción: “la gran hora del parto, la más rotunda hora: / estallan los relojes sintiendo tu alarido  / se abren las puertas del mundo, de la aurora / y el sol nace en tu vientre donde encontró su nido”.

 

   En el “Niño yuntero”,  de Vientos del pueblo, donde hace referencia al horror de la niñez trabajadora cuando metafóricamente dice: “empieza a vivir y empieza / a morir de punta a punta / levantando la corteza / de su madre con la yunta / Cada nuevo día es / más raíz, menos criatura.” Tres palabras, las destacadas, alusivas a la naturaleza.

 

   Aun en Vientos del pueblo la naturaleza sigue teniendo voz propia. La ardua labor de arar la tierra sigue patente y metaforizada junto a ese elemento tan reiterado en la poesía hernandiana, los bueyes: “Lo veo arar los rastrojos y devorar un mendrugo y declarar con los ojos que por qué es carne de yugo”, o “vientos del pueblo me llevan”, “los bueyes doblan la frente / imponentemente mansa”.

 

   Las espigas aparecen en la portada del libro Viento del pueblo como una reivindicación del trabajo de los agricultores en una España agrícola. En este poemario social aparecen poemas como “Campesino de España”, cuyos versos cincuenta y siete y cincuenta y ocho nos dicen: “la salud de los trigos sólo aquí huele ya arde”. La figura del segador también está presente en varias creaciones desde el principio de su trayectoria. En la octava 41 de Perito en lunas vemos cómo el segador junta las mieses con una mano y con la hoz va haciendo tajadas cuando las corta próximas a la raíz: “la mano que las junta / afila las tajadas”. El segador desea que acabe la jornada  “a la luz en torno” por la tarde cuando la luz solar entorna la puerta del día, es decir, el crepúsculo, ya que las jornadas eran de sol a sol sobre todo durante el verano cuando era la siega. Luego, hará gavillas con las mieses, las trillará en la era y hará la masa del pan con la harina y la cocerá en el horno. Así se cierra el ciclo del trigo, desde arar la tierra hasta llegar al pan. Al panadero y al horno les dedicará las octavas 22 y 35.

  

   4. 3- VALORES SENSORIALES.

 

   Colores, olores y sabores brotan en los versos de este poeta. Cabría hablar de una poética basada en el credo de la sensualidad, donde las sinestesias, personificaciones de seres naturales son la nota dominante.

 

   4. 4- MÉTRICA.

  

   En sus primeras composiciones le falta mucha pericia formal para resolver tanto esquemas métricos como motivos literarios. Se deja llevar por la imitación de lo que otros poetas han realizado, perdiendo así la emoción que lleva dentro. Esto provoca que la métrica sea altamente variada. En cuanto a los tipos de versos empleados oscilan entre los bisílabos y los alejandrinos, del mismo modo que las estrofas ofrecen las más diversas combinaciones. Encontramos redondillas, romances, romancillos, hasta llegar al soneto, magna estrofa, que supone un vuelco en las estructuras cultivadas hasta entonces. Son momentos en los que abundan los vicios poéticos: ripios, sonoridad excesiva, ritmo fácil, aliteraciones, encabalgamientos…

 

  

5.- TRASCENDENCIA DE LA NATURALEZA HERNANDIANA SIN MIGUEL HERNÁNDEZ.

 

   Con esta denominación epigráfica nos referiremos al reconocimiento que, pese al paso del tiempo, se le sigue tributando a aquella naturaleza poetizada por Miguel Hernández, “in absentia” del mismo. Es conocida como la Senda del poeta, el mismo sustantivo senda ya conlleva los apreciativos semas de estrechez, incluso más que la vereda, por donde transitaban peatones y ganado menor. Consiste en un recorrido a pie durante tres días que finaliza en Alicante, último destino del poeta. Una iniciativa donde se aúnan poesía y naturaleza, obra poética y espacios reales y auténticos aparecidos en ella.

 

   Se halla dividido este itinerario en tres etapas con punto de partida en la puerta de la hoy casa-museo del poeta, en Orihuela, con la masiva concentración de senderistas y un recital de versos hernandianos. A continuación la dirección es hacia Redován (población situada a escasos kilómetros de Orihuela) donde nació el padre de Miguel y a la que pocos viajes realizó el poeta siendo niño y adolescente. En una de sus calles, concretamente en la Gabriel Miró, se lee una placa conmemorativa de esta Senda. Con posterioridad el desplazamiento llega hasta Callosa del Segura y después hasta Cox, donde también hay una plaza con el nombre de Senda del Poeta (junto al IES) y el único conjunto escultórico que existe de la familia Hernández al completo, Miguel, Josefina y Manuel Miguel, el segundo hijo de la pareja, obra tallada por un escultor local. Más tarde se avanza hacia Granja de Rocamora para finalizar el trayecto primero en Albatera (a seis kilómetros de Orihuela), donde la Casa de la Cultura fue bautizada con el nombre de nuestro poeta. El árbol característico es el naranjo (leer en clase el poema “Naranjo”).

 

   La segunda etapa parte de Albatera hasta San Isidro (localidad situada a dos kilómetros de Albatera, en tiempos de Hernández era su pedanía), allí permanecieron retenidos en trabajos forzosos numerosos compañeros de Hernández en la posguerra española. Con la reanudación de la marcha se llega a Crevillente y después a Elche, ciudad donde el poeta recibió su primer y único premio en marzo de 1931 otorgado por el orfeón ilicitano al poema “Canto a Valencia”. En ella fijó su residencia tras su muerte, su esposa junto a su segundo hijo y en cuyo archivo municipal se encuentran depositados los manuscritos del poeta. El árbol autóctono es la palmera (lectura de cualquiera de los poemas a ella dedicados).

 

   El último tramo comprende Elche-Alicante. En el cementerio capitalino y ante de la tumba de Miguel se clausura el recorrido con un recital. La arboleda de esta etapa es el almendro (declamación a los o por los alumnos de “Almendro”).

 

   Huelga decir que la Senda transcurre por caminos de huerta, hoy algo más adecentados, pero que conservan la esencia de aquel tiempo cuando Miguel con alpargatas los transitaba. Naranjos, limoneros, palmeras y algún escuálido rebaño pueblan aún este paseo, que viene realizándose hacia fines de de marzo, para conmemorar la efeméride de la muerte del poeta y siempre realizado a pesar incluso de las inclemencias meteorológicas.

   Como puede observarse es el primer trayecto el más completo y el más ligado a la vida rural de Hernández. En todos los municipios citados sigue existiendo la huella del poeta, no sólo la conservan sino que, además, la potencian.

 

   Si bien es cierto que esta descripción casi turística alude a uno de los acontecimientos de mayor relevancia en torno a la pervivencia del mito natural hernandiano, no es de menor importancia otras actividades de antaño que también recogían la semilla sembrada. Tal es el caso de la revista Lucera. En ella se perpetuaba el nombre de la cabra preferida de Miguel a la que uqueaba en la sierra oriolana. Lucerna fue una publicación de carácter socio-cultural, cuyo primer número apareció en septiembre de 1991, al precio de 100 pesetas, y se extendió durante años años, hasta enero de 2001. Era de periodicidad alterna y en ella tuvieron cabida los escritores de Orihuela de esta época, José Luís Zenón Huguet (actual director de la revista Empiurema), que junto a José Antonio Saura Fernández y Francisco Seva formaron el primer consejo de redacción. Aparecen también los nombres del poeta Ramón Bascuñana y Aitor Larrabide, miembro de la Fundación “Miguel Hernández” y también algunos coetáneos de Miguel Hernández como Ramón García Álvarez.

 

   Hoy sigue viva la permanencia del anfitrión de estas páginas en prestigiosas instituciones de renombre que siguen trabajando por el legado de Miguel Hernández. Citemos la Fundación “Miguel Hernández”, la “Asociación Amigos de Miguel Hernández”.

  

6.- APLICACIÓN DIDÁCTICA.

 

Hoy por hoy para plantear y realizar una aplicación didáctica de este tema lo más sugerente es trabajar con las TIC y en su mayoría desde ellas propongo:

 

ACTIVIDADES TIC

 

Visita guiada y explicada por el/la profesor/a en las siguientes páginas electrónicas:

 

-          www.miguelhernandezvirtual.com. Página de la Fundación homónima. Es interesante escuchar alguna de las entrevista –seleccionada por el profesor- que contenidas en la fonoteca.

-          www.amigosmiguelhernandez.org. Página de una asociación cultural que organiza actividades entorno al poeta y su obra.

 

2- Como actividad de audio se propone la escucha de la alocución de “Elegía primera” dedicada a Federico García Lorca, por el actor José Sacristán y de “Elegía” musicada por el cantautor Juan Manuel Serrat así como la versión del grupo Jarcha.

 

3- Búsqueda por la red de otras páginas sobre el poeta.

4- Visualización por Internet de las primeras publicaciones de este poeta.

 

ACTIVIDADES LÚDICAS

 

1- Viaje a la Casa-Museo de Miguel Hernández en Orihuela completada con un recital de poemas bajo la higuera donde el poeta compuso algunas de sus creaciones líricas.

 

2- La participación en la referida Senda del Poeta recoge también un día de convivencia con alumnos de otros IES, no sólo de la Vega Baja.

 

ACTIVIDADES DE REFLEXIÓN ESCRITA

 

1-      Cuestionario individual:

 

-          Concepto de paisaje: ¿se puede hablar de paisaje o únicamente de naturaleza en la poesía hernandiana?

-          ¿Qué relación existe entre el paisaje y las emociones expresadas en los versos primeros del poeta?

-          Análisis métrico de “Pastoril”.

-          Análisis temático del mismo poema para ver la influencia de las lecturas en Hernández.

 

2-      En grupo:

 

-          Elaboración de un índice de palabras hernandianas referidas al campo semántico de la naturaleza con las acepciones que fueron empleadas por Miguel Hernández. Se pretende que este vocabulario hoy casi perdido sea conocido por los alumnos.

-          El/la docente dividirá las octavas de Perito en lunas en tantos grupos como grupos de alumnos puedan realizarse en clase, las repartirá y los adolescentes les pondrán título con referencias naturales (ya que el alumnado desconoce que esta es una tarea ya realizada por los investigadores)

 

ACTIVIDADES DE CREACIÓN

 

-          Escribir una carta a los sucesores de Hernández exponiendo su opinión sobre aquella naturaleza.

-          Realizar una estampa lírica sobre un espacio natural de gusto personal.

-          Describir un lugar de la naturaleza actual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La vida y la muerte en la poesía de Miguel Hernández

La vida y la muerte en la poesía de Miguel Hernández

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La vida y la muerte en la poesía de Miguel Hernández

 

 

 

 

 

Juan CANO CONESA

 

 

 

 

 

 

LA VIDA Y LA MUERTE EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

 

 

 

Nota previa: Todas las referencias que hagamos a los números de páginas citados en el presente trabajo se refieren a la obra Miguel Hernández. Antología poética. Edición y guía de lectura José Luis Ferris, Ed. Espasa Calpe (Austral Poesía), Madrid, 2000, 2007.

 

Casi la totalidad de los especialistas en la obra de Miguel Hernández, han observado la estrecha relación que existe entre la biografía y la creación lírica del poeta. Y es cierto. En todas las biografías de Miguel Hernández, la mejor de las cuales es, en nuestra opinión, Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, de José Luis Ferris, se hace una documentada relación de acontecimientos asociados a la vida del poeta y una incardinación muy acertada de dichos acontecimientos en la producción poética del escritor oriolano; en ella observamos cómo ambas realidades son inseparables. Pero más allá de los asuntos biográficos –a los que, evidentemente, aludiremos cuando el análisis temático de su poesía lo requiera- iniciaremos una línea de reflexión que tiene como objeto la contemplación de un proceso: la obra de Miguel Hernández es como una vida, con sus balbuceos iniciales, sus momentos de empuje juvenil, sus alardes de autoafirmación personal y sus convicciones de que no queda más remedio que aceptar la realidad como una pena, como una sucesión de heridas. Dicho esto, nos podemos permitir adoptar una visión rotunda y definitiva sobre lo que consideramos elemento infalible: la vida no es más que una maquinaria de destrucción o, como dice Heidegger, “el hombre es un ser para la muerte”. Pues bien: parece que toda la producción del poeta es una constatación de la terrible definición del filósofo existencialista.

 

En la poesía de Miguel Hernández se da perfectamente un discurrir dramático que comienza con la vida más elemental y balbuceante, una vida casi festiva, inconsciente y de ficción, que poco a poco –conforme se va configurando el sufrimiento y se va desarrollando la historia personal del escritor- acaba por deslizarse por la pendiente de la tragedia. Ahora es cuando ya podemos repetir sin prevención alguna lo que anteriormente decíamos: la vida y la obra de Miguel Hernández son inseparables, porque el hombre vive para la poesía, al tiempo que la poesía es el termómetro constante de las embestidas de su humanidad desbordante, de su pasión, de su reciedumbre, de su vida, de su obsesión poética: “En mis años de poeta –afirma Pablo Neruda de Miguel Hernández en Confieso que he vivido-, y de poeta errante, puedo afirmar que la vida no me ha dado contemplar un fenómeno igual de vocación y de eléctrica sabiduría verbal”.

 

Incluso en situaciones infaustas, demostró una gran calidad humana. Lleno de humanidad, callado, retraído y a veces impredecible, adquirió pronto la sabiduría de la privación y de la escasez. Pero también era espontáneo y dicharachero cuando la ocasión lo requería: podía perfectamente contar chistes, canturrear para animar a sus compañeros de cárcel o ayudar generosamente a sus vecinos de celda[1].

 

Sobrecoge el proceso vital que recorre la obra de Miguel Hernández. Independientemente de los estilos, tendencias literarias o influencias a los que los adscribamos, la mayor parte de los primeros poemas (fundamentalmente, hasta los que integran El rayo que no cesa), contienen un soporte de cierta despreocupación consciente, de vitalismo despreocupado y hasta, en ciertas ocasiones, de optimismo natural: en esta época su vida va por un camino (sueña con poder vivir para dedicarse a la poesía) y su obra por otro (contempla el mundo desde la perspectiva de sus poeta leídos y admirados). Quizás sea una osadía afirmarlo con rotundidad, pero podríamos afirmar que el primer espacio poético hernandiano estaría contagiado por la idea del primer Jorge Guillén, el de Cántico, el de la armonía esencial, el que proclamaba que el mundo estaba bien hecho.

 

Son muchos los poemas en los que se rinde homenaje a la naturaleza con un júbilo casi exultante: las plantas, las piedras, los bichos... todo lo vivo es bello, todo lo vivo inspira una gracia contagiosa y sin aristas. Lo natural es fuente de experiencia, en la que se presenta un rico caudal de imágenes y una especie de fundamento de vida dedicada a vivir, de vida dedicada a leer y a escribir. En estos poemas se nos presenta un Miguel alborozado y vital que busca en la Cruz de la Muela, en la colina de San Miguel o en las huertas de Orihuela el refugio apetecible de los clásicos para cantar los desdenes de la amada, la esperanza de una respuesta amorosa, los silbos del ruiseñor, los quebrantos de las tórtolas, la flor del trigo o, sencillamente, la armonía de la naturaleza. Pero más allá de la vida que confiere a las cosas, el vitalismo de Miguel Hernández percibe las cosas como si estuvieran vivas: la piedra amenaza, la luna se diluye en las venas, la breva es una madrastra, la palmera le pone tirabuzones a la luna, la espiga aplaude al día. La vida. Aquí no hay muerte; si acaso, una muerte anunciada por la llegada de los atardeceres, esos que sorprenden al poeta leyendo junto a un ciprés, mientras se encienden las estrellas y se apaga la luz. Queda flotando un silencio macizo que se recuesta sobre las frondas mientras expira la belleza desgraciada de la tarde.

 

Sobrecoge el cariño arrebatador con que el poeta contempla la naturaleza, esa exaltación de lo insignificante, ese pulimento de hedonismo levantino con que canta la belleza del vivir por el vivir: “Lagarto, mosca, grillo, reptil, sapo, asquerosos / seres, para mi alma sois hermosos. / Porque Iris, señala / señala con su regio pincel, / vuestra sonora ala y vuestra agreste piel. / Porque, por vuestra boca venenosa y satánica, / fluyen notas habidas en la siringa pánica. / Y porque todo es armonía y belleza / en la naturaleza” (página 65). La naturaleza es uno de los grandes tópicos de su obra, porque forma parte de su vida, de sus orígenes, de sus lecturas. Sus primeros poemas son, según Ferris,  “apuntes líricos, de estampas ajustadas a la geografía levantina que ilustró su niñez y que emplea oreándolas de bucolismo, amparándose en su capacidad sensitiva para captar los matices, las sensaciones que en él despierta el paisaje terruño” nos explica José Luis Ferris. En sus poemas descubrimos una naturaleza sentida como lector de la poesía del Siglo de Oro, una aire de égloga se escucha entre los versos, sobre todo, de sus primeras creaciones. Nos encontramos con pastores enamorados, ninfas y sátiros que expresan sus sentimientos en un entorno que evoca el locus amoenus.

 

Es el mismo Pablo Neruda quien se siente sorprendido por la lealtad que profesaba Miguel a sus orígenes: “El canto de los ruiseñores levantinos, sus torres de sonido erigidas entre la oscuridad y los azahares, eran para él presencia obsesiva, y eran parte del material de su sangre, de su poesía terrenal y silvestre en la que se juntaban todos los excesos del color, del perfume y de la voz del Levante español, con la abundancia y la fragancia de una poderosa y masculina juventud”.

 

Francisco Umbral, en “Miguel Hernández, agricultura viva”[2] afirma que el oriolano “es el hijo pródigo de la naturaleza, que la abandona un día, la sustituye por la cultura y luego volverá a ellas para siempre. La historia de ese alejamiento y ese retorno, de esa reconquista lenta de la naturaleza en su obra y en su vida, constituye la médula misma de su biografía interior…”

Y si algo de pena se incrusta en la poesía de la época anterior a la del Rayo que no cesa, e incluso a la de Perito en lunas, se trata de una pena más literaria que vivida, esa especie de melancolía que lo acerca más al dolor artificial e imitado que a la pena real en la que, más tarde, quedará existencialmente enredado. Esa pena a la que aludimos es literaria, ficticia, virgiliana (el poema “Pastoril”, en la página 70, recrea modulaciones bucólicas de los clásicos latinos y españoles, como hemos dicho anteriormente), pero legítima, porque, como dice el mismo Miguel Hernández, “la poesía es una bella mentira fingida”. Algunas de esas mentiras fingidas se posan en las ramas de los árboles que pueblan los árboles azules de luna (“Soneto lunario”), se hunden en las albercas, dibujan la risa de “Un gesto del alba”, o aprenden las lecciones de las aves que cantan su lección de armonía en un “Día armónico”. Hay una vida contemplada, ajena, vida palpitante en sus primeros poemas. Según Gloria Guardia, “hasta que no sufre la muerte de personas cercanas o las de la guerra, la muerte es un sentimiento más literario que real”. A propósito de esta alusión a la muerte de personas cercanas, permítaseme hacer un breve paréntesis para desmentir algo que ha venido diciéndose con frecuencia: que la primera experiencia de muerte de un ser querido fue la de Lolo, personaje al que Miguel Hernández dedica su “Elegía al guardameta”. Y ello, porque el tal Lolo (Manuel Soler, jugador del equipo de fútbol de Orihuela), no murió durante el partido. Afirma Pedro Collado Soler que sí se hizo una gran herida en la cabeza al ir a parar un balón. Por tanto fue la imaginación del poeta la que creó esa muerte (Lolo sería conducido a la cárcel alicantina en la que murió Miguel, pero no tuvo oportunidad de ver al poeta, que ya estaba agonizando). Esta elegía inspiró una tremenda secuencia narrativa a Salvador García Jiménez, quien en Coro de alucinados[3] dejó escrito lo siguiente:

 

Se escuchó el silbido de la fuerte respiración del jugador que sacó el córner. El Comba avanzó hacia el portero; saltó más allá de sus manos; se aplastó su nariz contra el balón que dio un segundo beso a las redes. Pero de la cabeza del Comba brotó una flor de sangre al rebotar en el larguero: sin peso, un segundo rebote en las espaldas de un jugador le subió a las redes y quedó apresado por ellas, sin tocar tierra, la mirada hacia el cielo, muerto definitivamente, pescado por Dios para su reino. Atrapado en las redes, parecía el jugador más hermoso de cuantos existieran. Las gargantas enronquecían, los ojos se desorbitaban. Jamás asistieron a un espectáculo igual. Y sin saberlo, entonaron un requiem improvisado –no podía ser otro para la inmensa sed del Comba–: «¡A la bin bon ban; el Comba, el Comba, y nadie más!» (1975: 287).

 

Lo dicho: que suena la vida, la lira y los torrentes. El poeta ordeña en cuclillas, celebra la risa de las granadas o escucha “más de un trillón de aves” que cantan bajo la batuta del profesor Sol. Claro que no hay canto más impresionante a la vida que el bellísimo poema en el que el amor se libera de la insoportable tristeza circundante (hemos dado un salto grandísimo en la poesía y en la vida de Miguel) e instala el centro del tiempo y del universo en el vientre de la mujer amada: “Menos tu vientre, / todo es confuso” (pág. 291). Pero no adelantemos acontecimientos y volvamos al transcurrir convencional de la vida y de la muerte.

 

Tras la exaltación de la naturaleza, llega la melancolía, que no es más que una interiorización de la vida circundante: hay un toque de muerte que inunda de tristeza el paisaje y que unge de tristeza al poeta. Sigue habiendo mucho de campo y de vida provinciana en Perito en lunas, macerados en un gongorismo hermético y de construcción sintáctica compleja. Imaginamos que esa complejidad formal respondería a una voluntad de exhibición que, como algunos estudiosos sostienen, supondría un intento de justificar su competencia, al margen de su condición de cabrero provinciano. En cualquier caso, y al margen de las interpretaciones y juicios de valor que se pudieren articular en torno a su estilo, a nosotros nos corresponde concluir que ahí queda la vida como concepto subyacente y aglutinador de vivencias y de temas. Porque Miguel Hernández va incorporando vivencias a su poesía, de la misma manera que su vida se va nutriendo de poesía: poesía vivida y vida dramáticamente poética, en definitiva. Esa incorporación viene dictada por la enorme personalidad del propio poeta que “tizna cuando estalla” (como la pena), que oscurece o ilumina cuanto trata, cuanto toca con su palabra encendida. En 1960 escribía Buero Vallejo “Miguel era un hombre a caballo entre la alegría y el dolor, entre la luz y la sombra (...) Hay poemas suyos en los que las palabras alegría, luz, sombra, se reiteran constantemente. ¿Por qué? Porque Miguel era ya un gran poeta trágico […] Él conoció tempranamente, dada su extracción humilde, el dolor, y después tuvo sobradas ocasiones de conocerlo a fondo de manera desgarradora; pero él, como verdadero hombre trágico que era, quería a toda costa, denodadamente, alcanzar la alegría [...] Recuerdo cómo le gustaba cantar y hasta cómo nos canturreaba cosas divertidas y un tanto chocarreras en ocasiones; solía contar también chistes. Y es que este hombre extraordinario era también un hombre como cualquiera de nosotros[4].

 

Un 28 de marzo de 1942, cuando moría el hombre, nacía un fuego inextinguible, aventado por el aliento poético de quien pronto llegó a convertirse en emblema, en mito universal. Cada poema de Miguel Hernández lleva cosido un jirón de vida y de muerte. Por eso, cuando se lee un poema, se rememora una existencia, es decir, una aventura dolorida y un desenlace atroz. Aquel aliento poético al que aludíamos fue alimento de una voz que llevaba prendida en la garganta el dolor y la rabia (“y llevo al cuello un vendaval sonoro”, afirma en el poema “Como el toro”, aludiendo a los mugidos del toro, del poeta). Ese “vendaval sonoro” viene a ser una de las figuras que mejor representan la coherencia del poeta: grito, mugido, rabia indisimulada, fracaso amoroso anunciado, rebeldía disonante y ronca, presagio de destrucción. La vida siempre se presenta amenazada por fuerzas incontrolables. Todo es un sino sangriento, un anuncio fatalista, una energía que encierra, en ocasiones, el germen de la destrucción.

Miguel Hernández llenó de vida –también de muerte- el centro de su poesía. Y la vida y la muerte –lo sabemos- configuraron la indisoluble asociación de una biografía y de una producción literaria.

 

                     Aquí estoy para vivir

                     mientras el alma me suene,

                     y aquí estoy para morir,

                     cuando la hora me llegue

                     […]

                     Varios tragos es la vida

                     y un solo trago es la muerte (Viento del pueblo, pág. 215)

 

Todo lo que nace del corazón está condenado a vivir. Todo lo que nace del vivir está condenado a morir. Pero, en contra de cualquier idea almibarada y nostálgica de la muerte, la poesía de Miguel Hernández, fabricada en las dilatadas estancias del corazón, está llena de un vitalismo trágico en el que todo queda envuelto por un presentimiento funesto, por un fatalismo sobrecogedor:

 

                     Me dejaré arrastrar hecho pedazos,

                     ya que así se lo ordenan a mi vida

                     la sangre y su marea,

                     los cuerpos y mi estrella ensangrentada.

                     Seré una sola y dilatada herida,

                     hasta que dilatadamente sea

                     un cadáver de espuma: viento y nada. (pág. 201)

 

Retoma Miguel Hernández el tópico literario que institucionalizara Góngora en el soneto “Por competir con tu cabello” y que continuara Calderón de la Barca en su auto sacramental Los encantos de la culpa. La diferencia entre Góngora y el poeta oriolano reside en que la certeza del final viene precedida en aquel de una juventud representada por metáforas florales, mientras que en éste predomina un campo léxico lleno de vocablos de connotación abrupta y dolorosa. Allí están el oro, el sol, el lirio y el luciente cristal próximos a su transformación “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”, mientras que aquí queda un ser hecho pedazos, su sangre, su estrella ensangrentada, su herida, próximos a su transformación en “un cadáver de espuma: viento y nada”

 

Todo es finalmente vida y muerte en la poesía de Miguel Hernández, al margen de los reconocidos símbolos y temas que la definen y la agrandan. Ese dualismo viene a significar un claro discurrir existencial y la inevitable disolución final. Ambos elementos configuran la imagen que Miguel posee del mundo. La vida y la muerte viene a ser una discordia que escinde su “yo”. La plenitud vital del toro, por ejemplo, está marcada por un destino trágico, por encima de esa masculinidad agresiva con que muge y se desangra. Su propia experiencia amorosa –sirva también como ejemplo este tema recurrente- contiene una palpitación destructiva muy cercana a la experiencia de la muerte (“los rostros manifiestan / la expresión de morir que deja el beso”). Porque, en definitiva, la muerte no es sino una fuerza interior indomable, que, en muchas ocasiones, viene reclamada por el sufrimiento y la desesperación inevitables. En El rayo que no cesa el poeta consigue “una maduración íntima del concepto del amor como destino trágico del hombre”, según José Luis Ferris. El amor es muerte, al tiempo que supone un impulso irresistible que busca la procreación, la búsqueda del vientre de esa criatura carnal que es la amada.

 

No queda lejos de ese destino la sangre, tópico que llega a constituir uno de los soportes fundamentales de la propia biografía y biología líricas (“un edificio soy de sangre y yeso”), además de una fuerza que convierte a los poetas en camino y viento (“Mi sangre es un camino”). También viene a representar una fuerza descontrolada que destruye (“Citación fatal”), una referencia mítica que proporciona gloria a los toreros, un jugo vegetal que alimenta (“Nanas de la cebolla”), una furia... La sangre es vida porque sale del corazón. Pero por encima de todo esto, la sangre es un complemento de la tierra, porque es vehículo de vida. La sangre viene a ser en Miguel Hernández pura materia sagrada.

 

Toda la obra del poeta oriolano está cruzada por una exaltación vitalista que, algunas ocasiones, llega a poner en duda el hecho de su propia existencia, fundida, al estilo barroco, con la muerte. Se nos revela, por tanto, un Miguel Hernández proverbial, lector y admirador de las grandes paradojas quevedescas (Gerardo Diego describe los sonetos del escritor oriolano como llenos de "sonora plenitud de quevedesco linaje”) y de las proverbiales dudas calderonianas:

          

Sigo en la sombra, lleno de luz: ¿existe el día?

           ¿Esto es mi tumba o mi bóveda materna?

           . . . . . . . .

           es posible que no haya nacido todavía,

           o que haya muerto siempre. La sombra me gobierna.

           Si esto es vivir, morir no sé yo qué sería,

           ni sé lo que persigo con ansia tan eterna.

 

Llega a decir Miguel Hernández que la existencia es un rodar constante “a la desnuda vida creciente de la nada”. Y en esta carrera desbocada de paradojas, nos llama poderosamente la atención ese verso en el que en el limitado espacio ocupado por catorce sílabas se viven sensaciones interminables: no acaba de llegar la muerte que libera y, sometido al sobrecogedor dominio de la fugacidad, el poeta canta la hermosura de la vida, sinónimo del dolor: “¡Ay la vida: qué hermoso penar tan moribundo!”. La pena es la consecuencia de mil heridas cobradas en el campo de batalla del vivir. Pero en absoluta concordancia con el “hermoso penar” hernandiano, y a pesar de tantas heridas de amor y de muerte, todavía queda al poeta un último aliento… dolorido y agonizante, pero aliento. En “El  hombre acecha”, el poeta ofrece en nombre de la libertad o, mejor, ofrece a la misma libertad sus ojos, sus manos, sus pies, sus brazos, su casa, todo: “Retoñarán aladas de savia sin otoño / reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida. / Porque soy como el árbol talado, que retoño: / porque aún tengo la vida”. El poema es una indisoluble unidad de vida mutilada y de aliento gozoso: el que proclama en el último verso.

 

Es muy característica esa lucha constante del poeta por conseguir la plenitud de cuanto va viviendo. Y el poeta absorbe todos los jugos de la naturaleza, vive todas las sensaciones de sus lectura favoritas, vive con pasión el amor como descubrimiento (Maruja Mallo), el amor como trémulo intento (Carmen Samper, apodada “la Calabacica”) el amor como ausencia (Josefina Manresa) y el amor como lejanía platónica (María Cegarra). Se va consumiendo en un sinvivir de búsquedas y definiciones que le encierran en el desconcierto, en la duda y en el pesimismo. De todo ese vivir quedan heridas profundas (“seré una dilatada herida”), ocasionadas por huracanes, tormentos, cuchillos, espadas, rayos e incertidumbres.

 

La vida y la muerte forman parte de un entramado sensual y arrebatado. Llegará la muerte cuando al poeta se le niegue el amor, cuando se le resista la plenitud gozosa de amar. Sin embargo, esa sensación de desaliento no dará la cara hasta que el poeta conozca la noticia de la muerte de Ramón Sijé. Ahí sí que sus versos se llenarán de rabia, de dolor, de hachazos, de heridas, de “rastrojos de difuntos”, de piedras, rayos y hachas, de dentelladas... Vivir es penar y morir: “No podrá con la pena mi persona / circundada de penas y de cardos: / ¡cuánto penar para morirse uno!”.

 

La muerte como asunto poético de primer orden es tema recurrente en Miguel Hernández, como lo fuera en Quevedo. En este sentido, José María Balcells analiza la presencia de Quevedo en el poeta oriolano: “el morirse a cada instante es una de las coincidencias entre los dos, pero el oriolano no poseía la suficiente disciplina mental como para controlar la idea de la muerte”. Concluye el profesor Balcells afirmando que la muerte es una tragedia para Miguel Hernández, mientras que para Quevedo es una tragicomedia.

 

No es necesario recurrir a los estudiosos de la obra de Miguel Hernández para concluir que los tres grandes temas de su poesía son los que él mismo declara en “Llegó con tres heridas”, poema perteneciente a Cancionero y romancero de ausencias:

 

           Con tres heridas yo:

           la de la vida,

           la de la muerte,

           la del amor.

 

Estas tres heridas vienen a configurar el ámbito temático de la poesía hernandiana. Si consideramos que la “herida” viene ocasionada por instrumentos o situaciones que agreden al poeta, llegaremos a la conclusión de que aquélla, la herida, es un elemento remático, consecuencia de los numerosos tópicos que configuran no pocos poemas de El rayo que no cesa. Veamos algunos casos: ‘cuchillo’, ‘rayo’, ‘espadas’, cornadas’, ‘cuernos’, ‘puñales’, ‘turbio acero’, ‘hierro infernal’, ‘pétalos de lumbre’, etc. De todos es sabido que estos instrumentos del dolor que proporcionan alguna suerte de herida, adquieren una expresividad dramática, agónica y desesperanzada en la elegía dedicada a Ramón Sijé. En ella aparecen unos términos que, acompañados por sus correspondientes adyacentes, configuran un mosaico de rabia y de dolor inconsolables: ‘manotazo duro’, ‘golpe helado’, ‘hachazo invisible y homicida’, ‘empujón brutal’, ‘tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes’, ‘dentelladas secas y calientes’... Es insólito y decididamente genial el hecho de llenar de lirismo unos conceptos tan poco líricos como los citados. También podríamos aludir a las situaciones que originan las heridas más espirituales (éstas sí que contienen toda la esencia de una poesía más ortodoxa y convencional); estas situaciones están descritas con hermosas imágenes que reflejan lo que podemos llamar heridas de ausencia o de desesperanza: ‘pena’, ‘naufragio’, ‘noche oscura’, ‘llanto’, ‘triste instrumento del camino’ (bellísima metonimia referida al propio “yo” poético), ‘huracanado’, ‘invierno’, ‘diluviado’, ‘amoroso cataclismo’, ‘agonía’, ‘adiós’...

 

Decíamos que la vida y la muerte configuran una indisoluble asociación. Está claro que cuando el poeta trata como tema la vida, está tratando también la muerte. Por eso, desde la espléndida paradoja mística del “vivo sin vivir en mí” hasta el rotundo juego de identificaciones e identidades hernandianas, el vivir y el morir confluyen en un único cauce expresivo, tan de inspiración quevedesca como el

 

           Callo después de muerto.

           Hablas después de viva.

           Pobres conversaciones

           desusadas por dichas

           nos llevan a lo mejor

de la muerte y la vida.

 

La muerte es un acontecimiento no lejano a las propias vivencias del poeta (claro que ajeno a las mismas –al menos hasta el 28 de marzo de 1942-, por aquello de que sólo se mueren los otros, como dijera Heidegger), pues mueren tres de sus hermanas, muere su primogénito a los pocos meses de nacer y se le mueren conocidos y amigos, entre los que destacamos a Ramón Sijé, personaje universalmente conocido gracias a la famosa “Elegía” del poeta oriolano. “El fuego de la vida estaba en su alma”, afirma Vicente Aleixandre en carta enviada al poeta canario Juan Maderos en 1946. Él, que tanto cantó a la muerte, calificándola incluso de “muerte enamorada”. Procede recordar el espléndido verso en que Miguel llega a conjuntar conceptos tan expresivos como ‘vida’, ‘hermoso’, ‘penar’, y ‘moribundo’: “¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!”

 

Aludíamos a la muerte de Manolillo, de tan sólo diez meses de edad, “consumido por la enfermedad y muerto en un rincón con los ojos espantados y abiertos –estamos citando a José Luis Ferris, página 392 de Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta-. Esta muerte supuso un mazazo inmisericorde en el corazón de un hombre que amaba a los niños con pasión y que, por entonces, iba sobreviviendo (o sobremuriendo, si se nos permite la expresión), a golpe de desgracia. A Cancionero y romancero de ausencias pertenece el poema “A mi hijo”, del que entresacamos los siguientes versos:

 

           Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío,

           abiertos ante el cielo como dos golondrinas:

           su color coronado de junios, ya es rocío

           alejándose a ciertas regiones matutinas.

           Hoy, que es un día como bajo la tierra, oscuro,

           como bajo la tierra, lluvioso, despoblado,

           con la humedad sin sol de mi cuerpo futuro,

           como bajo la tierra quiero haberte enterrado.

 

Este hijo muerto será objeto de una constante pena. En El hombre acecha escribe las siguientes palabras, dirigidas a Neruda: “Pablo: un rosal sombrío viene y se cierne sobre mí, sobre una cuna familiar que se desfonda poco a poco, hasta entreverse dentro de ella, además de un niño de  sufrimiento, el fondo de la tierra...”.

 

Basándonos en los versos anteriores, queremos llamar la atención sobre una dramática coincidencia: también Miguel Hernández permaneció con los ojos abiertos después de haber muerto. He aquí el estremecedor relato del entierro de Miguel:

 

Amortajado por sus propios amigos, fue conducido hasta el patio de la prisión, donde a media tarde, formada la población reclusa en perfecto duelo, la Dirección del establecimiento permitió que los presos desfilaran ante el poeta y que la banda del reformatorio interpretase la Marcha fúnebre de Chopin. El humilde ataúd fue sacado a hombros por Antonio Ramón Cuenca, Luis Fabregat, Ambrosio, Monera y Pérez Álvarez hasta el exterior del recinto, donde fue entregado a la empresa de pompas fúnebres y a la familia de Miguel. Allí esperaba un modesto coche de caballos y cinco personas: Elvira Hernández, Consuelo (una vecina de aquella), Miguel Abad Miró, Ricardo Fuente y la esposa del poeta. “El largo camino al cementerio –relata Josefina- era de bancales a un lado y a otro. Los campesinos, en el barbecho, se incorporaban apoyándose en los riñones quitándose el sombrero. Muchos de ellos se quedaban largo rato mirando el entierro”. Llegados al camposanto de Nuestra Señora de los Remedios, nadie pudo quedarse a velar el cuerpo de Hernández aquella noche, por ser lugar a donde aún llevaban a fusilar a los presos condenados. Fue a la mañana siguiente cuando se le dio sepultura en el nicho 1009. Abad Miró relata, con evocadora dureza, que él y Ricardo Fuente, antes de introducir el ataúd en el hosco agujero, decidieron “abrir la caja porque no sabíamos si estaba desnudo, si estaba vestido, porque nos lo entregaron cerrado en un féretro [...] me encontré con esa cosa que aún me obsesiona: el cadáver de Miguel era una especie de ninot de falla, tan flaco, tan extremadamente flaco y con los ojos abiertos. Entonces me salió del alma el comentario: “Ni siquiera le han cerrado los ojos”. A la media hora, el director del reformatorio sabía lo que yo había dicho. Y el mismo día llamó a Ricardo Fuente, que era el último que había salido del reformatorio, para decirle que Miguel no tenía los ojos cerrados porque no se le podían cerrar”. Más adelante, José Luis Ferris presenta el parte médico, elaborado y rubricado por Pérez Miralles, en el que dicho médico certifica que Miguel padecía una enfermedad metabólica (síndrome de Kraus) que explicaría dicha circunstancia.

 

Y ya que hemos citado El hombre acecha, digamos que, durante su composición, Miguel se convierte –según palabras de María Zambrano- en “un hombre vuelto hacia adentro, enmudecido”. Su intimismo se puebla  de una visión desalentadora ante tantas heridas, muertes, rencores y odios sin fin. Las dos españas se han declarado la guerra (“Alarga la llama el odio / y el amor cierra las puertas. / Voces como lanzas vibran, / voces como bayonetas”), ha desaparecido el entusiasmo hernandiano y los poemas se tiñen de dolor. Cuando pasa la guerra, los poemas se oscurecen con el desengaño y la tristeza. En la cárcel compone lo que podríamos describir como diario de la desolación, un poemario cercano a la desnudez de la verdad más dura y terrible, que es lo que viene a ser el Cancionero y romancero de ausencias: ha muerto su primer hijo (“Ropas con su olor”, “Negros ojos negros”, “El cementerio está cerca”), ha sido condenado a muerte, conoce la vida de la cárcel, es azotado por una enfermedad médicamente mal tratada y vive en las más absoluta soledad (“Ausencia en todo veo: / tus ojos la reflejan”). Pero por encima de todas las calamidades, quedan el amor y la libertad (“Antes del odio”). La fuerza y la rebeldía de Miguel Hernández comienzan a resquebrajarse y vislumbra un final inevitable en el que canta los pedazos de vida que va dejando en el camino, la agonía hacia la que vuela (“voy alado a la agonía”), la tristeza de las guerras, de las armas y de los hombres. Y en medio de tanta negrura y de tanta sangre (“tiempo que se queda atrás / decididamente negro, / indeleblemente rojo...) la voz nada retórica del poeta se reviste de nostalgia y habla al hijo y a la esposa en el bellísimo poema “Hijo de la luz” (págs. 288 y 289):

          

Hijo del alba eres, hijo del mediodía.

           Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,

           mientras tu madre y yo vamos a la agonía,

           dormidos y despiertos con el amor a cuestas.

 

           Hablo y el corazón me sale en el aliento.

           Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.

           Con espliego y resinas perfumo tu aposento.

           Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.

 

Ha llegado la hora de la resignación (“todo lo he perdido, tierra / todo lo has ganado”, pág. 305). No obstante, los últimos poemas son tal vez los más tiernos y melancólicos de toda la obra hernandiana. Se cierra el ciclo volviendo al amor, porque no hay salvación ni redención posible si no se ama. Aparecen constantemente la amada, el hijo, la infinita añoranza del que mientras se muere a chorros, respira por la esperanza de la inmortalidad. El amor pone alas al poeta: “sólo quien ama vuela”, leemos en el poema “Vuelo”.

Se han cumplido los presentimientos de muerte que sobrevuelan el destino trágico del poeta. Muchos de los acontecimientos que marcan dramáticamente su biografía penetran en la obra y definen a su autor como un ser que casi desde siempre convive con la idea de la muerte, desde aquellas primitivas ceremonias religiosas a las que jugaba desde niño. Dice Odón Betanzos:

                    

Tiene conciencia el poeta del origen de su sino y de su muerte, detalles que se manifiestan de muchas maneras en su obra. Existe en el poeta un recreo en el dolor, en la muerte, como si ya se hubiera acostumbrado a ambos […] Hay palabras que marcan a los creadores. Marcan su voz y su destino. Al expresarlas y escribirlas se perpetúan con la sombra de las palabras pero también les marcan el caminar en la obra. Así, sangre, navaja y muerte en Federico García Lorca, y su muerte fue con sangre; lienzo, tules, campanas de muerte, olvido y en olvido y tristeza murió Bécquer; camino, tan usado por Antonio Machado es por donde sus pasos van al exilio. En Miguel Hernández vulnerar es herir, herir la vida con la palabra misma. Todo acto de creación es intuitivo, por encima del ser y más allá del querer y de la vida misma. En “vuelo vulnerado”, por ejemplo, se vulnera el cielo y, sin quererlo, se atraviesa y corta la vida. Góngora, San Juan de la Cruz van de la mano de Hernández, pero ya el levantino se perfila con su propia voz.

 

[…]

 

El poeta nos fue dando signos en su obra para interpretar su sino y su destino en muerte: nueve años de su muerte, en la figura del Hombre, en su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras, se verá muerto el poeta con los detalles precisos de su propia tragedia […] ¡Venid! ¡Llegad! ¡Cargadme! Aquí estoy muerto y de cuerpo presente.

La poesía de Miguel es agónica y fuerte; parece como si estuviera escrita por un toro que levantara versos de la tierra con la fuerza de un “huracán de lava”. Los versos de Miguel se van dibujando a gritos, porque jamás se resignó al trato que le proporcionó la vida: “No me conformo, no: me desespero”.

Muestro y señalo su poesía concisa, reconcentrada, dolorida, cadenciosa, en filo de vida y en filo de muerte alargada y presentida. Rejas sin mirada de esperanzas, hálito de sencilleces que se filtra y en humanidad infinita se recuesta. Cancionero… que tiene ángeles llorosos, palabra mordida, emoción en respiro. Poesía testimonial del dolor y las ausencias, de la luz que se muere porque se muere la vida. Así de grande es esa poesía que estremece al fuerte y lo hace llorar por las entrañas arriba”.

 

La obra lírica se articula en torno a instrumentos de muerte. Mientras García Lorca vuelve a Granada con el miedo metido en la sangre, Miguel Hernández lee el poema “Sino sangriento” (págs. 198-201) en una emisora de radio. Como una funesta premonición –que bien pudiera atribuírsele al desdichado de Federico, pasajero del retorno definitivo a su tierra y del viaje sin fin al fondo del valle de Viznar-, el largo poema se construye sobre cimientos de sangre, sobre sementeras de la nada en donde se horroriza un alma color de amapola. Y se hunde en un mar malherido “un planeta de azafrán”, “una nube roja enfurecida”, “un cielo”. Un “dolor de cuchillada” recibió al poeta mientras mamaba leche de tuera y exprimía las espadas. Persigue la sangre al poeta y una fuerza desarrollada por la madre le empuja a la fosa inapelablemente. A la madre tierra ha de llegar herido por los zarpazos de la vida, por borbotones de sangre, dardos de avena, ansias de muerte, hachas, piedras, cadenas, serpientes, alcobas llenas de vacío, de nuevo un puñado de sangre trepadora que crece y se desborda y arrastra y despedaza y hunde y atropella y hiere…. hasta convertir al poeta en un “cadáver de espuma”. Él mismo lo dijo y nosotros, para terminar, lo repetimos:

 

           Me dejaré arrastrar hecho pedazos,

           ya que así se lo ordenan a mi vida

           la sangre y su marea,

           los cuerpos y mi estrella ensangrentada.

           Seré una sola y dilatada herida,

           hasta que dilatadamente sea

           un cadáver de espuma: viento y nada.



[1]Cierto preso miraba preocupado una fotografía de su hija, que dentro de unos días celebraría su onomástica y para la que no tenía nada que poderle mandar. Miguel, al saberlo, tomó prestada la foto y le dedicó ese precioso poema que se titula “El pez más viejo del río” (...) Para concluir que “esta obra de Miguel (...) expresa magistralmente esa lucha entre el dolor y la alegría del poeta trágico que era. Del grande, dolorido y solitario hombre que fue (...) Así de radicalmente humano era Miguel Hernández” (Buero Vallejo).

[2] Cuadernos hispanoamericanos, nº 230, febrero de 1969

[3] Esta novela, Premio Cuidad de Murcia 1974, fue publicada en Ediciones Marte, Barcelona, 1975.

[4] http://www.elecohernandiano.com/numero%2013/serecuerdo.htm

Biografía

Biografía

Miguel Hernández Gilabert nació en Orihuela el 30 de octubre de 1910. La familia de Miguel estaba compuesta por el matrimonio, un niño, Vicente , y una niña, Elvira. El padre, Miguel Hernández Sánchez, se dedicaba a la crianza y pastoreo de ganado. Su madre, Concepción Gilabert Giner, se ocupaba de la casa. El matrimonio tuvo, en total, siete hijos, de los que sólo sobrevivieron cuatro: Vicente, Elvira, Miguel y Encarnación.

                            

A los cuatros años del nacimiento de Miguel, su padre decide trasladar el hogar familiar a una casa más amplia, situada en la calle de Arriba (actualmente Casa Museo). La infancia del poeta transcurre entre los juegos y el trabajo. Desde los siete años ayuda a su hermano Vicente en las tareas del pastoreo, aprendiendo de él este oficio. Asiste a una guardería privada, situada en su misma calle.

 

Ø      A los nueve años se inicia el aprendizaje escolar de Miguel en la Escuela anexa al colegio Santo Domingo. En el curso de 1924-1925 se incorpora a las clases, donde también estudiaba Ramón Sijé, el que más tarde sería su gran amigo.

Ø      Destaca el interés de Miguel por la lectura

Ø      En marzo de 1925 tiene que abandonar sus estudios en el Colegio Santo Domingo ante la crisis económica que atraviesa su familia.

Ø      Su padre le necesita para atender el ganado pero, pese a todo, él aprovecha sus horas de pastoreo en la sierra para seguir estudiando.

Ø      Miguel se convierte en un asiduo visitante de la biblioteca de Luis Almarcha, sacerdote y canónigo de la catedral oriolana. Allí descubre a los principales escritores clásicos de lengua española, así como traducciones de escritores griegos y latinos. 

 

Miguel Hernández empieza a escribir poesías hacia 1925. Su principal fuente de inspiración es el entorno en el que vive: la huerta, su patio, la montaña, las cabras, el pastoreo, el río, etc. Miguel aprovecha cualquier ocasión para escribir. Incluso tiene que esconderse de su padre, a quien le molesta esa afición poética de su hijo.

Algunos diarios de la provincia comenzaron a publicar sus primeros poemas. El primero que aparece publicado es el titulado "Pastoril", en el periódico local 'El Pueblo de Orihuela'. Tras esta aparición pública del joven poeta se irán prodigando sus colaboraciones en la prensa local y, posteriormente, en la provincial.

 

Se forma el llamado "Grupo de Orihuela", como fruto de la amistad entre Carlos Fenoll, Miguel Hernández y Ramón Sijé. Sus inquietudes literarias les animan a reunirse periódicamente en la tahona propiedad del padre de Carlos Fenoll. Cada uno compagina su trabajo o sus estudios con estas aficiones literarias, por lo que tienen que celebrar las reuniones al acabar la jornada.

 

En 1931 realiza su primer viaje a Madrid y, al no encontrar el apoyo que esperaba, regresa a Orihuela.

En 1933 se edita su primer libro, 'Perito en lunas'.

En 1934 realiza su segundo viaje a Madrid. Se publica en la revista 'Cruz y Raya' su auto sacramental 'Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras'.

Comienza a relacionarse con grandes poetas como Alberti, Rosales, Aleixandre y Neruda. Y con Josefina Manresa.

 

En 1935 se afilia al partido comunista.

Durante la República, participó en las “misiones pedagógicas” que llevarían cultura a las zonas más deprimidas de España.

Se incorpora al Ejército Popular de la República.

Es nombrado Comisario de Cultura.

Comienza su trabajo en la enciclopedia 'Los Toros', con José María de Cossío. Miguel participa, en Cartagena, en un acto-homenaje a Lope de Vega. Escribe el drama 'Los hijos de la piedra'. Su amigo Ramón Sijé fallece en diciembre de 1935, con 22 años.

 

En 1936 publica su "Elegía" dedicada a Ramón Sijé. Se edita su libro de poemas 'El rayo que no cesa'. Termina su obra teatral 'El labrador de más aire'.

 

 

En febrero de 1937 es destinado en Andalucía al "Altavoz del Frente". En marzo se casa con Josefina Manresa.

Participa en el II Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia. Realiza un viaje a la URSS, formando parte de una delegación española enviada por el Ministerio de Instrucción Pública, para asistir al V Festival de Teatro Soviético.

Se publican 'Viento del Pueblo', 'Teatro en la guerra' y 'El labrador de más aire'.

En diciembre nace su primer hijo, Manuel Ramón. En otoño de 1938 muere su hijo y ello provoca una serie de poemas que anuncia en su libro 'Cancionero y romancero de ausencias'. Escribe el drama 'Pastor de la muerte'. Actúa como soldado, y como poeta, en diversos frentes.

 

En 1939 nace su segundo hijo, Manuel Miguel. En abril el general Franco declara concluida la guerra. Miguel intenta escaparse a Portugal, pero se lo impide la policía portuguesa y es entregado a la Guardia Civil fronteriza. Tras su paso por cárceles de Huelva y Sevilla, en una prisión de Madrid, compone las famosas "Nanas de la cebolla".

Puesto, inesperadamente, en libertad, es detenido de nuevo en Orihuela.

 

En 1940 se le traslada a la prisión de la plaza de Conde de Toreno en Madrid. Es condenado a la pena de muerte.

Más tarde la condena es conmutada por la de 30 años de prisión. En septiembre, es trasladado a la prisión de Palencia y en noviembre, al penal de Ocaña.

 

En 1941 es trasladado al Reformatorio de Adultos de Alicante. Se le manifiesta una grave afección pulmonar que se complica con tuberculosis en 1941.

 

En 1942 muere en la enfermería de la prisión alicantina y es enterrado en el cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante. Contaba, a su muerte, con 31 años de edad.

 

OBRAS

Poesía

 

Perito en lunas, Murcia, La Verdad, 1933 (Prólogo de Ramón Sijé).

Tristes guerras

El rayo que no cesa, Madrid, Héroe, 1936.

Viento del pueblo. Poesía en la guerra, Valencia, Socorro Rojo Internacional, 1937 (Prólogo de Tomás Navarro Tomás).

El rayo que no cesa, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1949 (Prólogo de José María Cossío. Incluye poemas inéditos).

Seis poemas inéditos y nueve más, Alicante, Col. Ifach, 1951.

Cancionero y romancero de ausencias (1938–1941), Buenos Aires, Lautaro, 1958 (Prólogo de Elvio Romero).

El hombre acecha, Santander, Diputación, 1961 (Facsímil de la primera edición de 1939 perdida en imprenta).

24 sonetos inéditos, Alicante, Instituto de estudios Juan Gil-Albert, 1986 (Edición de José Carlos Rovira).

 

Teatro

Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras, Madrid, 1929.

El labrador de más aire, Valencia, Nuestro Pueblo, 1937.

Teatro en la guerra, Alicante, Socorro Rojo Internacional, 1938