Blogia
Examen de selectividad curso 2012/2013 - Lengua castellana y Literatura

TEXTOS PERIODÍSTICOS

Artículo 9

Copio mi título de hoy ("La broma") del de una novela de Milan Kundera donde se cuenta la historia de un profesor universitario que, en la Checoslovaquia comunista de la posguerra, arruina su vida por hacer una broma. A las mentes totalitarias no les gustan las bromas. Y es natural. Toda broma auténtica presupone ironía, y toda ironía presupone que una cosa puede ser varias cosas a la vez. Cervantes, que inventó la ironía o al menos la convirtió en un ingrediente obligatorio de la novela, mostró que Sancho Panza es un tonto, pero también un sabio, y que don Quijote es ridículo, pero también heroico. Eso es la ironía: la revelación deslumbrante de que la realidad no es unívoca, de que una cosa puede ser una cosa y su opuesto, de que existen las verdades contradictorias, por usar la fórmula de Isaiah Berlin. Y eso es lo que no puede admitir el fanático: para él, las cosas sólo son lo que son y nada más; es decir: son sólo lo que él dice que son. De ahí que odie la ironía, el humor, las bromas (y, por cierto, las novelas, que proponen una visión ambigua, irónica y poliédrica de lo real). Y de ahí que la ironía y el humor suelan ser no sólo un síntoma de decencia individual sino también de salud colectiva. Sin ironía no hay tolerancia. Y sin tolerancia no hay civilización. Ni acaso humanidad: los seres humanos bromean; los animales no.

Artículo 8

Se llamaba Andrea S., tenía 15 años, estudiaba en un instituto cercano al Coliseo y vivía en el sur de Roma, era de carácter extrovertido y a veces acudía a clase con ropa de colores llamativos y las uñas pintadas. Su familia y algunos de sus amigos más cercanos dicen que estaba enamorado en secreto de una muchacha de su mismo instituto, pero lo cierto es que nunca faltó quien se burlara de su aparente homosexualidad y sobre la red social Facebook una cobarde mano anónima había dedicado un perfil al “muchacho de los pantalones rosa”. El martes por la tarde, Andrea se ahorcó, en su casa, con su bufanda.

Lo que viene a continuación casi no hace falta escribirlo: la Fiscalía de Roma ha abierto una investigación por si se pudiera acusar a alguien de “inducción al suicidio”, dos ministros y el alcalde han pronunciado palabras sentidas de pésame y los compañeros del Liceo Cavour han encendido velas y le han dicho a una diputada que se acercó oportunamente por allí que sienten un doble dolor: el de la pérdida del compañero y el de sentirse señalados por la prensa como presuntos acosadores…

También el guion se cumplió en otro aspecto no menos doloroso. Durante meses, un adolescente —Jokin en Hondarribia, Amanda en Québec, Andrea en Roma..—sufre, por un motivo o por otro, el acoso de los violentos, el silencio de los cobardes y la falta de auxilio de quienes, por incompetencia o dejadez, no aciertan a conjurar el peligro.

Artículo 7

Un país con pocos niños es triste. Una sala de cine vacía también lo es, aunque no sea comparable el dramatismo de los dos escenarios. Los nacimientos decrecen en España. En las razones para este descenso intervienen el aumento de la emigración y el descenso de la inmigración. Pero en los análisis que se han hecho de esta mala noticia —mala, en un puro sentido económico; mala también en cuanto a que provocará decadencia social— no encuentro que se contemple uno de los temores que desde hace ya unos años paraliza la voluntad de tener descendencia: ¿es este el mundo que deseo para un hijo?, ¿podré hacer frente a su educación?, ¿perderé mi trabajo?, ¿tendré dinero para una canguro?, ¿cuántas horas podré estar con la criatura? Las parejas rumian todas esas cuestiones. Los hay que pueden independizarse, también los hay que lo han conseguido, pero lo que ganan no les da para tener familia. La pregunta es cómo se las apañaba la gente en la época del hambre, por ejemplo. Naturalmente, los hijos venían en muchas ocasiones cuando menos se les esperaba. No había planificación familiar y el sentido de la independencia y la intimidad en un hogar eran distintos. Ya no somos como éramos.

Cuando vuelvo a mi viejo barrio no puedo evitar que me invada la pesadumbre: no hay niños. El entramado urbano nacido del optimismo social de los sesenta ha cambiado. Esas aceras por las que los niños volvíamos de la escuela están ahora llenas solo de abuelos. Eso es lo triste: solo hay una edad, la tercera. Recuerdo que los viernes decenas de niños hacíamos cola para la sesión doble infantil del cine Moratalaz. El espectáculo éramos nosotros. Aquel cine ya no existe. Para colmo, la Comunidad de Madrid anuncia que se acaba eso de que los abuelos paguen solo un euro los martes en las salas. O sea, que unos no nacerán, y otros se van a morir de aburrimiento.

Artículo 6

 

La adolescencia es un momento de crisis en nuestra vida; entendida esta crisis en el sentido etimológico del término, como criba y escrutinio de lo que hasta entonces habíamos creído inamovible. El adolescente se enfrenta, en el plano sexual, emocional y afectivo, con borrascas que ponen en jaque su equilibrio interior; y aquellos entornos en los que hasta entonces se había sentido protegido -la familia, en primer lugar; y después todas las instancias sociales y comunitarias en las que se desarrollaba su existencia infantil- se tornan cárceles contra las que necesita rebelarse, para afirmar su identidad. Este combate natural, propio de cualquier época, se saldaba tradicionalmente con un proceso de maduración personal en el que el adolescente, a la vez que asimilaba su difícil metamorfosis, se incorporaba a la edad adulta, renovando aquellas identificaciones que en la infancia había aceptado pasivamente y que a partir de entonces deberá aprender a hacer suyas.

Pero en nuestra época, el adolescente se topa con un problema añadido: el mundo que le rodea, los entornos familiares y comunitarios, ya no le ofrecen seguridades y garantías; y, al mismo tiempo, su natural rebeldía es halagada por una atmósfera ambiental que ha hecho de la rebeldía -aunque sea la más insensata y desnortada- un valor en sí mismo, impidiendo de este modo su proceso de maduración. En efecto, nuestra época estimula y jalea la brecha entre generaciones, incita al adolescente a una exploración de ese mundo en el que se siente extranjero sin apoyos ni brújulas; y le infunde la creencia destructiva de que la ruptura familiar, la búsqueda de sensaciones nuevas, la exaltación del puro vitalismo y la confrontación con las reglas morales heredadas constituyen el único medio de afirmar su personalidad.

Los resultados de tan devastadora concepción pedagógica los tenemos ante nuestros ojos: el proceso natural de maduración, no exento de pasajes dolorosos, que desemboca en la edad adulta, se ha interrumpido insensatamente; y los adolescentes se ven así arrojados a un terreno de arenas movedizas, lleno de sugestivas y falaces promesas, en el que muchos terminan extraviados, en medio del desconcierto y la angustia. Así, los adolescentes de las últimas generaciones se han ido convirtiendo en sucesivas remesas de 'mozos viejos' de treinta o cuarenta años, que siguen cultivando las mismas aficiones de antaño, convertidas ya en aficiones infantiloides, y tratan patéticamente de camuflar su edad verdadera con atuendos y afeites rejuvenecedores, a la vez que contemplan con horror cualquier atisbo de compromiso o vinculación fuerte en su vida. 

Artículo 5

 

¿Y si la causa del último quebranto de los jóvenes en Madrid la noche de Halloween no tuviera nada que ver con los problemas de seguridad planteados por celebrar una fiesta en un local cerrado sin apenas vigilancia?

¿Cómo es posible que casi nadie haya mencionado el hecho patético e indescriptible de que la tasa de desempleo juvenil más alta de la Unión Europea la tiene España?

¿Y cómo es posible que apenas se haya comentado esta tasa como una de las posibles razones que expliquen la tragedia nocturna de Halloween en Madrid?

Lo extraño, de verdad, es que los comentarios de todos los observadores no se hayan concentrado en el análisis de la crisis juvenil que atraviesa el país o en lo que pasa en el cerebro de los adolescentes y en la historia de España para que ocurra lo que ocurrió. No me digan que no es raro que veinte mil jóvenes españoles decidan celebrar la fiesta de Halloween –una fiesta que ni les va ni les viene – a altas horas de la madrugada.

Ha cundido la sospecha   –corroborada por los análisis científicos – de que los mayores no se acuerdan de lo que los caracterizaba cuando eran jóvenes: suelen contar tantas tonterías que los jóvenes han dejado de creerlos y se ha generado, simultáneamente, un rechazo a la autoridad de los mayores, digan lo que digan.

A lo mejor nadie ha estudiado cuidadosamente –me refiero en España – las diferencias explicables al haber descubierto que el sueño es distinto en el caso de los jóvenes y en el de los mayores. Tanto es así que en muchas instituciones educativas norteamericanas se está ensayando un nuevo horario para que, en el caso de los jóvenes, su primera clase por la mañana empiece a las 11 horas. Al parecer, los resultados son positivos por haber aceptado simplemente que los jóvenes tienen más sueño por las mañanas que unas horas más tarde. El ritmo de la absorción de melatonina es distinto en unos que en otros.

Artículo 4, 6 de noviembre

Paul Gauguin asumió su vocación de pintor a una edad tardía, los 35 años, y casi sin haber recibido una formación técnica, pues tanto su paso por la Academia Colarossi como las clases que le dio su amigo y maestro Camille Pissarro fueron breves y superficiales. Y es posible que con Pissarro hablaran más de anarquismo que de arte. Pero nada de eso le impidió llegar a ser el gran renovador de la pintura de su tiempo y dejar una marca indeleble en las vanguardias artísticas europeas. Así lo muestra, de manera inequívoca, la espléndida exposición “Gauguin y el viaje a lo exótico” que presenta el Museo Thyssen-Bornemisza, de Madrid.

Cuando lo dejó todo, para dedicarse a pintar, Paul Gauguin era un próspero burgués. Le había ido muy bien como agente de bolsa en la firma deMonsieur Bertin, vivía en un barrio elegante, sin privarse de nada, con su bella esposa danesa y sus cinco hijos. El futuro parecía ofrecerle sólo nuevos triunfos. ¿Qué lo llevó a cambiar de oficio, de ideas, de costumbres, de valores, de la noche a la mañana? La respuesta fácil es: la búsqueda del paraíso.  En verdad, es más misterioso y complejo que eso. Siempre hubo en él una insatisfacción profunda, que no aplacó ni el éxito económico ni la felicidad conyugal, un disgusto permanente con lo que hacía y con el mundo del que vivía rodeado. Cuando se volcó en el quehacer artístico, como quien entra en un convento de clausura —despojándose de todo lo que tenía— pensó que había encontrado la salvación. Pero el anarquista irremediable que nunca dejó de ser se decepcionó muy pronto del canon estético imperante y de las modas, influencias, patrones, que decidían los éxitos y los fracasos de los artistas de su tiempo y se marginó también de ese medio, como había hecho antes del de los negocios.

Artículo 3, 3 de noviembre

Vamos a tener que asumir el fracaso colectivo de que no se cumpla el objetivo de la escolarización primaria universal para 2015 a pesar de que estamos tan solo a 16.000 millones de dólares (12.355 millones de euros) de conseguirlo (la mitad de lo que va a costar el rescate de Bankia, por hacer una comparación odiosa). Además, y justamente gracias al éxito de la pasada década, el gran desafío educativo de nuestro siglo es ahora la educación secundaria, que se presenta todavía como un cuello de botella infranqueable para las aspiraciones de muchos adolescentes y jóvenes, y que exige tanto un cambio de mentalidad como un nuevo compromiso de financiación.

Resulta casi obligado indignarse de que a comienzos del siglo XXI sigamos teniendo en el mundo 61 millones de niños y niñas sin acceso a la escuela primaria, o que centenares de millones de jóvenes salgan del sistema educativo sin haber adquirido las competencias más básicas. Cabe imaginar, por ejemplo, qué pasaría en España si una tercera parte de la población no tuviera acceso a los servicios de atención primaria de salud. Pues bien, a eso podría equivaler el que una tercera parte de nuestros jóvenes salga de la educación obligatoria sin esas competencias básicas. Por desgracia, los efectos de ese fracaso solo se hacen visibles política y económicamente a medio y largo plazo. Y estos parecen ser tiempos miopes, donde solo el corto plazo importa.

Artículo 2, para el martes 30 de octubre


Comienza un día normal. Sobre mi mesa, veinte expedientes. Veinte familias a las que voy a aprobar que se arroje de su casa para que ésta aumente el stock inmobiliario del banco.

Naturalmente, yo no puedo echarlas con mi sola firma. Ni siquiera puedo tomar la decisión de manera autónoma. Si así fuera, qué se creen, tengo mi corazón, preferiría hacer cualquier otra cosa antes que poner el visto bueno al desahucio. Un visto bueno que significa, en sentido estricto, la autorización para que los abogados del banco emprendan la acción judicial conducente al lanzamiento de la familia afectada.

Pero no me engaño: sé cómo funciona la ley hipotecaria, sé que la gente de cuyas casas se trata es insolvente y que no podrá paralizar la acción; entiendo y asumo, por tanto, que con mi firma, aunque sea tras algunos pasos intermedios, estoy poniendo los muebles de estas veinte familias en la calle. Insisto, y quede claro: no lo hago por mi gusto. Tengo jefes, instrucciones, objetivos. Tengo mi propia familia, y mi propia hipoteca. Si dejara de hacer esto que hago todos los días, y con un poco de mala suerte, bien podría terminar siendo yo el que, gracias a la firma de otro como yo que no tuvo tantos remilgos, me veo con los míos a la intemperie.

Dirán ustedes que menudo dilema moral. Dirán algunos que menudo canalla que soy, salvándome a costa de ser cómplice en el hundimiento de mis semejantes. Otros, no espero que muchos, acaso me comprendan. Y si les soy sincero, yo mismo no sé muy bien a cuál de los dos grupos pertenezco. Va por días, y tiene que ver con lo que traen los periódicos, con el humor de mis hijos, con lo bien o mal que haya podido dormir.