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RECITAL DE MIGUEL HERNÁNDEZ

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RECITAL

HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ

 

ABRIL, 2011

 

POR

ALUMNOS DE 2º DE BACHILLERATO

IES “JUAN CARLOS I” - MURCIA

 

ALUMNO1

Estamos aquí para hacer un homenaje al poeta Miguel Hernández. En el 2010 se cumplieron cien años de su nacimiento.

Los grupos de  de Bachillerato han preparado este recital en su honor.

 

(Música)

/………………….

Llegó con tres heridas:

la del amor,

la de la muerte,

la de la vida.

 

Con tres heridas viene:

la de la vida,

la del amor,

la de la muerte.

 

Con tres heridas yo:

la de la vida,

la de la muerte,

la del amor.

(Música)

ALUMNO1

Miguel Hernández nació en Orihuela el 30 de Octubre de 1910, en una familia humilde que ya tenía dos hijos: Vicente y Elvira. Después de Miguel nacieron cuatro hermanas más de las que sólo una sobrevive.

La familia de Miguel se dedicaba al pastoreo de las cabras y a la compra-venta de ganado. Este hecho condicionó su infancia, su adolescencia y toda la vida de Miguel Hernández, al que llamaban el poeta cabrero. Su infancia no fue feliz.

…………………….

LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,

cada enero ponía

mi calzado cabrero

a la ventana fría.

 

Y encontraban los días,

que derriban las puertas,

mis abarcas vacías,

mis abarcas desiertas.

 

Nunca tuve zapatos,

ni trajes, ni palabras:

siempre tuve regatos,

siempre penas y cabras.

 

Me vistió la pobreza,

me lamió el cuerpo el río,

y del pie a la cabeza

pasto fui del rocío.

 

Por el cinco de enero,

para el seis, yo quería

que fuera el mundo entero

una juguetería.

 

Y al andar la alborada

removiendo las huertas,

mis abarcas sin nada,

mis abarcas desiertas.

 

Ningún rey coronado

tuvo pie, tuvo gana

para ver el calzado

de mi pobre ventana.

 

Toda la gente de trono,

toda gente de botas

se rió con encono

de mis abarcas rotas.

 

Rabié de llanto, hasta

cubrir de sal mi piel,

por un mundo de pasta

y un mundo de miel.

 

Por el cinco de enero,

de la majada mía

mi calzado cabrero

a la escarcha salía.

 

Y hacia el seis, mis miradas

hallaban en sus puertas

mis abarcas heladas,

mis abarcas desiertas.

 

………………………

Miguel Hernández fue un niño trabajador. Desde muy pequeño salía al campo con su hermano a cuidar las cabras.  Fue durante muy poco tiempo al colegio, apenas 2 cursos académicos. Lo suficiente para aprender a leer. Le entusiasmaba la lectura, pero su padre le pegaba y le castigaba si le veía con un libro en las manos…  

(Música)

……………

EL NIÑO YUNTERO

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.
……

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

…….
¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

…………………….

M.H. leía mientras cuidaba las cabras en el monte,  o a escondidas, siempre a escondidas; ya sabéis de la brutalidad de su padre si lo encontraba leyendo… Leía todo lo que caía en sus manos, a los clásicos. Algunos amigos, entre ellos, José Marín / Ramón Sijé, que pertenecía a una familia acomodada, le prestaban los libros.  Y cosas de la vida: Ramón Sijé muere joven, unos años después, y hoy lo conocemos gracias a la elegía que le escribe M.H., su amigo pobre, una de las elegías más hermosa de la Literatura española:

Música

------------------------------

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.)

 

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


…………………………

Pronto siente la necesidad de salir de su pueblo. Vendió algunas cabras, escribió a los grandes poetas, pidiéndoles ayuda…  Y se fue a Madrid buscando la gloria literaria. Pero no la encontró entonces. Las cartas de recomendaciones que llevaba no le sirvieron  (un cabrero empeñado en ser poeta) y tuvo que volver a Orihuela cabizbajo y deprimido.

……………………………

Por una senda van los hortelanos,

que es la sagrada hora del regreso,

con la sangre injuriada por el peso

de inviernos, primaveras y veranos.

 

Vienen de los esfuerzos sobrehumanos

y van a la canción, y van al beso,

y van dejando por el aire impreso

un olor de herramientas y de manos.

 

Por otra senda yo, por otra senda

que no conduce al beso aunque es la hora,

sino que merodea sin destino.

 

Bajo su frente trágica y tremenda,

un toro solo en la ribera llora

olvidando que es toro y masculino.

 

………………………….

M.H. tuvo, cuando volvió a Madrid por segunda vez, una historia amorosa turbulenta con la pintora Maruja Mallo. También se dice que estuvo enamorado platónicamente de una escritora de Murcia, María Cegarra. Pero él tenía una novia de toda la vida en su pueblo de Orihuela, Josefina Manresa, con la que al final se casó y con la que tuvo dos hijos. Sus poemas amorosos son apasionados y están llenos de erotismo:

……………………………..

Me tiraste un limón, y tan amargo

con una mano cálida, y tan pura,

que no menoscabó su arquitectura

y probé su amargura sin embargo.

 

Con el golpe amarillo, de un letargo

dulce pasó a una ansiosa calentura

mi sangre, que sintió una mordedura

de una punta de seno duro y largo.

 

Pero al mirarte y verte la sonrisa

que te produjo el limonado hecho,

a mi voraz malicia tan ajena,

 

se me durmió la sangre en la camisa,

y se volvió el poroso y áureo pecho

una picuda y deslumbrante pena.

 

……………………………………..

El mayor de sus hijos murió cuando apenas tenía 10 meses. Y este hecho le entristeció profundamente y le marcó toda su vida.

……………………………….

Ropas con su olor,

paños con su aroma.

Se alejó en su cuerpo,

me dejó en sus ropas.

Luchas sin calor,

sábana de sombra.

Se ausentó en su cuerpo.

Se quedó en sus ropas.

……………………………..

Miguel Hernández toma partido por los jornaleros, por los campesinos, por los desheredaros, por los pobres… Se afilia al partido comunista y llega incluso a viajar a Rusia. Pero no sabe medrar ni hacer carrera política. Sus versos los pone al servicio de la justicia y de la denuncia. Y anima a los trabajadores explotados a que se rebelen:

……………………………….

ACEITUNEROS

Andaluces de Jaén,

aceituneros altivos,

decidme en el alma: ¿quién,

quién levantó los olivos?

 

No los levantó la nada,

ni el dinero, ni el señor,

sino la tierra callada,

el trabajo y el sudor.

 

Unidos al agua pura

y a los planetas unidos,

los tres dieron la hermosura

de los troncos retorcidos.

 

Levántate, olivo cano,        TODOS

dijeron al pie del viento.

Y el olivo alzó una mano

poderosa de cimiento.

 

Andaluces de Jaén,

aceituneros altivos,

decidme en el alma, ¿quién

amamantó los olivos?

 

Vuestra sangre, vuestra vida,

no la del explotador

que se enriqueció en la herida

generosa de sudor.

 

No la del terrateniente

que os sepultó en la pobreza,

que os pisoteó la frente,

que os redujo la cabeza.

 

Árboles que vuestro afán

consagró al centro del día

eran principio de un pan

que sólo el otro comía.

 

¡Cuántos siglos de aceituna,

los pies y las manos presos,

sol a sol y luna a luna,

pesan sobre vuestros huesos!

 

Andaluces de Jaén,

aceituneros altivos,

pregunta mi alma: ¿de quién,

de quién son estos olivos?

 

Jaén, levántate brava

sobre tus piedras lunares,

no vayas a ser esclava

con todos tus olivares.

 

Dentro de la claridad

del aceite y sus aromas,

indican tu libertad

la libertad de las lomas.

 

……………………………

Durante la Guerra Civil española está como soldado en el frente, en las trincheras:

……………………………………..

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes. Tristes.

 

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes. Tristes.

 

Tristes hombres

si no mueren de amores.

Tristes. Tristes.

………………………………

Y echa de menos a su familia, a su mujer:

 

……………………………………

 CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

He poblado tu vientre de amor y sementera,

he prolongado el eco de sangre a que respondo

y espero sobre el surco como el arado espera:

he llegado hasta el fondo.

 

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,

esposa de mi piel, gran trago de mi vida,

tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos

de cierva concebida.

 

Ya me parece que eres un cristal delicado,

temo que te rompas al más leve tropiezo,

y a reforzar tus venas con mi piel de soldado

fuera como el cerezo.

 

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,

te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.

Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,

ansiado por el plomo.

 

Sobre los ataúdes feroces en acecho,

sobre los mismo muertos sin remedio y sin fosa

te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho

hasta en el polvo, esposa.

 

Cuando junto a los campos de combate te piensa

mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,

te acercas hacia mí como una boca inmensa

de hambrienta dentadura.

 

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:

aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,

y defiendo tu vientre de pobre que me espera,

y defiendo tu hijo.

 

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,

envuelto en un clamor de victoria y guitarras,

y dejaré a tu puerta mi vida de soldado

sin colmillos ni garras.

 

Es preciso matar para seguir viviendo.

Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,

y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo

cosida por tu mano.

 

Tus piernas implacables al parto van derecho,

y tu implacable boca de labios indomables,

y ante mi soledad de explosiones y brechas

recorres un camino de besos implacables.

 

Para el hijo será la paz que estoy forjando.

Y al fin en un océano de irremediables huesos

tu corazón y el mío naufragarán, quedando

una mujer y un hombre gastados por los besos.

 

 

-----------------------------------------

Al terminar la guerra, Miguel Hernández fue encarcelado por haber sido comunista. En la cárcel al enterarse de que su mujer está embarazada de su segundo hijo, y de que sólo comía pan y cebolla, escribe sus famosas NANAS DE LA CEBOLLA:

…………………………………….

 

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre:

escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla:

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

 

En la cuna del hambre

mi niño estaba.

Con sangre de cebolla

se amamantaba.

Pero tu sangre,

escarchaba de azúcar,

cebolla y sangre.

 

Una mujer morena,

resuelta en luna,

derrama hilo a hilo

sobre la cuna.

Ríeta, niño,

que te tragas la luna

cuando es preciso.

 

Alondra de mi casa,

ríete mucho.

Es tu risa en los ojos

la luz del mundo.

Ríete tanto

que en el alma, al oírte,

bata el espacio.

 

Tu risa me hace libre,

me pone alas.

Soledades me quita,

cárcel me arranca.

Boca que vuela,

corazón que en tus labios

relampaguea.

 

Es tu risa la espada

más victoriosa.

Vencedor de las flores

y las alondras.

Rival del sol,

porvenir de mis huesos

y de mi amor.

 

La carne aleteante,

súbito el párpado,

y el niño como nunca

coloreado.

¡Cuánto jilguero

se remonta, aletea,

desde tu cuerpo!

 

Desperté de ser niño.

Nunca despiertes.

Triste llevo la boca.

Ríete siempre.

Siempre en la cuna,

defendiendo la risa

pluma por pluma.

 

Ser de vuelo tan alto,

tan extendido,

que tu carne parece

cielo cernido.

¡Si yo pudiera

remontarme al origen

de tu carrera!

 

Al octavo mes ríes

con cinco azahares.

Con cinco diminutas

ferocidades.

Con cinco dientes

como cinco jazmines

adolescentes.

 

Frontera de los besos

serán mañana,

cuando en la dentadura

sientas un arma.

Sientas un fuego

correr dientes abajo

buscando el centro.

 

Vuela niño en la doble

luna del pecho.

Él, triste de cebolla.

Tú, satisfecho.

No te derrumbes.

No sepas lo que pasa

ni lo que ocurre.

………………………….

Murió en la cárcel de Alicante un 28 de marzo de 1942. Estaba enfermo de tuberculosis, mal-nutrido, lleno de piojos, en la más absoluta pobreza… Pero hoy, cien años después de su nacimiento, podemos seguir oyendo su voz clara y potente:

………………………………..

Naciones de la tierra, patrias del mar, hermanos

del mundo y de la nada:

habitantes perdidos y lejanos

más que del corazón, de la mirada.

 

Aquí tengo una voz enardecida,

aquí tengo un vida combatida y airada,

aquí tengo un rumor, aquí tengo una vida.

 

Abierto estoy, mirad, como una herida.

Hundido estoy, mirad, estoy hundido

en medio de mi pueblo y de sus males.

Herido voy, herido y malherido,

sangrando por trincheras y hospitales.

 

Hombres, mundos, naciones,

atended, escuchad mi sangrante sonido,

recoged mis latidos de quebranto

en vuestros espaciosos corazones,

porque yo empuño el alma cuando canto.

 

Cantando me defiendo

y defiendo mi pueblo cuando en mi pueblo imprimen

su herradura de pólvora y estruendo

los bárbaros del crimen.

 

Esta es su obra, esta:

pasan, arrasan como torbellinos,

y son ante su cólera funesta

armas los horizontes y muerte los caminos.

 

 

Fin

26/02/2011 20:59 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

Un reportaje sobre M.H.

20101101205510-images-1-.jpg

En Radio Nacional recuerdan a Miguel Hernández. Podemos oír a su viuda, a Josefina Manresa. Y algunos poemas recitados y cantados.

 

http://www.rtve.es/podcast/radio-nacional/el-ojo-critico/

01/11/2010 20:55 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

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Inéditos de M.H.

CULTURA

Miguel Hernández y sus últimos inéditos en El Cultural.


Miguel Hernández y sus últimos inéditos en El Cultural.

Para la libertad, Miguel Hernández (Orihuela, 1910-Alicante, 1942) sangró, luchó y aún pervive. Mañana, 30 de octubre, el poeta alicantino, tantas veces umbrío por la pena, hubiese cumplido cien años, y es seguro que él mismo sería el primero en reírse de las peregrinaciones que se hacen por sus paisajes, o de la manipulación torticera de sus versos. El Cultural recupera hoy sus últimos inéditos, gracias al catedrático José Carlos Rovira, responsable del Año Hernandiano, que explica las peripecias que rodearon su descubrimiento; Juan Bonillarecrea su vida; Jorge Urrutia, máximo especialista en Miguel Hernández, analiza su obra poética; Agustín Sánchez Vidal arranca algunas de las máscaras del mito que hoy es Miguel Hernández, mientras que Gabrielle Morelli descubre su relación con el 27, y Francisco Díez de Revengaestudia su teatro. Además, Ricardo Senabre da cuenta de lasnovedades aparecidas este año en torno al poeta que escribió: “moriré como el pájaro: cantando,/ penetrado de pluma y entereza”.

Imágenes: Miguel Hernández, una vida
Vídeo: El cine español homenajea al poeta con 18 cortos.

En Algún Día: Miguel Hernández.


Miguel Hernández y sus últimos inéditos en El Cultural.
30/10/2010 22:32 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

HOY, 30 de octubre, cumpliría 100 años M.H.

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Cano Ballesta: "Viento del pueblo", el libro más vibrante de Miguel Hernández

30-10-2010 / 20:20 h Elche (Alicante), 30 oct (EFE).-

El catedrático de Literatura Española de la Universidad de Virginia, Juan Cano Ballesta, ha afirmado hoy que "Viento del pueblo", de Miguel Hernández, es "el libro más vibrante de quien mereció ser llamado 'gran poeta del pueblo' y 'el primer poeta" de la Guerra Civil española. Cano Ballesta ha hecho estas declaraciones durante la conferencia de clausura titulada "Viento del pueblo y la poesía oral (Hacia una nueva épica)" que ha pronunciado en el tercer congreso internacional sobre el poeta oriolano, que hoy hubiera cumplido cien años. Según el catedrático, "los poemas de este libro surgen de una historia que se está haciendo y a la que trata de imprimir su huella". "El combatiente y el poeta palpitan en él con sus preocupaciones, angustias e ilusiones en el ritmo atropellado de sus versos, en la fluidez de sus romances y en el chisporroteo de imágenes sorprendentes", ha señalado. Cano Ballesta ha indicado que "siempre" le "ha atraído" la poesía de Miguel Hernández, que le "fascinó desde el principio" y que "cada vez" que la relee le "revela nuevas facetas e, incluso, sentidos antes insospechados". En este sentido, el investigador ha manifestado su sorpresa por cómo "la oralidad de muchos poemas de 'Viento del pueblo' les imprime unos rasgos y matices muy peculiares e inconfundibles que los aleja de lo que hubiera sido un texto escrito directamente para la imprenta o en otras circunstancias". Por ese motivo, para Cano Ballesta, "Viento del pueblo" muestra el "modo de pensar del poeta, sus sentimientos, sus esperanzas, sus temores, lo que quiere decir y lo que quiere callar, o lo que insinúa sin llegar a decirlo". "Hay cosas que expresa por gusto y convicción, y otras que dice sólo por sentido del deber, para ganarse el auditorio o para arrebatar su atención", ha expuesto. Miguel Hernández, en "Viento del Pueblo", tiende a expresarse, según la investigación de Cano Ballesta, "en la lengua y formas populares del romancero, gran tesoro de la poesía oral castellana". "Con frecuencia usa el lenguaje de la calle, a veces bajo y plebeyo, a tono con aquellos estratos sociales a los que se dirige, que son los campesinos, segadores, yunteros, herreros, albañiles, pastores, que ahora se han convertido en milicianos o soldados de la República", ha apuntado. Al acto de clausura del tercer congreso internacional sobre Miguel Hernández, organizado por el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, dependiente de la Diputación de Alicante, han asistido el alcalde de Elche, Alejandro Soler; la alcaldesa de Orihuela, Mónica Lorente; el director del IAC Juan Gil-Albert, Francisco Sánchez, y la directora del congreso, Carmen Alemany. EFE

30/10/2010 22:26 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ Hay 1 comentario.

La voz de Miguel Hernández

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27/02/2010 23:53 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

Características de estilo en la poesía de Miguel Hernández

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Características de estilo en la poesía de Miguel Hernández

 

La obra poética de M.H. abarca poco más de una década: sus primeros poemas publicados datan de 1930 (“Pastoril”, en el Diario El Pueblo de Orihuela, el 13 de enero) y los últimos están en torno a la fecha de su muerte, en marzo de 1942.  En ese tiempo, relativamente breve, se observa, no obstante, una intensa evolución en su quehacer poético que va desde una obra inicial vinculada a la tradición, enraizada en los clásicos, hasta una poesía personalísima, de intensa emoción humana. Indudablemente, esta evolución está ligada a la trayectoria de su vida y a las múltiples experiencias que le tocaron vivir. Tal vez debido a su escasa formación reglada, M.H. es un poeta “permeable”, que va adaptando a su fuerza creativa y a su originalidad diversas influencias literarias  que acaban por determinar su personalidad y su estilo. En un primer momento, los clásicos, Góngora – el maestro de todos los poetas del 27- , Quevedo, Calderón y Garcilaso. Más tarde, Pablo Neruda y Vicente Aleixandre. Sus primeros versos son de gran sonoridad, de gusto romántico y modernista.  Se aleja de la estética “purista” de Juan Ramón Jiménez y se acerca a la llamada poesía “impura”; después entra en la religiosidad y en el hermetismo, en el gusto por la metáfora elaborada y en “hipérbaton concentrador del pensamiento” (Cano Ballesta) buscando deslumbrar y las vanguardias. Entra en lo que Gerardo Diego llamaba “acertijos poéticos”. Más tarde, busca una luz más amplia, acercándose al final a la poesía “comprometida” y revolucionaria, combativa, todo ello sin olvidar sus orígenes campestres y rurales. (“Me dedico a la canción y a la vida de la tierra y sangre adentro: estaba mintiendo a mi voz y a mi naturaleza terrena hasta más no poder, estaba traicionándome y suicidándome tristemente”, le escribe a Juan Guerreo Ruiz en una carta). Al final, se reencuentra con la sencillez de la canción tradicional.

 

Llegó con tres heridas:

La del amor,

La de la muerte,

La de la vida.

(Pág. 276. Cancionero y romancero de ausencias)

Se dice que en la poesía de M.H. sólo hay tres temas: la vida, el amor y la muerte. Y estos tres temas vertebran todo su quehacer poético, trágico y apasionado.

Sobrecoge y emociona la poesía de M.H., tan ligada a sus vivencias. Como indica Odón Betanzos, es una poesía “agónica y fuerte”. Sus versos se van dibujando a gritos.

Miguel Hernández define la poesía como “una bella mentira fingida”.  Y para lograr la belleza, utiliza, por un lado, un léxico agreste, relacionado con la naturaleza y con la vida campesina, incluso con lo vulgar; por otro, voces polisémicas, con dobles sentidos, rebuscamientos léxicos que le procuran el hermetismo y el misterio. Abundan también neologismos y cultismos. Y por supuesto, no pueden faltar las metáforas y las imágenes. Su poesía es visual: como si fueran “fotografías” las descripciones de los objetos, de los paisajes, de las situaciones…

 

 

Recursos estilísticos:

Metáforas: contribuyen al hermetismo del poema

Hipérbaton

Anáforas

Hipérboles

Paralelismos

Elipsis

Estructura bimembre del endecasílabo

Encabalgamientos

 

Símbolos:

  • Serpiente> órgano sexual masculino
  • Cuchillo> acceso al mundo amoroso (herida)
    • Espadas
    • Cuernos
    • Puñales
    • Turbio acero
  • Rayo> pasión
  • Limón> deseo amoroso /pecho femenino
  • Calentura> excitación sexual
  • Sangre> pasión amorosa, vida
  • Oasis> bienestar
  • Desierto> sequía
  • Naufragio> pérdida, desaliento…
  • Toro> fuerza, pasión animal…
  • Buey> cobarde, manso, resignado
  • León> rebeldía
  •  

 


Estructuras métricas:

  • Octavas reales
  • Sonetos
  • Redondillas

 

  • Silvas
  • Tercetos encadenados
  • Décimas
  • Romances
  • Romancillos


 

20/02/2010 22:35 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ Hay 5 comentarios.

TRADICIÓN Y VANGUARDIA EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

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TRADICIÓN Y VANGUARDIA EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

La obra de Miguel evoluciona a lo largo del tiempo: de una sencillez inicial, de un verso simple que respira bucolismo, o romanticismo sentimentaloide, pasa a un barroquismo complejo, a una trabajada y conceptuosa recreación de la realidad, con metáforas que poseen elementos personales innegables. Góngora y los clásicos están detrás de esta poesía “encorsetada” en octavas reales y profundamente imaginativa. (“Perito en lunas”). M.H. está dentro de la llamada “poética purista” de los años veinte. Influencias de Valery y Jorge Guillén. Un vanguardismo algo caduco ya, que convierte sus composiciones en acertijos poéticos.

  • Más tarde, su poesía, tras nuevas lecturas y nuevas amistades, se va haciendo más fluida y humana, agilizando las “armaduras”: versos jugosos, ricos en imágenes y en expresividad, sacudidos por una intuición trágica… (“El rayo que no cesa”). Influencias de Aleixandre y Neruda. Temática amorosa, a modo de cancionero, dentro de la tradición petrarquista. Imágenes y simbolismo al servicio de sus experiencias amorosas. Melancólicos paisajes de la lírica de Garcilaso.
  • Entre 1935 y 1936 se relaciona con el surrealismo.
  • En estos años sus poemas empiezan a tener conciencia social: es el poeta de la guerra civil. Con su verso y con su “sangre” va plasmando la tremenda experiencia de la guerra. (“Pueblo de mi misma leche”, dice el poeta). Superación de la etapa retórica. Poesía combativa y exaltada, de condenación del burgués. Defensor del pueblo, del oprimido, de los campesinos…  (“Viento del pueblo”). Muchos de estos poemas se escribieron pensando en la recitación pública. Poesía social. El contenido se esparce en cuatro direcciones: la elegía, la exaltación heroica, el sarcasmo combativo y lo social.
  • La derrota del ejército republicano supone para M.H. una tremenda decepción y una tristeza que vuelve a quedar reflejada en sus poemas. El odio, la muerte sin sentido, las cárceles… Desencanto y dolor. Empieza a buscar un intimismo (“El hombre acecha”) que culminará en el “Romancero y cancionero de ausencias”, concebido como un auténtico diario íntimo. Poesía de la experiencia. La verdadera preocupación humana: la vida, el amor, la muerte.
  • Al final, su poesía tiende hacia una síntesis conceptual, emocional y lingüística. Fácil de comprender y profundamente humana. Como dice Carlos Bousoño, sus poemas últimos tienden hacia dentro, son individualistas y sinceros. Y como hombre del pueblo, de clarísima extracción popular, surgen en él las canciones tradicionales, las de siempre, como expresión de lo más hondamente sentido.

 

En resumen: M.H. empieza escribiendo una poesía de imitación de la poesía culta barroca; y termina su obra poética utilizando las formas más próximas a las que había tenido en su infancia de pueblo sencillo: la poesía tradicional

20/02/2010 22:32 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ Hay 2 comentarios.

BIOGRAFÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

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Miguel Hernández Gilabert nació en Orihuela el 30 de octubre de 1910. La familia de Miguel estaba compuesta por el matrimonio, un niño, Vicente , y una niña, Elvira. El padre, Miguel Hernández Sánchez, se dedicaba a la crianza y pastoreo de ganado. Su madre, Concepción Gilabert Giner, se ocupaba de la casa. El matrimonio tuvo, en total, siete hijos, de los que sólo sobrevivieron cuatro: Vicente, Elvira, Miguel y Encarnación.

                            

A los cuatros años del nacimiento de Miguel, su padre decide trasladar el hogar familiar a una casa más amplia, situada en la calle de Arriba (actualmente Casa Museo). La infancia del poeta transcurre entre los juegos y el trabajo. Desde los siete años ayuda a su hermano Vicente en las tareas del pastoreo, aprendiendo de él este oficio. Asiste a una guardería privada, situada en su misma calle.

 

Ø     A los nueve años se inicia el aprendizaje escolar de Miguel en la Escuela anexa al colegio Santo Domingo. En el curso de 1924-1925 se incorpora a las clases, donde también estudiaba Ramón Sijé, el que más tarde sería su gran amigo.

Ø     Destaca el interés de Miguel por la lectura

Ø     En marzo de 1925 tiene que abandonar sus estudios en el Colegio Santo Domingo ante la crisis económica que atraviesa su familia.

Ø     Su padre le necesita para atender el ganado pero, pese a todo, él aprovecha sus horas de pastoreo en la sierra para seguir estudiando.

Ø     Miguel se convierte en un asiduo visitante de la biblioteca de Luis Almarcha, sacerdote y canónigo de la catedral oriolana. Allí descubre a los principales escritores clásicos de lengua española, así como traducciones de escritores griegos y latinos. 

 

Miguel Hernández empieza a escribir poesías hacia 1925. Su principal fuente de inspiración es el entorno en el que vive: la huerta, su patio, la montaña, las cabras, el pastoreo, el río, etc. Miguel aprovecha cualquier ocasión para escribir. Incluso tiene que esconderse de su padre, a quien le molesta esa afición poética de su hijo.

Algunos diarios de la provincia comenzaron a publicar sus primeros poemas. El primero que aparece publicado es el titulado "Pastoril", en el periódico local 'El Pueblo de Orihuela'. Tras esta aparición pública del joven poeta se irán prodigando sus colaboraciones en la prensa local y, posteriormente, en la provincial.

 

Se forma el llamado "Grupo de Orihuela", como fruto de la amistad entre Carlos Fenoll, Miguel Hernández y Ramón Sijé. Sus inquietudes literarias les animan a reunirse periódicamente en la tahona propiedad del padre de Carlos Fenoll. Cada uno compagina su trabajo o sus estudios con estas aficiones literarias, por lo que tienen que celebrar las reuniones al acabar la jornada.

 

En 1931 realiza su primer viaje a Madrid y, al no encontrar el apoyo que esperaba, regresa a Orihuela.

En 1933 se edita su primer libro, 'Perito en lunas'.

En 1934 realiza su segundo viaje a Madrid. Se publica en la revista 'Cruz y Raya' su auto sacramental 'Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras'.

Comienza a relacionarse con grandes poetas como Alberti, Rosales, Aleixandre y Neruda. Y con Josefina Manresa.

 

En 1935 se afilia al partido comunista.

Durante la República, participó en las “misiones pedagógicas” que llevarían cultura a las zonas más deprimidas de España.

Se incorpora al Ejército Popular de la República.

Es nombrado Comisario de Cultura.

Comienza su trabajo en la enciclopedia 'Los Toros', con José María de Cossío. Miguel participa, en Cartagena, en un acto-homenaje a Lope de Vega. Escribe el drama 'Los hijos de la piedra'. Su amigo Ramón Sijé fallece en diciembre de 1935, con 22 años.

 

En 1936 publica su "Elegía" dedicada a Ramón Sijé. Se edita su libro de poemas 'El rayo que no cesa'. Termina su obra teatral 'El labrador de más aire'.

 

 

En febrero de 1937 es destinado en Andalucía al "Altavoz del Frente". En marzo se casa con Josefina Manresa.

Participa en el II Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia. Realiza un viaje a la URSS, formando parte de una delegación española enviada por el Ministerio de Instrucción Pública, para asistir al V Festival de Teatro Soviético.

Se publican 'Viento del Pueblo', 'Teatro en la guerra' y 'El labrador de más aire'.

En diciembre nace su primer hijo, Manuel Ramón. En otoño de 1938 muere su hijo y ello provoca una serie de poemas que anuncia en su libro 'Cancionero y romancero de ausencias'. Escribe el drama 'Pastor de la muerte'. Actúa como soldado, y como poeta, en diversos frentes.

 

En 1939 nace su segundo hijo, Manuel Miguel. En abril el general Franco declara concluida la guerra. Miguel intenta escaparse a Portugal, pero se lo impide la policía portuguesa y es entregado a la Guardia Civil fronteriza. Tras su paso por cárceles de Huelva y Sevilla, en una prisión de Madrid, compone las famosas "Nanas de la cebolla".

Puesto, inesperadamente, en libertad, es detenido de nuevo en Orihuela.

 

En 1940 se le traslada a la prisión de la plaza de Conde de Toreno en Madrid. Es condenado a la pena de muerte.

Más tarde la condena es conmutada por la de 30 años de prisión. En septiembre, es trasladado a la prisión de Palencia y en noviembre, al penal de Ocaña.

 

En 1941 es trasladado al Reformatorio de Adultos de Alicante. Se le manifiesta una grave afección pulmonar que se complica con tuberculosis en 1941.

 

En 1942 muere en la enfermería de la prisión alicantina y es enterrado en el cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante. Contaba, a su muerte, con 31 años de edad.

 

OBRAS

Poesía

 

Perito en lunas, Murcia, La Verdad, 1933 (Prólogo de Ramón Sijé).

Tristes guerras

El rayo que no cesa, Madrid, Héroe, 1936.

Viento del pueblo. Poesía en la guerra, Valencia, Socorro Rojo Internacional, 1937 (Prólogo de Tomás Navarro Tomás).

El rayo que no cesa, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1949 (Prólogo de José María Cossío. Incluye poemas inéditos).

Seis poemas inéditos y nueve más, Alicante, Col. Ifach, 1951.

Cancionero y romancero de ausencias (1938–1941), Buenos Aires, Lautaro, 1958 (Prólogo de Elvio Romero).

El hombre acecha, Santander, Diputación, 1961 (Facsímil de la primera edición de 1939 perdida en imprenta).

24 sonetos inéditos, Alicante, Instituto de estudios Juan Gil-Albert, 1986 (Edición de José Carlos Rovira).

 

Teatro

Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras, Madrid, 1929.

El labrador de más aire, Valencia, Nuestro Pueblo, 1937.

Teatro en la guerra, Alicante, Socorro Rojo Internacional, 1938

 

20/02/2010 22:26 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

LA POESÍA ESPAÑOLA DESDE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX HASTA LA POSGUERRA

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LA POESÍA ESPAÑOLA DESDE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX HASTA LA POSGUERRA

 

 

NACIMIENTO DE LA POESÍA MODERNA

El fin del realismo coincide con los primero años del siglo XX. Dos grandes poetas, Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire, imprimen una nueva personalidad a la poesía. Triunfan el dandismo, la bohemia, la extravagancia y la independencia entre los jóvenes artistas, que rechazan la sociedad burguesa, sociedad a la que ellos mismos pertenecen.

En las letras hispanas, el gran valedor de esta nueva estética, conocida como "Modernismo", fue el poeta nicaragüense Rubén Darío. Figura muy influyente en la cultura de su tiempo, viajó por todo el mundo como embajador y allí donde estuvo implantó su gusto y manera de entender la poesía. El Modernismo fue una reacción al realismo imperante en la literatura, pero al contrario que el romanticismo, no se refugió en los sentimientos grandilocuentes, sino en la búsqueda de lo nuevo, lo original, lo moderno.

 

Características del Modernismo:

Al igual que el simbolismo francés utiliza la estética de los símbolos. Los modernistas gustan de imágenes exóticas, se inspiran en las culturas orientales, buscan manifestaciones artísticas originales y coloristas. También imitan algunos rasgos de otra de las escuelas francesas de final de siglo, de los Parnasianos. Buscan una lírica más pura e incluso elitista. El modernismo cree en el "arte por el arte", útil y sutil en sí mismo.

El modernismo toma de los simbolista la sinestesia, asociando a los colores olores, a los sonidos sabores... El principal rasgo modernista es la musicalidad. La polimetría es arriesgada, recuperando el verso alejandrino. En la búsqueda por lo bello y original se emplean galicismos y cultismos tomados del griego y del latín. Una mitología colorista y disparata pueblan los poemas modernistas, princesas, dragones, castillos, bufones...palacios medievales, pagodas...

El modernismo nació en autores americanos como José Martí y sobretodo Darío.

Uno de los mayores promotores del "arte por el arte" y de la belleza en España fue Salvador  Rueda, que en 1890 publicó Aires españoles y en 1900 Piedras preciosas. Sensualidad y erotismo rodean a los primeros modernistas españoles. Destacamos también a Manuel Reina y Ricardo Gil. Otro de los modernistas imprescindibles es el almeriense Francisco Villaespesa. La lírica modernista española alcanzaría uno de sus momentos cumbre con el excepcional Juan Ramón Jiménez (que pasó por distintas etapas estilísticas). Los poetas modernistas se reunieron en revistas como "Renacimiento" y "Helios".

Manuel Machado, hermano de uno de los más grandes poetas españoles, es, sin duda, uno de los más destacados modernistas españoles. Influido por Rubén Darío y directamente por Simbolistas y Parnasianos, se calificó a sí mismo como "decadente y abúlico". Una de las facetas más valoradas de Manuel Machado fueron sus cantares andaluces, de honda verdad popular y que marcarían el camino a Lorca o Alberti.

El autor modernista más polifacético y literariamente más relevante, es D. Ramón María del Valle-Inclán. Dramaturgo sobresaliente, creador del esperpento, su poesía es modernista y original. Su variedad estilística lo sitúan en ocasiones entre las voces de la generación del 98.  Además, fue también muy crítico con el modernismo, como se puede ver en sus "Luces de Bohemia". No obstante, sus poemas pertenecen al estilo modernista.

Después, voces como la de Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado, criticaron la superficialidad del modernismo, auque la estética perduró entre poetas más jóvenes, los denominados "posmodernistas". Tales son Enrique de Mesa, Enrique Díez-Canedo o Emilio Carrere.

La poesía de la generación del 98

La distinción entre Modernismo y Generación del 98, muchas veces discutida, está más que justificada. Frente a la evasión de los modernistas, los noventayochistas se plantean la situación de España y la del ser humano. Se trata de la poesía del 98. El existencialismo de Unamuno (1864-1936) precede al de Sartre o Camus. Y la genuina obra de Antonio Machado será admirada y estudiada por poetas posteriores, especialmente por el intimismo de la poesía de la experiencia.

Al igual que en la prosa, el protagonista  de la poesía del 98 es el paisaje castellano: metáfora de España, de la árida, inmensa y complicada realidad española. Antonio Machado escribe versos de corte existencial y de una excepcional calidad poética.

 

 

NUEVOS AIRES

A principios de siglo florecen cientos de corrientes y estéticas literarias en Europa. Todas las artes experimentan nuevas formas y posibilidades. La única regla es inventarse sus propias reglas. Unos cantarían a los nuevos inventos mecánicos como los héroes perfectos, otros deformarían la realidad y buscarían en la interpretación de lo absurdo el sentido de las cosas. Sin embargo, en España, el espíritu renovador e irracional de las vanguardias no caló tan hondamente como en el resto de Europa. No triunfaron presupuestos como la escritura automática o el procedimiento dadá de escritura al azar. Quizá Ramón Gómez de la Serna fue gran figura de las vanguardias en España, y en su obra se ejemplifica la experimentación y originalidad de estos jóvenes poetas.

Como indicaba José Ortega y Gasset en la Deshumanización del arte, las nuevas tendencias europeas renunciaban a hablar de los seres humanos, de sus problemas, sus ansias, sus dudas... Los vanguardistas pretendían sobre todo sorprender al lector. Las imágenes poéticas son pura imaginación e ironía, pero no aluden a la realidad ni a los problemas que la rodean. Por ejemplo, las greguerías de Gómez de la Serna son frases llenas de ingenio, que asombran y maravillan al lector, pero en ellas no hay sentimiento o ansia del poeta. Los españoles no supieron desprenderse de cierta "racionalidad" en sus textos, aunque las vanguardias llegaron sobre todo de Hispanoamérica, especialmente con Vicente Huidobro y Jorge Luis Borges.

 

Los ismos

La primera vanguardia europea fue el Futurismo, inaugurado por el italiano Marinetti. Siguieron el Expresionismo o el Cubismo, sobre todo en el campo de la pintura. El Dadaísmo se revela ante las reglas de la cultura y emplea un lenguaje lleno de juegos. El ismo más aceptado de todas las vanguardias europeas fue el Surrealismo, tanto en pintura como en literatura. El surrealismo sí busca expresar sentimientos del ser humano, en concreto, aquellos sentimientos más puros y profundos, los que afloran en los sueños y habitan el subconsciente. Imágenes y asociaciones absurdas, como la de los sueños, son reflejo de sensaciones y estados anímicos humanos El surrealismo le debe un importante rédito al psiquiatra Sigmund Freíd.

En el mundo hispano, aparece el Creacionismo, que se debe al poeta chileno Vicente Huidobro. Éste apostaba por una literatura creada a partir de la literatura, no como imitación de la naturaleza o de algo físicamente real. El poema nace del autor como el árbol de la naturaleza. Un poeta cercano a Huidobro y su creacionismo fue Juan Larrea. Otro ismo de relevancia en España fue el Ultraismo, que rechazaba la estética y la poesía de Rubén Darío y sus seguidores. Un poeta ultraísta importante fue Guillermo de la Torre.

Otros, aunque conocedores de la vanguardia, prefirieron diferentes formas de expresión. Es el caso de Felipe Camino García, conocido como León Felipe (1884-1968). Comienza con una línea tradicional para terminar en una poesía grandilocuente y profética, influida por autores como Nietzsche o Walt Whitman, en la que el verso libre permite una lírica ética y moral, representativa del exilio que el poeta sufrió hasta su muerte en México.

 

Juan Ramón Jiménez, poesía pura

El Nobel J.R.J. es el gran poeta del nuevo siglo recién nacido. Recorrió varias etapas hasta abandonar cualquier moda y crear un estilo propio y personal. Siguiendo el ansia de Mallarmé, de crear una poesía pura, exacta y hermosa, válida en sí misma, cultivó una poesía excepcional. Fue el gran maestro de la posterior generación de 1927, además de ser nexo entre varias etapas, las que él mismo recorrió. Efectivamente, Juan Ramón Jiménez se consolidó como gran poeta en su etapa modernista, pero posteriormente renegaría de esta corriente para alcanzar una poesía más pura, sencilla como la de su primera etapa, sus primeros poemas de adolescente.

 

La generación del 27

Nacidos alrededor del cambio de siglo, este grupo poético tiene importantes conexiones entre sí, aunque cada uno de ellos mantiene una identidad creativa propia. Todos se consagraron como poetas de éxito antes de 1936, año en el que estalla la guerra civil y se rompe el momento más interesante de la poética española. Esta guerra aniquilará la vida cultural española. Algunos, como García Lorca, son fusilados, otros encarcelados, como Miguel Hernández –que muere en la cárcel- y la mayoría se exilian. Vicente Aleixandre, que se queda en España, contribuye a resucitar la poética española.

 

 El nombre del grupo se debe a la fecha en que celebraron todos juntos, en el Ateneo de Sevilla, un homenaje a D. Luis de Góngora, en su tercer centenario. Góngora era admirado por todos ellos.

 

 Características:

·       Las fechas de nacimiento oscilan entre 1892, con Pedro Salinas, y 1902, con Rafael Alberti (como añadido encontramos a Miguel Hernández, nacido en 1910).

·       Tienen una formación semejante, todos universitarios (de nuevo Hernández es la excepción).

·       Tienen como maestro a Juan Ramón Jiménez.

·       Todos ellos fueron amigos.

·       No rompieron con las corrientes y estilos anteriores.

·       Admiran y valoran la poesía tradicional

   

 

 

Los poetas

 

Como ya hemos dicho, cada poeta tiene un estilo propio muy característico y evoluciona de distinta manera. Unos exploran el surrealismo (Aleixandre), otros una poesía más humana (Salinas) y otros aúnan las vanguardias con la poesía popular (Lorca y Alberti). Por tanto, esta es una generación en la que cada poeta merece un estudio particular y propio.

El orden cronológico es el siempre elegido a la hora de hablar del 27. El primero de ellos es el madrileño Pedro Salinas. Nació en 1892. Fue profesor de literatura en Sevilla, Murcia y Cambridge y tras el exilio en universidades norteamericanas y Puerto Rico. Murió en Boston en 1951. Escribió prosa y crítica poética (Jorge Manrique, Rubén Darío). Pero lo que sin duda destaca en su obra son sus nueve poemarios. Los principales son La voz a ti debida y Razón de amor. Su tema central es el amor. Este amor es fluido y feliz, sin el típico rechazo de la amada. En esta comunión amorosa se emplea una poesía sencilla y elegante, con pocas rimas y escasamente marcadas y empleando versos cortos.

Jorge Guillén nació en Valladolid en 1893. Enseñó español en París y Oxford y después en Murcia y Sevilla. Durante la dictadura franquista se exilió en Estados Unidos. En 1975 regresó recibiendo el primer Premio Cervantes. Murió admirado por todos en 1984, en Málaga. Hasta 1957 Guillén reunió su obra en un único libro titulado Cántico, que fue ampliando en sucesivas ediciones (1936, 1945, 1950). La poesía de este poemario es complejo y parte de la realidad, de sus vivencias. Guillén anda a medio camino entre la "poesía pura" y la vital. En 1957 publica Maremágnum, en la que su obra se tiñe de pesimismo.

Gerardo Diego nació en Santander en 1896. Él fue uno de los pocos que no se exilió durante la dictadura. Desempeñó una labor docente en Soria y después residió en Gijón, Santander y Madrid, donde muere en 1987. Compartió con Alberti, en 1925, el Premio Nacional de Literatura. Su poesía se caracteriza por su variedad formal, temática y de influencias. Su obra es por tanto heterogénea y busca la perfección Entre sus poemarios encontramos Manual de espumas, Versos humanos, Soria y Alondra de verdad (1941).

Dámaso Alonso nació en la capital de España en 1898. Catedrático, dirigió la Real Academia Española. Fue crítico literario, lingüista y poeta. Murió en su ciudad natal en 1990. Su obra comienza con poemas puros y sencillos. Sin embargo, tras la guerra, considera esta poesía esteticista aséptica y emprende una poesía más humana. En 1944 abre esta nueva etapa con Oscura noticia e Hijos de la Ira. En 1955, finalmente, publica Hombre y Dios. En esta segunda etapa trata sobre los temas eternos como la muerte, la injusticia, el dolor...

Vicente Aleixandre nació en Sevilla en 1898 pero su infancia transcurrió en Málaga y en 1909 se trasladó a Madrid. Una grave enfermedad le permite dedicarse enteramente a la poesía. En 1935 obtiene el Premio Nacional de Literatura con La destrucción y el amor. Fue miembro de la Real Academia Española y en 1977 recibe el Premio Nobel. Murió en Madrid en 1984. Su obra poética la componen Ámbito (1928), Espadas como labios (1932), La destrucción o el amor (1935), Sombra del Paraíso (1944) e Historia del corazón (1954). Su obra se centra en el hombre enamorado, ser elemental. Frente al amor opone la muerte y el dolor. En la España de la posguerra influyó enormemente en los jóvenes poetas.

 El granadino Federico García Lorca también nació en 1898. Su obra teatral es tan importante como su obra poética en la que destacan varias corrientes. Murió en 1936, fusilado por los franquistas en los primeros días de la guerra civil. Su obra poética comienza con Libro de poemas (1921), de corte modernista y "juanramoniano", si bien con sus primeros toques personales. Ese mismo año escribe Poema del cante jondo, publicado en 1931. En este poemario florece su estilo personal, con ecos populares y un colorido arraigado en el pueblo y los paisajes de Andalucía, combinando lo culto y lo popular. En 1924 escribe Canciones y comienza el Romancero Gitano, que fue publicado en 1928 y aclamado por todos. Entre 1929 y 1930 escribe Poeta en Nueva York, poemario surrealista que protesta contra un mundo masificado, despiadado y deshumanizado como el que se encuentra en la ciudad americana. En sus últimos años publicó Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935), Sonetos del amor oscuro y Diván del Tamarit (1936), influido por los antiguos poemas arábigo-andaluces. Así pues, en su obra se ve presente la poesía popular española, las imágenes difíciles de las vanguardias europeas, la poesía pura de Juan Ramón Jiménez y todo ello con un lenguaje personalísimo y magistral.

Rafael Alberti nació en la provincia de Cádiz en 1902. Siendo aún joven se trasladó a Madrid. Además de la literatura, se dedicó a la pintura y de manera activa a la política, como miembro del Partido Comunista. Durante la dictadura se exilió a Argentina, Uruguay e Italia. Restablecida la Democracia, volvió a España como diputado y en 1982 recibió el Premio Cervantes. Murió en su ciudad natal en 1999. Su obra también es muy heterogénea. En su obra se combina lo culto y lo popular, lo andaluz y lo castellano, lo barroco y lo escueto... En 1925 publica Marinero en tierra y siguen a este poemario El alba del alhelí, libro muy colorido y Cal y canto, de difícil gongorismo. En 1929 publica una de sus obras más relevantes, Sobre los ángeles, de rasgos surrealistas. Después de 1931 pone su pluma al servicio de los revolucionarios y califica su poesía anterior de "burguesa". Además de su poesía política, publicó en esta época entre otros poemarios Entre el clavel y la espada (1941), Pleamar (1944) u Ora marítima (1953). Es Alberti junto a Lorca, uno de los poetas más valorados de la generación del 27.

En 1902 nació en Sevilla Luis Cernuda y fue alumno en la Universidad de Sevilla de Pedro Salinas. Durante la dictadura, se exilió como profesor de varias universidades europeas y americanas. Falleció en México en 1963. Reúne su obra bajo el título de La realidad y el deseo, y publicó poemarios como Donde habite el olvido y Como quien espera el alba. Destaca su prosa poética recogida en Ocnos (1942). Su poesía de aire romántico se lamenta por la triste realidad y anhela la felicidad, el deseo. En sus primeros poemas está muy presente el amor prohibido (Cernuda fue un homosexual hijo de general y nacido en una sociedad puritana) y en el exilio escribe por el pasado perdido en su amada Andalucía o la antigua Grecia. Hoy día, es uno de los poetas más admirados de la generación.

Miguel Hernández no sólo empezó a triunfar como poeta justo antes de estallar la guerra civil sino que además continúa la línea creadora del grupo del 27. Nació en Orihuela en 1910. (Era dieciocho años menor que Salinas). Comenzó con un estilo inspirado en los clásicos españoles del siglo de oro con poemas amorosos y religiosos. En 1934 se traslada a Madrid, donde conoce a Pablo Neruda y comienza a escribir una poesía de ideología comunista. Estallada la guerra, se convierte en un símbolo del bando republicano. Al terminar la guerra fue apresado y murió de tuberculosis en 1942. En Perito en lunas (1933) emplea su primer gongorismo. Sin embargo, su poesía evoluciona hacia una mayor sinceridad, fuerza y humanidad, que le ha hecho célebre. De esta etapa destaca El rayo que no cesa y Viento del pueblo (1937).

Existen otros poetas que escribieron en esta época y mantienen rasgos comunes con los grandes del 27. Los más destacables son Manuel Altolaguirre, nacido en 1905 en Málaga y Emilio Prados, nacido en 1899. El primero posee una obra refinada e intimista y el segundo es autor del primer libro surrealista español. Otro nombre a recordar es Juan José Domenchina.

 

La poesía de posguerra

 

Acabada la guerra civil española, no sólo el país está en ruinas y dividido en dos bandos; también su literatura. Los grandes poetas anteriores al 1936 han perdido su unión de grupo e incluso con su país. Es decir, que aquellos que no han muerto (Unamuno, Antonio Machado, García Lorca), han huido al exilio (Juan Ramón Jiménez, Albeti, León Felipe). Muy pocos permanecen aquí (Dámaso Alonso, Aleixandre, Gerardo Diego) aunque su permanencia impulsará la literatura en España. Distinguiremos tres grandes grupos, no por estilos o generaciones, sino por su visión de la España de posguerra.

  

Los poetas del exilio

Así pues, en este grupo se encuentran poetas que ya han alcanzado el éxito y la madurez literaria antes de la guerra. Son poetas de las vanguardias y sobre todo de la Generación del 27. Son pocas las voces nuevas. Entre ellos destaca el "exiliado interior" (no salió de España pero sí de la vida pública) Juan Gil-Albert. Todos los críticos coinciden en tildar de "exiliada" a su poesía, por sus características comunes con los exiliados. Los nombres más destacables del exilio son Juan Ramón Jiménez pero sobre todo la continuada obra de Rafael Alberti, Luis Cernuda...

 

Los poetas "garcilasistas" o arraigados

Este grupo de poetas cercanos al recién instaurado régimen franquista se preocupó de cultivar una poesía de calidad técnica, al margen de consideraciones más humanas o existenciales. En ocasiones alcanzan una gran brillantez técnica. Otras veces declaran manifiestamente su afinidad a Franco con poemas triunfalistas como la "Oda al 18 de Julio" de Ridruejo. Se llaman poetas arraigados por encontrarse bien con la España que les rodea.

 

Llamada "Generación del 36" se agruparon en las denominaciones de "El Escorial" y "Garcilaso" por su patriotismo triunfalista la primera y por su clasicismo la segunda. Poetas clasicistas (y algunos dentro de la línea más "profranquista") son Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero y, por su clasicismo, aunque de temática existencial, Rafael Morales.

 

Posteriormente, entrando en la década de los 50, se cultivó una poesía claramente combativa en oposición a la situación política y social de la posguerra española. La llamada poesía social: José Hierro, Blas de Otero, Gabriel Celaya.

 

20/02/2010 12:09 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ Hay 2 comentarios.

EL COMPROMISO SOCIAL Y POLÍTICO DE MIGUEL HERNÁNDEZ

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EL COMPROMISO SOCIAL Y POLÍTICO DE MIGUEL HERNÁNDEZ

 Si Ramón Sijé  (José Marín) y los amigos de Orihuela le llevaron a una orientación clasicista, a la poesía religiosa y al teatro sacro, Neruda y Aleixandre lo iniciaron en el surrealismo y le sugirieron, de palabra o con el ejemplo, las formas poéticas revolucionarias y la poesía comprometida, influyendo, sobre todo Neruda y Alberti, en la ideología social y política del joven poeta provinciano. Superada esta crisis ideológica y estética, Miguel Hernández llega a ser un poeta comprometido con el pueblo.

  • En 1935 colabora en las Misiones Pedagógicas. Se afilia al Partido Comunista.
  • El estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 le obliga a apostar por la República. No solamente entrega toda su persona, sino que también su creación lírica se vuelve arma de denuncia y testimonio. Su poesía se hace instrumento de lucha, ya entusiasta, ya silenciosa y desesperada. Como voluntario se incorpora al 5º Regimiento, después de un viaje a Orihuela para despedirse de los suyos. Se le envía a hacer zanjas en Cubas, cerca de Madrid. Emilio Prados logra que se le traslade a la 1ª Compañía del Cuartel General de Caballería como Comisario de Cultura del Batallón de El Campesino. Va pasando por diversos frentes: Boadilla del Monte, Pozuelo, Alcalá. Lleva una vida agitada, con continuos viajes y apasionada actividad literaria. Todo esto y la tensión de la guerra le ocasionan una anemia cerebral aguda que le obliga por prescripción médica a retirarse a Cox para reponerse.
  • En febrero de 1937 es destinado en Andalucía al "Altavoz del Frente". Participa en el II Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia. Realiza un viaje a la URSS, formando parte de una delegación española enviada por el Ministerio de Instrucción Pública, para asistir al V Festival de Teatro Soviético. Se publican ’Viento del Pueblo’, ’Teatro en la guerra’ y ’El labrador de más aire’. En 1938 actúa como soldado, y como poeta, en diversos frentes. Varias obritas de Teatro en la guerra y dos libros de poemas que han quedado como testimonio vigoroso de este momento bélico: Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939).
  • Poemas a  figuras del frente republicano: “Rosario la Dinamitera”… Contra el fascismo.
  • Su poesía se llena de vivencias sociales y revolucionarias. Poeta del pueblo. El poeta es intérprete de sentimientos colectivos. En estos años sus poemas empiezan a tener conciencia social: es el poeta de la guerra civil. Con su verso y con su “sangre” va plasmando la tremenda experiencia de la guerra. (“Pueblo de mi misma leche”, dice el poeta). Superación de la etapa retórica. Poesía combativa y exaltada, de condenación del burgués. Defensor del pueblo, del oprimido, de los campesinos…  (“Viento del pueblo”). Muchos de estos poemas se escribieron pensando en la recitación pública. Poesía social. El contenido se esparce en cuatro direcciones: la elegía, la exaltación heroica, el sarcasmo combativo y lo social.
  • Los poemas de índole social, denunciadores de la injusticia, son de una ternura desgarradora. Sinceridad. Dolor compartido. Defensa de los explotados… En cierto sentido, su poesía establece un lazo de unión con “Los santos inocentes” de Miguel Delibes. Ejemplos: “El niño yuntero”, “EL sudor”, “Las manos”, “Jornaleros”. “Aceituneros”…
  • Poeta soldado: “cantando me defiendo y defiendo a mi pueblo”.
20/02/2010 12:09 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

La vida y la muerte en la poesía de Miguel Hernández

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LA VIDA Y LA MUERTE EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

 

 

Juan CANO CONESA

 

Nota previa: Todas las referencias que hagamos a los números de páginas citados en el presente trabajo se refieren a la obra Miguel Hernández. Antología poética. Edición y guía de lectura José Luis Ferris, Ed. Espasa Calpe (Austral Poesía), Madrid, 2000, 2007.

 

Casi la totalidad de los especialistas en la obra de Miguel Hernández, han observado la estrecha relación que existe entre la biografía y la creación lírica del poeta. Y es cierto. En todas las biografías de Miguel Hernández, la mejor de las cuales es, en nuestra opinión, Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, de José Luis Ferris, se hace una documentada relación de acontecimientos asociados a la vida del poeta y una incardinación muy acertada de dichos acontecimientos en la producción poética del escritor oriolano; en ella observamos cómo ambas realidades son inseparables. Pero más allá de los asuntos biográficos –a los que, evidentemente, aludiremos cuando el análisis temático de su poesía lo requiera- iniciaremos una línea de reflexión que tiene como objeto la contemplación de un proceso: la obra de Miguel Hernández es como una vida, con sus balbuceos iniciales, sus momentos de empuje juvenil, sus alardes de autoafirmación personal y sus convicciones de que no queda más remedio que aceptar la realidad como una pena, como una sucesión de heridas. Dicho esto, nos podemos permitir adoptar una visión rotunda y definitiva sobre lo que consideramos elemento infalible: la vida no es más que una maquinaria de destrucción o, como dice Heidegger, “el hombre es un ser para la muerte”. Pues bien: parece que toda la producción del poeta es una constatación de la terrible definición del filósofo existencialista.

 

En la poesía de Miguel Hernández se da perfectamente un discurrir dramático que comienza con la vida más elemental y balbuceante, una vida casi festiva, inconsciente y de ficción, que poco a poco –conforme se va configurando el sufrimiento y se va desarrollando la historia personal del escritor- acaba por deslizarse por la pendiente de la tragedia. Ahora es cuando ya podemos repetir sin prevención alguna lo que anteriormente decíamos: la vida y la obra de Miguel Hernández son inseparables, porque el hombre vive para la poesía, al tiempo que la poesía es el termómetro constante de las embestidas de su humanidad desbordante, de su pasión, de su reciedumbre, de su vida, de su obsesión poética: “En mis años de poeta –afirma Pablo Neruda de Miguel Hernández en Confieso que he vivido-, y de poeta errante, puedo afirmar que la vida no me ha dado contemplar un fenómeno igual de vocación y de eléctrica sabiduría verbal”.

 

Incluso en situaciones infaustas, demostró una gran calidad humana. Lleno de humanidad, callado, retraído y a veces impredecible, adquirió pronto la sabiduría de la privación y de la escasez. Pero también era espontáneo y dicharachero cuando la ocasión lo requería: podía perfectamente contar chistes, canturrear para animar a sus compañeros de cárcel o ayudar generosamente a sus vecinos de celda[1].

 

Sobrecoge el proceso vital que recorre la obra de Miguel Hernández. Independientemente de los estilos, tendencias literarias o influencias a los que los adscribamos, la mayor parte de los primeros poemas (fundamentalmente, hasta los que integran El rayo que no cesa), contienen un soporte de cierta despreocupación consciente, de vitalismo despreocupado y hasta, en ciertas ocasiones, de optimismo natural: en esta época su vida va por un camino (sueña con poder vivir para dedicarse a la poesía) y su obra por otro (contempla el mundo desde la perspectiva de sus poeta leídos y admirados). Quizás sea una osadía afirmarlo con rotundidad, pero podríamos afirmar que el primer espacio poético hernandiano estaría contagiado por la idea del primer Jorge Guillén, el de Cántico, el de la armonía esencial, el que proclamaba que el mundo estaba bien hecho.

 

Son muchos los poemas en los que se rinde homenaje a la naturaleza con un júbilo casi exultante: las plantas, las piedras, los bichos... todo lo vivo es bello, todo lo vivo inspira una gracia contagiosa y sin aristas. Lo natural es fuente de experiencia, en la que se presenta un rico caudal de imágenes y una especie de fundamento de vida dedicada a vivir, de vida dedicada a leer y a escribir. En estos poemas se nos presenta un Miguel alborozado y vital que busca en la Cruz de la Muela, en la colina de San Miguel o en las huertas de Orihuela el refugio apetecible de los clásicos para cantar los desdenes de la amada, la esperanza de una respuesta amorosa, los silbos del ruiseñor, los quebrantos de las tórtolas, la flor del trigo o, sencillamente, la armonía de la naturaleza. Pero más allá de la vida que confiere a las cosas, el vitalismo de Miguel Hernández percibe las cosas como si estuvieran vivas: la piedra amenaza, la luna se diluye en las venas, la breva es una madrastra, la palmera le pone tirabuzones a la luna, la espiga aplaude al día. La vida. Aquí no hay muerte; si acaso, una muerte anunciada por la llegada de los atardeceres, esos que sorprenden al poeta leyendo junto a un ciprés, mientras se encienden las estrellas y se apaga la luz. Queda flotando un silencio macizo que se recuesta sobre las frondas mientras expira la belleza desgraciada de la tarde.

 

Sobrecoge el cariño arrebatador con que el poeta contempla la naturaleza, esa exaltación de lo insignificante, ese pulimento de hedonismo levantino con que canta la belleza del vivir por el vivir: “Lagarto, mosca, grillo, reptil, sapo, asquerosos / seres, para mi alma sois hermosos. / Porque Iris, señala / señala con su regio pincel, / vuestra sonora ala y vuestra agreste piel. / Porque, por vuestra boca venenosa y satánica, / fluyen notas habidas en la siringa pánica. / Y porque todo es armonía y belleza / en la naturaleza” (página 65). La naturaleza es uno de los grandes tópicos de su obra, porque forma parte de su vida, de sus orígenes, de sus lecturas. Sus primeros poemas son, según Ferris,  “apuntes líricos, de estampas ajustadas a la geografía levantina que ilustró su niñez y que emplea oreándolas de bucolismo, amparándose en su capacidad sensitiva para captar los matices, las sensaciones que en él despierta el paisaje terruño” nos explica José Luis Ferris. En sus poemas descubrimos una naturaleza sentida como lector de la poesía del Siglo de Oro, una aire de égloga se escucha entre los versos, sobre todo, de sus primeras creaciones. Nos encontramos con pastores enamorados, ninfas y sátiros que expresan sus sentimientos en un entorno que evoca el locus amoenus.

 

Es el mismo Pablo Neruda quien se siente sorprendido por la lealtad que profesaba Miguel a sus orígenes: “El canto de los ruiseñores levantinos, sus torres de sonido erigidas entre la oscuridad y los azahares, eran para él presencia obsesiva, y eran parte del material de su sangre, de su poesía terrenal y silvestre en la que se juntaban todos los excesos del color, del perfume y de la voz del Levante español, con la abundancia y la fragancia de una poderosa y masculina juventud”.

 

Francisco Umbral, en “Miguel Hernández, agricultura viva”[2] afirma que el oriolano “es el hijo pródigo de la naturaleza, que la abandona un día, la sustituye por la cultura y luego volverá a ellas para siempre. La historia de ese alejamiento y ese retorno, de esa reconquista lenta de la naturaleza en su obra y en su vida, constituye la médula misma de su biografía interior…”

Y si algo de pena se incrusta en la poesía de la época anterior a la del Rayo que no cesa, e incluso a la de Perito en lunas, se trata de una pena más literaria que vivida, esa especie de melancolía que lo acerca más al dolor artificial e imitado que a la pena real en la que, más tarde, quedará existencialmente enredado. Esa pena a la que aludimos es literaria, ficticia, virgiliana (el poema “Pastoril”, en la página 70, recrea modulaciones bucólicas de los clásicos latinos y españoles, como hemos dicho anteriormente), pero legítima, porque, como dice el mismo Miguel Hernández, “la poesía es una bella mentira fingida”. Algunas de esas mentiras fingidas se posan en las ramas de los árboles que pueblan los árboles azules de luna (“Soneto lunario”), se hunden en las albercas, dibujan la risa de “Un gesto del alba”, o aprenden las lecciones de las aves que cantan su lección de armonía en un “Día armónico”. Hay una vida contemplada, ajena, vida palpitante en sus primeros poemas. Según Gloria Guardia, “hasta que no sufre la muerte de personas cercanas o las de la guerra, la muerte es un sentimiento más literario que real”. A propósito de esta alusión a la muerte de personas cercanas, permítaseme hacer un breve paréntesis para desmentir algo que ha venido diciéndose con frecuencia: que la primera experiencia de muerte de un ser querido fue la de Lolo, personaje al que Miguel Hernández dedica su “Elegía al guardameta”. Y ello, porque el tal Lolo (Manuel Soler, jugador del equipo de fútbol de Orihuela), no murió durante el partido. Afirma Pedro Collado Soler que sí se hizo una gran herida en la cabeza al ir a parar un balón. Por tanto fue la imaginación del poeta la que creó esa muerte (Lolo sería conducido a la cárcel alicantina en la que murió Miguel, pero no tuvo oportunidad de ver al poeta, que ya estaba agonizando). Esta elegía inspiró una tremenda secuencia narrativa a Salvador García Jiménez, quien en Coro de alucinados[3] dejó escrito lo siguiente:

 

Se escuchó el silbido de la fuerte respiración del jugador que sacó el córner. El Comba avanzó hacia el portero; saltó más allá de sus manos; se aplastó su nariz contra el balón que dio un segundo beso a las redes. Pero de la cabeza del Comba brotó una flor de sangre al rebotar en el larguero: sin peso, un segundo rebote en las espaldas de un jugador le subió a las redes y quedó apresado por ellas, sin tocar tierra, la mirada hacia el cielo, muerto definitivamente, pescado por Dios para su reino. Atrapado en las redes, parecía el jugador más hermoso de cuantos existieran. Las gargantas enronquecían, los ojos se desorbitaban. Jamás asistieron a un espectáculo igual. Y sin saberlo, entonaron un requiem improvisado –no podía ser otro para la inmensa sed del Comba–: «¡A la bin bon ban; el Comba, el Comba, y nadie más!» (1975: 287).

 

Lo dicho: que suena la vida, la lira y los torrentes. El poeta ordeña en cuclillas, celebra la risa de las granadas o escucha “más de un trillón de aves” que cantan bajo la batuta del profesor Sol. Claro que no hay canto más impresionante a la vida que el bellísimo poema en el que el amor se libera de la insoportable tristeza circundante (hemos dado un salto grandísimo en la poesía y en la vida de Miguel) e instala el centro del tiempo y del universo en el vientre de la mujer amada: “Menos tu vientre, / todo es confuso” (pág. 291). Pero no adelantemos acontecimientos y volvamos al transcurrir convencional de la vida y de la muerte.

 

Tras la exaltación de la naturaleza, llega la melancolía, que no es más que una interiorización de la vida circundante: hay un toque de muerte que inunda de tristeza el paisaje y que unge de tristeza al poeta. Sigue habiendo mucho de campo y de vida provinciana en Perito en lunas, macerados en un gongorismo hermético y de construcción sintáctica compleja. Imaginamos que esa complejidad formal respondería a una voluntad de exhibición que, como algunos estudiosos sostienen, supondría un intento de justificar su competencia, al margen de su condición de cabrero provinciano. En cualquier caso, y al margen de las interpretaciones y juicios de valor que se pudieren articular en torno a su estilo, a nosotros nos corresponde concluir que ahí queda la vida como concepto subyacente y aglutinador de vivencias y de temas. Porque Miguel Hernández va incorporando vivencias a su poesía, de la misma manera que su vida se va nutriendo de poesía: poesía vivida y vida dramáticamente poética, en definitiva. Esa incorporación viene dictada por la enorme personalidad del propio poeta que “tizna cuando estalla” (como la pena), que oscurece o ilumina cuanto trata, cuanto toca con su palabra encendida. En 1960 escribía Buero Vallejo “Miguel era un hombre a caballo entre la alegría y el dolor, entre la luz y la sombra (...) Hay poemas suyos en los que las palabras alegría, luz, sombra, se reiteran constantemente. ¿Por qué? Porque Miguel era ya un gran poeta trágico […] Él conoció tempranamente, dada su extracción humilde, el dolor, y después tuvo sobradas ocasiones de conocerlo a fondo de manera desgarradora; pero él, como verdadero hombre trágico que era, quería a toda costa, denodadamente, alcanzar la alegría [...] Recuerdo cómo le gustaba cantar y hasta cómo nos canturreaba cosas divertidas y un tanto chocarreras en ocasiones; solía contar también chistes. Y es que este hombre extraordinario era también un hombre como cualquiera de nosotros[4].

 

Un 28 de marzo de 1942, cuando moría el hombre, nacía un fuego inextinguible, aventado por el aliento poético de quien pronto llegó a convertirse en emblema, en mito universal. Cada poema de Miguel Hernández lleva cosido un jirón de vida y de muerte. Por eso, cuando se lee un poema, se rememora una existencia, es decir, una aventura dolorida y un desenlace atroz. Aquel aliento poético al que aludíamos fue alimento de una voz que llevaba prendida en la garganta el dolor y la rabia (“y llevo al cuello un vendaval sonoro”, afirma en el poema “Como el toro”, aludiendo a los mugidos del toro, del poeta). Ese “vendaval sonoro” viene a ser una de las figuras que mejor representan la coherencia del poeta: grito, mugido, rabia indisimulada, fracaso amoroso anunciado, rebeldía disonante y ronca, presagio de destrucción. La vida siempre se presenta amenazada por fuerzas incontrolables. Todo es un sino sangriento, un anuncio fatalista, una energía que encierra, en ocasiones, el germen de la destrucción.

Miguel Hernández llenó de vida –también de muerte- el centro de su poesía. Y la vida y la muerte –lo sabemos- configuraron la indisoluble asociación de una biografía y de una producción literaria.

 

                      Aquí estoy para vivir

                      mientras el alma me suene,

                      y aquí estoy para morir,

                      cuando la hora me llegue

                      […]

                      Varios tragos es la vida

                      y un solo trago es la muerte (Viento del pueblo, pág. 215)

 

Todo lo que nace del corazón está condenado a vivir. Todo lo que nace del vivir está condenado a morir. Pero, en contra de cualquier idea almibarada y nostálgica de la muerte, la poesía de Miguel Hernández, fabricada en las dilatadas estancias del corazón, está llena de un vitalismo trágico en el que todo queda envuelto por un presentimiento funesto, por un fatalismo sobrecogedor:

 

                      Me dejaré arrastrar hecho pedazos,

                      ya que así se lo ordenan a mi vida

                      la sangre y su marea,

                      los cuerpos y mi estrella ensangrentada.

                      Seré una sola y dilatada herida,

                      hasta que dilatadamente sea

                      un cadáver de espuma: viento y nada. (pág. 201)

 

Retoma Miguel Hernández el tópico literario que institucionalizara Góngora en el soneto “Por competir con tu cabello” y que continuara Calderón de la Barca en su auto sacramental Los encantos de la culpa. La diferencia entre Góngora y el poeta oriolano reside en que la certeza del final viene precedida en aquel de una juventud representada por metáforas florales, mientras que en éste predomina un campo léxico lleno de vocablos de connotación abrupta y dolorosa. Allí están el oro, el sol, el lirio y el luciente cristal próximos a su transformación “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”, mientras que aquí queda un ser hecho pedazos, su sangre, su estrella ensangrentada, su herida, próximos a su transformación en “un cadáver de espuma: viento y nada”

 

Todo es finalmente vida y muerte en la poesía de Miguel Hernández, al margen de los reconocidos símbolos y temas que la definen y la agrandan. Ese dualismo viene a significar un claro discurrir existencial y la inevitable disolución final. Ambos elementos configuran la imagen que Miguel posee del mundo. La vida y la muerte viene a ser una discordia que escinde su “yo”. La plenitud vital del toro, por ejemplo, está marcada por un destino trágico, por encima de esa masculinidad agresiva con que muge y se desangra. Su propia experiencia amorosa –sirva también como ejemplo este tema recurrente- contiene una palpitación destructiva muy cercana a la experiencia de la muerte (“los rostros manifiestan / la expresión de morir que deja el beso”). Porque, en definitiva, la muerte no es sino una fuerza interior indomable, que, en muchas ocasiones, viene reclamada por el sufrimiento y la desesperación inevitables. En El rayo que no cesa el poeta consigue “una maduración íntima del concepto del amor como destino trágico del hombre”, según José Luis Ferris. El amor es muerte, al tiempo que supone un impulso irresistible que busca la procreación, la búsqueda del vientre de esa criatura carnal que es la amada.

 

No queda lejos de ese destino la sangre, tópico que llega a constituir uno de los soportes fundamentales de la propia biografía y biología líricas (“un edificio soy de sangre y yeso”), además de una fuerza que convierte a los poetas en camino y viento (“Mi sangre es un camino”). También viene a representar una fuerza descontrolada que destruye (“Citación fatal”), una referencia mítica que proporciona gloria a los toreros, un jugo vegetal que alimenta (“Nanas de la cebolla”), una furia... La sangre es vida porque sale del corazón. Pero por encima de todo esto, la sangre es un complemento de la tierra, porque es vehículo de vida. La sangre viene a ser en Miguel Hernández pura materia sagrada.

 

Toda la obra del poeta oriolano está cruzada por una exaltación vitalista que, algunas ocasiones, llega a poner en duda el hecho de su propia existencia, fundida, al estilo barroco, con la muerte. Se nos revela, por tanto, un Miguel Hernández proverbial, lector y admirador de las grandes paradojas quevedescas (Gerardo Diego describe los sonetos del escritor oriolano como llenos de "sonora plenitud de quevedesco linaje”) y de las proverbiales dudas calderonianas:

           

Sigo en la sombra, lleno de luz: ¿existe el día?

            ¿Esto es mi tumba o mi bóveda materna?

            . . . . . . . .

            es posible que no haya nacido todavía,

            o que haya muerto siempre. La sombra me gobierna.

            Si esto es vivir, morir no sé yo qué sería,

            ni sé lo que persigo con ansia tan eterna.

 

Llega a decir Miguel Hernández que la existencia es un rodar constante “a la desnuda vida creciente de la nada”. Y en esta carrera desbocada de paradojas, nos llama poderosamente la atención ese verso en el que en el limitado espacio ocupado por catorce sílabas se viven sensaciones interminables: no acaba de llegar la muerte que libera y, sometido al sobrecogedor dominio de la fugacidad, el poeta canta la hermosura de la vida, sinónimo del dolor: “¡Ay la vida: qué hermoso penar tan moribundo!”. La pena es la consecuencia de mil heridas cobradas en el campo de batalla del vivir. Pero en absoluta concordancia con el “hermoso penar” hernandiano, y a pesar de tantas heridas de amor y de muerte, todavía queda al poeta un último aliento… dolorido y agonizante, pero aliento. En “El  hombre acecha”, el poeta ofrece en nombre de la libertad o, mejor, ofrece a la misma libertad sus ojos, sus manos, sus pies, sus brazos, su casa, todo: “Retoñarán aladas de savia sin otoño / reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida. / Porque soy como el árbol talado, que retoño: / porque aún tengo la vida”. El poema es una indisoluble unidad de vida mutilada y de aliento gozoso: el que proclama en el último verso.

 

Es muy característica esa lucha constante del poeta por conseguir la plenitud de cuanto va viviendo. Y el poeta absorbe todos los jugos de la naturaleza, vive todas las sensaciones de sus lectura favoritas, vive con pasión el amor como descubrimiento (Maruja Mallo), el amor como trémulo intento (Carmen Samper, apodada “la Calabacica”) el amor como ausencia (Josefina Manresa) y el amor como lejanía platónica (María Cegarra). Se va consumiendo en un sinvivir de búsquedas y definiciones que le encierran en el desconcierto, en la duda y en el pesimismo. De todo ese vivir quedan heridas profundas (“seré una dilatada herida”), ocasionadas por huracanes, tormentos, cuchillos, espadas, rayos e incertidumbres.

 

La vida y la muerte forman parte de un entramado sensual y arrebatado. Llegará la muerte cuando al poeta se le niegue el amor, cuando se le resista la plenitud gozosa de amar. Sin embargo, esa sensación de desaliento no dará la cara hasta que el poeta conozca la noticia de la muerte de Ramón Sijé. Ahí sí que sus versos se llenarán de rabia, de dolor, de hachazos, de heridas, de “rastrojos de difuntos”, de piedras, rayos y hachas, de dentelladas... Vivir es penar y morir: “No podrá con la pena mi persona / circundada de penas y de cardos: / ¡cuánto penar para morirse uno!”.

 

La muerte como asunto poético de primer orden es tema recurrente en Miguel Hernández, como lo fuera en Quevedo. En este sentido, José María Balcells analiza la presencia de Quevedo en el poeta oriolano: “el morirse a cada instante es una de las coincidencias entre los dos, pero el oriolano no poseía la suficiente disciplina mental como para controlar la idea de la muerte”. Concluye el profesor Balcells afirmando que la muerte es una tragedia para Miguel Hernández, mientras que para Quevedo es una tragicomedia.

 

No es necesario recurrir a los estudiosos de la obra de Miguel Hernández para concluir que los tres grandes temas de su poesía son los que él mismo declara en “Llegó con tres heridas”, poema perteneciente a Cancionero y romancero de ausencias:

 

            Con tres heridas yo:

            la de la vida,

            la de la muerte,

            la del amor.

 

Estas tres heridas vienen a configurar el ámbito temático de la poesía hernandiana. Si consideramos que la “herida” viene ocasionada por instrumentos o situaciones que agreden al poeta, llegaremos a la conclusión de que aquélla, la herida, es un elemento remático, consecuencia de los numerosos tópicos que configuran no pocos poemas de El rayo que no cesa. Veamos algunos casos: ‘cuchillo’, ‘rayo’, ‘espadas’, cornadas’, ‘cuernos’, ‘puñales’, ‘turbio acero’, ‘hierro infernal’, ‘pétalos de lumbre’, etc. De todos es sabido que estos instrumentos del dolor que proporcionan alguna suerte de herida, adquieren una expresividad dramática, agónica y desesperanzada en la elegía dedicada a Ramón Sijé. En ella aparecen unos términos que, acompañados por sus correspondientes adyacentes, configuran un mosaico de rabia y de dolor inconsolables: ‘manotazo duro’, ‘golpe helado’, ‘hachazo invisible y homicida’, ‘empujón brutal’, ‘tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes’, ‘dentelladas secas y calientes’... Es insólito y decididamente genial el hecho de llenar de lirismo unos conceptos tan poco líricos como los citados. También podríamos aludir a las situaciones que originan las heridas más espirituales (éstas sí que contienen toda la esencia de una poesía más ortodoxa y convencional); estas situaciones están descritas con hermosas imágenes que reflejan lo que podemos llamar heridas de ausencia o de desesperanza: ‘pena’, ‘naufragio’, ‘noche oscura’, ‘llanto’, ‘triste instrumento del camino’ (bellísima metonimia referida al propio “yo” poético), ‘huracanado’, ‘invierno’, ‘diluviado’, ‘amoroso cataclismo’, ‘agonía’, ‘adiós’...

 

Decíamos que la vida y la muerte configuran una indisoluble asociación. Está claro que cuando el poeta trata como tema la vida, está tratando también la muerte. Por eso, desde la espléndida paradoja mística del “vivo sin vivir en mí” hasta el rotundo juego de identificaciones e identidades hernandianas, el vivir y el morir confluyen en un único cauce expresivo, tan de inspiración quevedesca como el

 

            Callo después de muerto.

            Hablas después de viva.

            Pobres conversaciones

            desusadas por dichas

            nos llevan a lo mejor

de la muerte y la vida.

 

La muerte es un acontecimiento no lejano a las propias vivencias del poeta (claro que ajeno a las mismas –al menos hasta el 28 de marzo de 1942-, por aquello de que sólo se mueren los otros, como dijera Heidegger), pues mueren tres de sus hermanas, muere su primogénito a los pocos meses de nacer y se le mueren conocidos y amigos, entre los que destacamos a Ramón Sijé, personaje universalmente conocido gracias a la famosa “Elegía” del poeta oriolano. “El fuego de la vida estaba en su alma”, afirma Vicente Aleixandre en carta enviada al poeta canario Juan Maderos en 1946. Él, que tanto cantó a la muerte, calificándola incluso de “muerte enamorada”. Procede recordar el espléndido verso en que Miguel llega a conjuntar conceptos tan expresivos como ‘vida’, ‘hermoso’, ‘penar’, y ‘moribundo’: “¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!”

 

Aludíamos a la muerte de Manolillo, de tan sólo diez meses de edad, “consumido por la enfermedad y muerto en un rincón con los ojos espantados y abiertos –estamos citando a José Luis Ferris, página 392 de Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta-. Esta muerte supuso un mazazo inmisericorde en el corazón de un hombre que amaba a los niños con pasión y que, por entonces, iba sobreviviendo (o sobremuriendo, si se nos permite la expresión), a golpe de desgracia. A Cancionero y romancero de ausencias pertenece el poema “A mi hijo”, del que entresacamos los siguientes versos:

 

            Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío,

            abiertos ante el cielo como dos golondrinas:

            su color coronado de junios, ya es rocío

            alejándose a ciertas regiones matutinas.

            Hoy, que es un día como bajo la tierra, oscuro,

            como bajo la tierra, lluvioso, despoblado,

            con la humedad sin sol de mi cuerpo futuro,

            como bajo la tierra quiero haberte enterrado.

 

Este hijo muerto será objeto de una constante pena. En El hombre acecha escribe las siguientes palabras, dirigidas a Neruda: “Pablo: un rosal sombrío viene y se cierne sobre mí, sobre una cuna familiar que se desfonda poco a poco, hasta entreverse dentro de ella, además de un niño de  sufrimiento, el fondo de la tierra...”.

 

Basándonos en los versos anteriores, queremos llamar la atención sobre una dramática coincidencia: también Miguel Hernández permaneció con los ojos abiertos después de haber muerto. He aquí el estremecedor relato del entierro de Miguel:

 

Amortajado por sus propios amigos, fue conducido hasta el patio de la prisión, donde a media tarde, formada la población reclusa en perfecto duelo, la Dirección del establecimiento permitió que los presos desfilaran ante el poeta y que la banda del reformatorio interpretase la Marcha fúnebre de Chopin. El humilde ataúd fue sacado a hombros por Antonio Ramón Cuenca, Luis Fabregat, Ambrosio, Monera y Pérez Álvarez hasta el exterior del recinto, donde fue entregado a la empresa de pompas fúnebres y a la familia de Miguel. Allí esperaba un modesto coche de caballos y cinco personas: Elvira Hernández, Consuelo (una vecina de aquella), Miguel Abad Miró, Ricardo Fuente y la esposa del poeta. “El largo camino al cementerio –relata Josefina- era de bancales a un lado y a otro. Los campesinos, en el barbecho, se incorporaban apoyándose en los riñones quitándose el sombrero. Muchos de ellos se quedaban largo rato mirando el entierro”. Llegados al camposanto de Nuestra Señora de los Remedios, nadie pudo quedarse a velar el cuerpo de Hernández aquella noche, por ser lugar a donde aún llevaban a fusilar a los presos condenados. Fue a la mañana siguiente cuando se le dio sepultura en el nicho 1009. Abad Miró relata, con evocadora dureza, que él y Ricardo Fuente, antes de introducir el ataúd en el hosco agujero, decidieron “abrir la caja porque no sabíamos si estaba desnudo, si estaba vestido, porque nos lo entregaron cerrado en un féretro [...] me encontré con esa cosa que aún me obsesiona: el cadáver de Miguel era una especie de ninot de falla, tan flaco, tan extremadamente flaco y con los ojos abiertos. Entonces me salió del alma el comentario: “Ni siquiera le han cerrado los ojos”. A la media hora, el director del reformatorio sabía lo que yo había dicho. Y el mismo día llamó a Ricardo Fuente, que era el último que había salido del reformatorio, para decirle que Miguel no tenía los ojos cerrados porque no se le podían cerrar”. Más adelante, José Luis Ferris presenta el parte médico, elaborado y rubricado por Pérez Miralles, en el que dicho médico certifica que Miguel padecía una enfermedad metabólica (síndrome de Kraus) que explicaría dicha circunstancia.

 

Y ya que hemos citado El hombre acecha, digamos que, durante su composición, Miguel se convierte –según palabras de María Zambrano- en “un hombre vuelto hacia adentro, enmudecido”. Su intimismo se puebla  de una visión desalentadora ante tantas heridas, muertes, rencores y odios sin fin. Las dos españas se han declarado la guerra (“Alarga la llama el odio / y el amor cierra las puertas. / Voces como lanzas vibran, / voces como bayonetas”), ha desaparecido el entusiasmo hernandiano y los poemas se tiñen de dolor. Cuando pasa la guerra, los poemas se oscurecen con el desengaño y la tristeza. En la cárcel compone lo que podríamos describir como diario de la desolación, un poemario cercano a la desnudez de la verdad más dura y terrible, que es lo que viene a ser el Cancionero y romancero de ausencias: ha muerto su primer hijo (“Ropas con su olor”, “Negros ojos negros”, “El cementerio está cerca”), ha sido condenado a muerte, conoce la vida de la cárcel, es azotado por una enfermedad médicamente mal tratada y vive en las más absoluta soledad (“Ausencia en todo veo: / tus ojos la reflejan”). Pero por encima de todas las calamidades, quedan el amor y la libertad (“Antes del odio”). La fuerza y la rebeldía de Miguel Hernández comienzan a resquebrajarse y vislumbra un final inevitable en el que canta los pedazos de vida que va dejando en el camino, la agonía hacia la que vuela (“voy alado a la agonía”), la tristeza de las guerras, de las armas y de los hombres. Y en medio de tanta negrura y de tanta sangre (“tiempo que se queda atrás / decididamente negro, / indeleblemente rojo...) la voz nada retórica del poeta se reviste de nostalgia y habla al hijo y a la esposa en el bellísimo poema “Hijo de la luz” (págs. 288 y 289):

           

Hijo del alba eres, hijo del mediodía.

            Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,

            mientras tu madre y yo vamos a la agonía,

            dormidos y despiertos con el amor a cuestas.

 

            Hablo y el corazón me sale en el aliento.

            Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.

            Con espliego y resinas perfumo tu aposento.

            Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.

 

Ha llegado la hora de la resignación (“todo lo he perdido, tierra / todo lo has ganado”, pág. 305). No obstante, los últimos poemas son tal vez los más tiernos y melancólicos de toda la obra hernandiana. Se cierra el ciclo volviendo al amor, porque no hay salvación ni redención posible si no se ama. Aparecen constantemente la amada, el hijo, la infinita añoranza del que mientras se muere a chorros, respira por la esperanza de la inmortalidad. El amor pone alas al poeta: “sólo quien ama vuela”, leemos en el poema “Vuelo”.

Se han cumplido los presentimientos de muerte que sobrevuelan el destino trágico del poeta. Muchos de los acontecimientos que marcan dramáticamente su biografía penetran en la obra y definen a su autor como un ser que casi desde siempre convive con la idea de la muerte, desde aquellas primitivas ceremonias religiosas a las que jugaba desde niño. Dice Odón Betanzos:

                     

Tiene conciencia el poeta del origen de su sino y de su muerte, detalles que se manifiestan de muchas maneras en su obra. Existe en el poeta un recreo en el dolor, en la muerte, como si ya se hubiera acostumbrado a ambos […] Hay palabras que marcan a los creadores. Marcan su voz y su destino. Al expresarlas y escribirlas se perpetúan con la sombra de las palabras pero también les marcan el caminar en la obra. Así, sangre, navaja y muerte en Federico García Lorca, y su muerte fue con sangre; lienzo, tules, campanas de muerte, olvido y en olvido y tristeza murió Bécquer; camino, tan usado por Antonio Machado es por donde sus pasos van al exilio. En Miguel Hernández vulnerar es herir, herir la vida con la palabra misma. Todo acto de creación es intuitivo, por encima del ser y más allá del querer y de la vida misma. En “vuelo vulnerado”, por ejemplo, se vulnera el cielo y, sin quererlo, se atraviesa y corta la vida. Góngora, San Juan de la Cruz van de la mano de Hernández, pero ya el levantino se perfila con su propia voz.

 

[…]

 

El poeta nos fue dando signos en su obra para interpretar su sino y su destino en muerte: nueve años de su muerte, en la figura del Hombre, en su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras, se verá muerto el poeta con los detalles precisos de su propia tragedia […] ¡Venid! ¡Llegad! ¡Cargadme! Aquí estoy muerto y de cuerpo presente.

La poesía de Miguel es agónica y fuerte; parece como si estuviera escrita por un toro que levantara versos de la tierra con la fuerza de un “huracán de lava”. Los versos de Miguel se van dibujando a gritos, porque jamás se resignó al trato que le proporcionó la vida: “No me conformo, no: me desespero”.

Muestro y señalo su poesía concisa, reconcentrada, dolorida, cadenciosa, en filo de vida y en filo de muerte alargada y presentida. Rejas sin mirada de esperanzas, hálito de sencilleces que se filtra y en humanidad infinita se recuesta. Cancionero… que tiene ángeles llorosos, palabra mordida, emoción en respiro. Poesía testimonial del dolor y las ausencias, de la luz que se muere porque se muere la vida. Así de grande es esa poesía que estremece al fuerte y lo hace llorar por las entrañas arriba”.

 

La obra lírica se articula en torno a instrumentos de muerte. Mientras García Lorca vuelve a Granada con el miedo metido en la sangre, Miguel Hernández lee el poema “Sino sangriento” (págs. 198-201) en una emisora de radio. Como una funesta premonición –que bien pudiera atribuírsele al desdichado de Federico, pasajero del retorno definitivo a su tierra y del viaje sin fin al fondo del valle de Viznar-, el largo poema se construye sobre cimientos de sangre, sobre sementeras de la nada en donde se horroriza un alma color de amapola. Y se hunde en un mar malherido “un planeta de azafrán”, “una nube roja enfurecida”, “un cielo”. Un “dolor de cuchillada” recibió al poeta mientras mamaba leche de tuera y exprimía las espadas. Persigue la sangre al poeta y una fuerza desarrollada por la madre le empuja a la fosa inapelablemente. A la madre tierra ha de llegar herido por los zarpazos de la vida, por borbotones de sangre, dardos de avena, ansias de muerte, hachas, piedras, cadenas, serpientes, alcobas llenas de vacío, de nuevo un puñado de sangre trepadora que crece y se desborda y arrastra y despedaza y hunde y atropella y hiere…. hasta convertir al poeta en un “cadáver de espuma”. Él mismo lo dijo y nosotros, para terminar, lo repetimos:

 

            Me dejaré arrastrar hecho pedazos,

            ya que así se lo ordenan a mi vida

            la sangre y su marea,

            los cuerpos y mi estrella ensangrentada.

            Seré una sola y dilatada herida,

            hasta que dilatadamente sea

            un cadáver de espuma: viento y nada.



[1]Cierto preso miraba preocupado una fotografía de su hija, que dentro de unos días celebraría su onomástica y para la que no tenía nada que poderle mandar. Miguel, al saberlo, tomó prestada la foto y le dedicó ese precioso poema que se titula “El pez más viejo del río” (...) Para concluir que “esta obra de Miguel (...) expresa magistralmente esa lucha entre el dolor y la alegría del poeta trágico que era. Del grande, dolorido y solitario hombre que fue (...) Así de radicalmente humano era Miguel Hernández” (Buero Vallejo).

[2] Cuadernos hispanoamericanos, nº 230, febrero de 1969

[3] Esta novela, Premio Cuidad de Murcia 1974, fue publicada en Ediciones Marte, Barcelona, 1975.

[4] http://www.elecohernandiano.com/numero%2013/serecuerdo.htm

20/02/2010 11:57 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

EL AMOR EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

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EL AMOR EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

 

El amor es uno de los ejes temáticos de la poesía de M.H.  (“La vida, el amor, la muerte”). Su obra se escribe en un periodo de tiempo de apenas 10 años, y siempre está ligada a su experiencia vital. A un existencia intensa y complicada, nada fácil. El poema de su último libro, Cancionero y romancero de ausencias,  “Llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida”… lo resume muy bien, de manera sencilla. La metáfora de la “herida” se convierte en vehículo simbólico de toda la existencia.

 

 

  • En “Perito en lunas” aparece ya el tema amoroso con encendido sensualismo. El amor apasionado y hasta brutal (“Negros ahorcados por violación”)

 

  • En “El rayo que no cesa” la temática es casi exclusivamente amorosa. 27 sonetos formalmente perfectos y de fuerza apasionada. Amor ardiente y exaltado, como destino trágico del hombre. El cuchillo, un carnívoro cuchillo, (elemento fálico) del primer poema y el rayo (en el mismo título) ya nos dan a entender que concibe el amor como herida y dolor. Violencia y destino funesto, negros presagios que se revelan en la presencia recurrente del toro. Virilidad y nobleza. El deseo sexual desemboca en “picuda y deslumbrante pena”. La serpiente, órgano sexual masculino, se utiliza reiteradamente como símbolo del pecado, de los oscuros instintos del hombre. El desdén de la amada, el rechazo a sus requerimientos, provoca en el poeta la pena y la desdicha. En todo el libro es posible ver la influencia de Quevedo, sobre todo en la imagen del toro enfurecido.

 

  •  “Viento del pueblo” es un libro de poesía social, donde el “yo” del poeta da paso a un sujeto lírico colectivo: el pueblo. Sin embargo, podemos encontrar algunos poemas de temática amorosa (“Canción del esposo soldado”). Lo mismo ocurre en  “El hombre acecha”: el amor aparece como elemento salvador del hombre. Así lo encontramos en el poema “Carta”, o en el requerimiento a los poetas, a los que invita a hablar del amor. “Florecerán los besos sobre las almohadas”…

 

  • “Cancionero y romancero de ausencias” es un poemario escrito en la cárcel. Tristeza y soledad.  Es un diario de la desolación. La enfermedad y las condiciones tan tremendas en las que vive se reflejan en sus versos. Y sin embargo, a pesar de la certeza de la muerte cercana (“Esposa, sobre tu esposo /suenan los pasos del mar”), aparecen el amor  (“”Llegó tan hondo el beso que traspasó y emocionó los muertos”) y la libertad (“Antes del odio”). La alegría por el nacimiento de su segundo hijo (“Tu risa me hace libre/ me pone alas”).  Los últimos poemas son tal vez los más tiernos de su obra: “solo quien ama  vuela”. “Todo está lleno de ti”, “Menos tu vientre, todo es confuso”…

 

20/02/2010 11:53 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

IMÁGENES Y SÍMBOLOS EN LA POESÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

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  • Imágenes de su entorno en sus primeros poemas:
    • El limonero
    • El pozo
    • La higuera
    • El patio
  • La imagen del pastor:  “En cuclillas ordeño / una cabrita y un sueño”
  • El deseo erótico bajo la apariencia de composición bucólica (“¿En dónde hallar a la ninfa que ha puesto mi sexo alerta?”)
  • En “Perito en lunas” las imágenes y símbolos complican la comprensión de los poemas, llegando a ser auténticos “acertijos líricos”, como decía el poeta Gerardo Diego. Góngora y el barroco están detrás de los símbolos.
    • El toro: sacrificio y muerte (y lo que se asocia al mundo de los toros: cuernos, toreros, sangre, cogidas…)
    • La palmera: el paisaje / chorro hacía lo alto / espíritu
    • Veleta > danzarina, viuda (sola) > bailarina Josefina Baker, negra y viuda…
    • Higuera / higos // remo exigente // perpendicular morena // serpiente: sexo masculino
    • Asalto: violación
    • Nácar hostil: cuerpo femenino
    • Norte: los blancos
    • Sur: los negros
  • En “El rayo que no cesa” la temática amorosa propicia un lenguaje simbólico y lleno de imágenes:
    • Rayo: deseo
    • Sangre: deseo sexual
    • Tirar un limón: deseo sexual
    • Calentura: excitación sexual
    • La camisa: sexo masculino
    • El limón: pecho femenino
    • El vientre / oasis: sexo femenino
    • La amada, que no corresponde al amor: cardo, zarza, …
    • Agua: vida
    • Luna: muerte
  • “Viento del pueblo” es un libro de poesía social, donde las imágenes y metáforas están al servicio del compromiso:
    • Viento: voz del pueblo
    • Buey: pueblo cobarde y resignado, sumiso…
    • León: rebeldía, fuerza, inconformismo…
    • Manos / sudor: trabajo
  • El título de  “El hombre acecha” recuerda la máxima latina traducida por el hombre es un lobo para el hombre. Nos encontramos el hombre como fiera (y aparecen asociadas  palabras como “colmillos”, “garras”, “tigres”, “lobos”, “chacal”, “bestia”…). La sangre ahora significa dolor y la muerte llega simbolizada en el tren…
  • “Cancionero y romancero de ausencias” es un poemario escrito en la cárcel. Tristeza y soledad. La alegría por el nacimiento de su segundo hijo (“Tu risa me hace libre/ me pone alas”). Y la certeza de la muerte cercana (“Esposa, sobre tu esposo /suenan los pasos del mar”)
20/02/2010 11:48 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

MIGUEL HERNÁNDEZ, MISIONERO DE LA CULTURA

Este interesante artículo ha salido en La Verdad el 31 de diciembre de 2009.

 

http://www.laverdad.es/murcia/20091231/cultura/miguel-hernandez-misionero-cultura-20091231.html

31/12/2009 11:38 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

COMENTARIO DE TEXTO

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APROXIMACIÓN AL SONETO DE MIGUEL HERNÁNDEZ

 

 

YO SÉ QUE VER Y OÍR A UN TRISTE ENFADA

 

 

 

 

 

 

 

Juan CANO CONESA

 

 

 

 

 

YO SÉ QUE VER Y OÍR A UN TRISTE ENFADA

 

            Yo sé que ver y oír a un triste enfada

            cuando se viene y va de la alegría

            como un mar meridiano a una bahía,

            a una región esquiva y desolada.

 

            Lo que he sufrido y nada todo es nada

            para lo que me queda todavía

            que sufrir el rigor de esta agonía

            de andar de este cuchillo a aquella espada.

 

            Me callaré, me apartaré si puedo

            con mi constante pena instante, plena,

            adonde ni has de oírme ni he de verte.

 

            Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,

            pero me voy, desierto y sin arena:

            adiós, amor, adiós hasta la muerte.

 

Antes de dar paso a la interpretación y análisis de este poema, es obligado hacer una breve referencia a algo que desvelará, supongo, parte del misterio que encierra el personaje al que se dirige el soneto, es decir, la enigmática receptora de este lamento de amor no correspondido. El soneto “Yo sé que ver y oír a un triste enfada” forma parte del libro El rayo que no cesa. Según la investigación llevada a cabo por José Luis Ferris, este famoso poema, junto con otros siete, está inspirado en María Cegarra, a quien se dirige líricamente. Los otros poemas son: “Tengo estos huesos hechos a las penas”, “Mi corazón no puede con la carga”, “Silencio de metal triste y sonoro”, “Vierto la red, esparzo las semillas”, “Fatiga tanto andar sobre la arena”, “Al derramar su voz su mansedumbre” y “Por desplumar arcángeles glaciales”. Es decir, la mujer amada, el “tú” lírico al que se alude con el vocativo “amor” tiene nombre y apellidos (no es una invocación universal y abstracta al amor): se trata de María Cegarra, la poeta de La Unión, nacida en 1903 y autora de tres libros de poesía: Cristales míos, Desvarío y fórmulas y Cada día conmigo. El resto de los poemas que integran El rayo que no cesa (30 en total) se atribuyen referencialmente a Maruja Mallo, la pintora gallega que despertó la pasión amorosa del poeta[1]. Hay que decir inmediatamente que en el poemario hay tres dedicados a Josefina Manresa, su futura mujer: “Me tiraste un limón y tan amargo”, “Te me mueres de casta y de sencilla” y “Una querencia tengo por tu acento”. Hagamos una última apreciación innecesaria: la “Elegía a Ramón Sijé”, que también se incluye en El rayo que no cesa,  no tiene nada que ver, evidentemente, ni con el tema central del poemario ni con las personas a las que he aludido. Rompe, por tanto, la unidad temática del libro que, como se sabe es (a grandes rasgos y matices aparte, el amor).

 

Miguel Hernández y María Cegarra se conocieron el 2 de octubre de 1932, con motivo del homenaje que el pueblo de Orihuela tributó a Gabriel Miró. A principios de 1933 se volvieron a encontrar, en esta ocasión en Cartagena. Tras la ruptura sentimental de Miguel con su novia, Josefina Manresa, y abandonado por Maruja Mallo, aquel vuelve a visitar a María Cegarra (debió ocurrir esto el 26 o 27 de agosto de 1935, fecha del último encuentro entre ambos) y le lleva unos sonetos ya publicados en El rayo que no cesa; en uno de ellos, el titulado “¿No cesará este rayo que me habita?”, escribió aquella conocida dedicatoria que tantos comentarios levantó: “A mi queridísima María Cegarra, con todo el fervor de su Miguel Hernández” (la dedicatoria estaba manuscrita; no trascendió a la obra impresa). Mucho más comentada e intrigante es la dedicatoria con la que se abre el poemario: “A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya”. Se trata de una dedicatoria enigmática (decepcionada, diría yo) que Ferris atribuye argumentadamente a Maruja Mallo. Pero esa no la historia de la que procede hablar en estos momentos.

Pues bien: decíamos que a partir del aludido encuentro, comienza una relación epistolar que se vio truncada cuando María Cegarra, sin explicación alguna, dejó de escribir. Esta decisión dejó a Miguel confuso y dolorido: “Por lo visto, tampoco tiene interés conmigo”, escribió a Carmen Conde y Antonio Oliver. Tras la muerte de María Cegarra, aparecieron las cartas que Miguel Hernández le envió; en ellas Miguel le declaraba un amor puro y le reprochaba sus silencios. Definitivamente, su situación amorosa quedaba herida: nunca correspondido por la oriolana Carmen Samper; incomprendido por Josefina Manresa, con la que había roto sus relaciones; rechazado sin contemplaciones por Maruja Mallo; discreto y misterioso con María Zambrano y delicadamente ignorado por María Cegarra.

 

Todas estas heridas de amor propician el hecho de que el propio poeta se considere algo así como el “caballero de la triste figura”. De forma parecida se autodenomina en el presente poema, pues tras sentirse rechazado, aparece la figura del “triste”, personaje que, autobiográficamente, emerge en el primer verso del poema: “Yo sé que ver y oír a un triste enfada”.

 

Haciendo un inocente alarde de intertextualidad, llama la atención aquel pasaje de la Celestina en que Calixto, tras ser rechazado en primera instancia por Melibea, alude a conceptos y situaciones que encontramos en el soneto: “Cierra la ventana y deja la tiniebla acompañar al triste, y al desdichado la ceguedad. Mis pensamientos tristes no son dignos de luz. ¡Oh bienaventurada muerte aquella que deseada a los afligidos viene!”. También me vienen al recuerdo aquellas palabras escritas por Margarita Duras, cuando trataba de justificar la presencia del triste (o de la tristeza) en la literatura. Afirmaba la escritora francesa, nacida en Saigón: “la alegría no nos necesita”. Es verdad. No aceptar la tristeza es quedar al margen del mundo, del destino, de la comprensión de la condición humana. Por otra parte, Ana María Matute defiende que “la verdadera literatura es triste”, porque triste es la vida. Y para terminar con esta digresión, queremos recordar la figura del gran Verlaine, garabateado por mil cicatrices y sangrante de heridas incurables, repleto de músicas, imponente de penas y usuario de una fe irrepetible y de amores furiosos. ¿Qué se pretende al presentar la tristeza como el centro de la visión de los poetas? Según Vargas Llosa, la compasión. Tras esta respuesta enlazamos una nueva pregunta: ¿qué pretende Miguel Hernández al despedirse de la amada como un personaje derrotado?

 

En el presente soneto se escucha la voz del poeta, que, tras insinuar cierto despecho amoroso que le ha proporcionado un sufrimiento que todavía no alcanza a la magnitud del que le espera, decide refugiarse en el desamparo y en el silencio, despidiéndose de su amada hasta la muerte. El proceso de esta situación irreversible se articula a través de ciertos momentos intensos que se organizan en torno a las siguientes ideas, coincidentes con cada una de las cuatro estrofas en que se divide el soneto:

 

a)         El “yo poético” reconoce la contrariedad que proporciona a los demás escuchar las quejas del triste. Éste habla de ese viaje amoroso que comienza en la alegría y termina por desembocar en la desolación. Viene de la luz y se dirige hacia una región esquiva, es decir, a los dominios del desdén.

b)         Anuncia el sufrimiento que le espera. Este sufrimiento se identifica con una congoja, una aflicción (“esta agonía”) provocada por dos heridas que abrieron dos objetos punzantes: la herida de “este cuchillo” y la de “aquella espada”. Interpretamos que el cuchillo provoca las heridas del dolor actual (amor no correspondido), mientras que “aquella espada” nos remite al dolor de un amor acabado hace algún tiempo y que causó mayor tormento que el actual (pensamos que se esté refiriendo a lo que quedó de su relación con Maruja Mallo, su gran pasión amorosa).

c)          Declara la retirada a los espacios del silencio y de la ausencia. Así, mientras el poeta opta por callar, la pena insta (“pena instante”, es decir, pena que grita, que se retuerce, que ruega, suplica). Recordemos que instar es, según la RAE,  “Repetir la súplica o petición, insistir en ella con ahínco”.

d)         Tras una vacilación llena de contradicciones y correcciones, se despide de la amada para siempre, “hasta la muerte”.

 

El poema comienza con una visión global y distanciada de lo que ocurre a los que sufren el mal de amor no correspondido. Decimos lo de distanciada porque el poeta se sitúa como espectador de alguien. Plantea el asunto como si “la cosa no fuera con él”. Este recurso tiene como misión sorprender las expectativas del lector, que pronto sabrá que “el triste” y el “yo” se identifican. Así, la sorpresa contribuirá a elevar el umbral del dolor. Existe por tanto en el primer verso una reduplicación del “yo”, cuyas marcas gramaticales vienen determinadas por el uso de la primera persona (“Yo sé”) y de un Complemento Directo representado por una tercera persona (a él, a un triste…, que soy yo). Inmediatamente, en el verso segundo, comienza un tono de impersonalidad (“se viene y va”). Tanto las expresiones “un triste” como los aludidos rasgos de impersonalidad vienen a universalizar el sentimiento amoroso de quien ha vivido la alegría y viene a desembocar en la tristeza. Como hemos adelantado, parece como si el poeta estuviera preparando el ambiente idóneo para entrar en la dura experiencia del dolor descrito en una lacerante primera persona, como el narrador más narrador que pueda darse en los relatos: el autodiegético. En este poema se cuenta un dolor, el proceso de una pena. Y lo “cuenta” una persona triste, ultrajada por la esquivez, es decir, el Miguel Hernández artista y hombre. No hay anécdota, no hay datos: sólo enfado, alegría pasada, desolación futura, sufrimiento, heridas, silencio futuro, ausencia futura, soledad vacía, desértica, y despedida.

 

En el segundo cuarteto, pues, emerge la realidad del “yo”. Es decir, se revela la identidad del “triste”, asociada al poeta enamorado, que adopta la primera persona, no como espectador, sino como sujeto. Es fácil descubrir ahora que la alegría queda representada por el “mar meridiano”, es decir, por el mar luminoso y brillante que viene a cobijarse en la mansedumbre acogedora de la bahía (la bahía es la calma que inspira al poeta la figura de la amada, posible refugio de sus ardores pasados). La tristeza, en cambio, se representa por ese lugar en donde reina la esquivez y la desolación: el desierto, la soledad. El contraste entre la alegría de la luz y la tristeza del rechazo aumenta la sensación de dolor que proporciona esa agonía que fue provocada por dos armas: el cuchillo y la espada. Ésta segunda se refiere a lo sufrido (herida profunda, la que se causa al toro antes de morir), mientras que la del cuchillo se refiere a lo que todavía queda por sufrir, cuando llegue la hora del adiós definitivo.

Es hermoso el contraste que existe en el primer terceto: el poeta, por un lado, opta por no hablar y por apartarse al reino del silencio y de la ausencia. Parece como si así evitara el enfado al que aludía en el primer verso del soneto. Sea como fuere, los infinitivos “ver” y “oír” de la primera estrofa quedan negados en la tercera: “ni has de oírme ni has de verme”. Pero si hablamos de contraste, hay que hacer mención a ese que nos cuenta el silencio del poeta y el grito instante de la pena: bellísimo terceto en el que hasta el nivel fónico contribuye a llenar de resonancias de plenitud armónica una rima interna de efectos sorprendentes: “mi constante pena instante”. Calla el poeta y grita la pena. La personificación es hermosísima y la separación entre el yo y su pena nos recuerda a Jorge Guillén, quien escribía en Cántico: «Yo no soy mi dolor. / ¿Mío? Nunca. No acoge / Mi poder. Anulado, / Me pierdo en el desorden.» . Claro que a estas y otras más atrevidas prosopopeyas nos tiene acostumbrados la poesía de quien es capaz de afirmar que “por doler, le duele hasta el aliento”.

 

Llama la atención cómo la última estrofa llega a retorcer la sintaxis, como más adelante observaremos. Desorientado, balbuciente, el poeta no se decide a irse, aunque se va. No caben explicaciones que hablen de una ida física y de una permanencia espiritual. No. El poeta pone en práctica ese apartamiento al que aludía en el anterior terceto, y, finalmente, se despide de la amada. Se acabaron las especulaciones, los requiebros y las esperanzas; se acabó el recurso de apelar a la compasión. Regresa la realidad, el presente cruel y, solo (desierto) y vacío (sin arena), el poeta se despide de la amada hasta la muerte.

 

Es muy revelador el uso de los tiempos verbales que predominan en cada una de las estrofas: la primera alude a un presente continuo y habitual, de carácter generalizador e impersonal; la segunda presenta una alternancia entre el pasado y un futuro anticipador, mitigado por una forma perifrástica (“me queda que sufrir”); esa anticipación queda definida en el primer terceto, cuyo futuro es concluyente (“me callaré,  me apartaré”); finalmente, la cuarta estrofa nos sitúa en el presente rotundo y puntual de la despedida: “me voy”, “adiós”.

 

Y puesto que hablamos del estilo del poema atendiendo al uso de los verbos, hemos de llamar la atención sobre algo que resulta asombroso: la recurrencia de verbos de movimiento a lo largo de todo el poema. Doblemente insólito resulta este hecho, si consideramos que el soneto es un poema de amor. Ese movimiento desnortado del ir y venir del primer cuarteto; ese andar del cuchillo (referido al sufrimiento presente) hasta “aquella espada” (referido al pasado) del segundo cuarteto, en el que con progresión ascendente y regresiva quedó tocado por instrumentos que proporcionan heridas; ese apartarse adonde habitan la ausencia y el silencio… todo ese movimiento, digo, queda reflejado en el final del poema como un ajetreo de desconcierto poético, de idas y venidas, de vacilaciones, de rectificaciones: “me voy, pero me quedo, / pero me voy […] Adiós amor, adiós hasta la muerte”. Es la apoteosis de la voz instante de la pena y el silencio resignado del amante rechazado. Y aquí es donde urge hablar del uso tan poco convencional (se trata de una incorrección elevada a categoría de licencia poética valiente y genial) de la recursividad gramatical en las adversativas. Eso que resulta incorrecto en el lenguaje ordinario, Miguel Hernández lo legitima con una autoridad incontestable. Por eso, llena de expresividad ese ir y venir vacilante, descontrolado y disperso del “me voy, pero me quedo, pero me voy”. Estas osadías gramaticales son una novedad en el poeta, pero novedad relativa, pues, aparte la invención de no pocos vocablos, ya en la Elegía a Ramón Sijé se atrevió a transitivizar el verbo ‘regresar’ en el verso 33 de dicho poema: “y desamordazarte y regresarte”. 

 

La enorme expresividad del poema viene determinada por el ritmo; también por una rima de resonancias asombrosas (¡qué extraordinaria paronomasia cierra el verso décimo, cuando atribuye a la “pena” la cualidad de “plena”: “constante pena instante plena!”), aunque, en una primera impresión, algunas combinaciones fónicas suenen a poco líricas. Claro que hablar de resonancias de aficionado en Miguel Hernández es no saber que la palabra del poeta oriolano es contundente como el hierro y penetrante como una lanzada de emoción, más allá de la frialdad de un enunciado. Es sorprendente cómo, tras la aparente rima sin aristas que pudieran sugerir los vocablos “enfada” y “desolada”, en el citado verso décimo reside una rima interna bellísima y de efectos memorables. Asalta la sensibilidad receptora del lector una serie de términos inesperados (“y nada todo es nada”, “me callaré, me apartaré”). También la especial disposición espacial de algunos vocablos que aparecen dispuestos intencionadamente con los conceptos cruzados: así el “ver” y “oír” del primer verso se convierte en “ni oírme ni verte”. En definitiva, queda la sensación final de que el poeta ha manejado el lenguaje con una originalidad incontestable. Pero al margen de toda consideración técnica, reconocemos en el presente soneto la personalidad de Miguel Hernández. Aunque no fuera rubricado con su nombre, escucharíamos y reconoceríamos su voz inconfundible (¿qué otra cosa es el estilo?).  

 

Estudiado también desde un punto de vista entonativo, observamos cómo la disposición oracional del poema alarga la melodía de los enunciados y se “escucha” un discurso lento, elegante y dilatado en los dos cuartetos. Los signos de puntuación son casi inexistentes (un punto tras cada estrofa y una sola coma cerrando el verso tercero). En los dos tercetos, en cambio, el balbuceo dubitativo y creciente del texto origina una entonación entrecortada que llega al paroxismo de la indecisión y el miedo en los tres últimos versos. Evidentemente, ese ritmo discontinuo y vacilante viene determinado por el uso de la recursividad de los conectores contrastivos “pero”, del uso de un asíndeton machacón, reiterativo y lleno de plasticidad: me voy, me voy, me voy, pero me quedo, / pero me voy… El poema, pues presenta un in crescendo progresivo, rítmico y de cierre abrupto. Tras el poema queda el silencio como límite, tal vez el efecto fónico más espectacular tras la sonoridad de los fonemas vibrantes de “amor” y “muerte”.

 

Siguiendo el cómputo porcentual de Pierre Guiraud en Las categorías estáticas del vocabulario y su posterior adaptación de Navarro Tomás al castellano, observamos que en el poema aparece un 51.28% de verbos (la norma establece que los verbos ocupan un 24.4% del total del léxico español), un 15.38% de adjetivos (la norma es un 24.4%), mientras que los sustantivos aparecen en un 30.76% de ocasiones, es decir, un 14% por debajo de la norma castellana. De estas observaciones porcentuales podemos deducir que el poema es especialmente dinámico, nada contemplativo, ya que, como dejamos dicho, predominan los verbos. Dentro de esta categoría gramatical, hay 8 de movimiento, cosa inusual en la lírica más profunda, la de las mayores emociones. Es en el primer cuarteto donde ya se contempla ese ir y venir desacordado y errático de la alegría a la soledad. Ese andar errático se intensificará gramatical y sémicamente cuando, en el segundo terceto, el trasiego vacilante de pasos conduzca inexorablemente a la estación término de la muerte, el cierre del poema. Así, pues, el gran mérito del poema consiste en que con una formulación categorial poco lírica, se consigue una gigantesca emoción lírica. Otra paradoja hernandiana. 

 

Pero al margen de lo que nos pueda sugerir ese mosaico de categorías, debemos hablar del léxico, uno de los aspectos en los que mejor se manifiesta el alma del poeta y el estilo del poema. Pertenecen al mismo campo sémico de la tristeza-dolor una serie de vocablos que se agrupan siguiendo unas pautas muy bien delimitadas por el texto. Con una relación de co-hiponimia con respecto del hiperónimo dolor, al tiempo que con una relación de progresión temática, aparecen “he sufrido”, “queda que sufrir”, “agonía” (con un desplazamiento hiperbólico), “cuchillo y espada” (en este caso, resaltados por un desplazamiento semántico tan recurrente como la metáfora) y pena (sinónimo de dolor). Frente a estos términos que, en cierta manera, configuran una red de sinónimos contextuales, aparecen los antónimos de la pena “alegría”, “mar meridiano” y “bahía”. Los dos últimos quedan unidos por una relación metafórica que, al tiempo que los obligan a relacionarse como sinónimos contextuales, se contraponen semánticamente a los términos “desierto” y “sin arena”, igualmente metafóricos y antónimos.

 

Al margen del campo léxico que los integre, observamos también una serie de paradojas que tienen su base en la utilización de un léxico dispuesto en una sucesión de antónimos magistralmente tratados: triste-alegría (1y 2); se viene-va (2); mar meridiano-región esquiva y desolada (3 y 4); todo-nada (5)[2]; callaré-pena instante (9-10); me voy-me quedo (12); desierto-sin arena (13). Encontramos, además, un notable contraste entre vocablos de connotación coloquial (enfada, se viene y va, cuchillo, espada, apartaré) frente a otros de matiz culto: esquiva, desolada, mar meridiano, pena instante… No contemplamos en esta ocasión la espléndida progresión temática que se observa en ver-oír, mar-bahía, todo-nada, he sufrido-me queda por sufrir, cuchillo-espada, me callaré-pena instante… porque hacerlo sería no acabar nunca.

 

Tocando de pasada la adecuación, queremos observar dos aspectos que nos han llamado la atención. Incluir en un poema de enorme intensidad emocional expresiones tan coloquiales como  “enfada”, “Lo que he sufrido y nada todo es nada”, “me apartaré si puedo” y la redundancia obsesiva del “me voy” es, en nuestra opinión, una osadía de armas tomar. Dichos coloquialismos tienen, además, un rasgo que los configuran como más valientes todavía: son fragmentos de oralidad insertados en un territorio –el de la poesía- perfectamente propicio a la exquisitez. El segundo aspecto consiste en el registro empleado por el poeta: independientemente de la preparación intelectual del lector del soneto o su formación, todos –creemos- pueden entender el sentido del poema y sentir la emoción que de él emerge. Son muy pocas las voces que representan cierto registro culto: “mar meridiano, región esquiva y desolada y pena instante… Y a pesar de todo, el soneto nos asombra con una fuerza y una reciedumbre que se aparta de la funcionalidad del lenguaje más automático e informativo.

Lo demás, ya se sabe: personificaciones puntuales (“pena instante”), símiles (“como un mar meridiano”), desplazamientos de carácter connotativo a partir de figuras tan recurrentes como la metáfora o la metonimia (“región esquiva y desolada”, “este cuchillo a aquella espada”, “desierto y sin arena”, “amor”), hipérboles (“el rigor de esta agonía”), asíndeton quebrado por una recursividad valiente, extraña y hasta rebelde (“Me voy, me voy, me voy, pero me quedo, / pero me voy) y rotundo final en el que el límite no es ya la voz de un verso, sino la ausencia de un poeta que se ha quedado sin voz.



[1] En el poema “Una querencia tengo por tu acento”, hay un enigmático verso en el que el poeta, reclamando los besos de su amada, Josefina Manresa, alude a Maruja Mallo con un vocablo misteriosamente homófono de la pintora gallega: “¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!: / tus sustanciales besos, mi sustento, / me faltan y me muero sobre mayo.

[2] Otro mago del uso de la paradoja ha sido José Hierro, quien escribió un poema ya emblemático usando los vocablos “todo” y “nada”. El poema se titula Vida, y dice así: “Después de todo, todo ha sido nada, / a pesar de que un día lo fue todo. / Después de nada, o después de todo / supe que todo no era más que nada. //Grito "¡Todo!", y el eco dice "¡Nada!". / Grito "¡Nada!", y el eco dice "¡Todo!". / Ahora sé que la nada lo era todo, / y todo era ceniza de la nada. // No queda nada de lo que fue nada. / (Era ilusión lo que creía todo / y que, en definitiva, era la nada.) // Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada”.

 

15/01/2009 17:24 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ Hay 2 comentarios.

LA NATURALEZA Y MIGUEL HERNÁNDEZ

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LA NATURALEZA Y MIGUEL HERNÁNDEZ

 

 Por Mª Ángeles Moragues

1- EL HOMBRE Y SUS CIRCUNSTANCIAS:

 

1.1- NACIMIENTO E INFANCIA.

1. 2- ADOLESCENCIA: FORMACIÓN E INFLUENCIAS.

 

 

2. – POÉTICA

 

   2. 1- EL TEMA DE LA NATURALEZA.

 

 

3.- ASPECTOS DEL LENGUAJE POÉTICO.

 

   3. 1- LÉXICO.

   3. 2- ESTILÍSTICA LITERARIA Y AFECTIVA.

   3. 3- VALORES SENSORIALES.

   3. 4- MÉTRICA.

 

  

4.- TASCENDENCIA DE LA NATURALEZA HERNANDIANA SIN MIGUEL HERNÁNDEZ.

 

5.- APLICACIÓN DIDÁCTICA.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2- EL HOMBRE Y SUS CIRCUNSTANCIAS:

 

2.1- NACIMIENTO E INFANCIA.

 

     Desde siempre ha estado muy ligado Miguel Hernández a la naturaleza, como poeta y como persona. Ya sus inicios biográficos se enmarcan dentro del marco natural de una población rural, Orihuela, municipio alicantino situado en plena comarca de la Vega Baja del río Segura, tierra fértil y productiva de cosechas hortofrutícolas. En él viene al mundo el poeta, nacido el 30 de octubre de 1910, en el primer domicilio familiar de la calle S. Juan, nº 80. Una vivienda rústica, en planta baja, de grandes portales y sillares antiguos (hoy desaparecida). En ella permaneció la familia durante cuatro años después de los cuales se trasladarían a la calle de Arriba, nº 73, (próxima al colegio jesuita de Santo Domingo y a las escuelas del “Ave María”) perteneciente a un barrio pobre donde la mendicidad y la proliferación de las clases más deprimidas de la sociedad aún hoy transitan e, incluso, habitan la zona. Actualmente entre el citado colegio religioso y el hogar de los Hernández está enclavado el Centro de estudios hernandianos y la calle de Arriba hoy es denominada calle Miguel Hernández.

     Todas las peculiaridades de la nueva vivienda, fundamentalmente las geográficas, influirán de manera notoria en la obra poética hernandiana. En principio, la construcción típica originaria de la época y la zona, también en planta baja como la anterior, rodeada por un zócalo de cemento moreno hoy pintada de color gris, hecha de mampostería y coronada en la parte alta por un huerto donde crecían el limonero, la morera, nopales y tres higueras, debajo de las cuales compuso algunas de sus mejores creaciones poéticas. “La fachada enlucida de yeso, la puerta de madera de dos hojas  unas segundas de cristales con una cortina echada…” en estos términos describe Josefina Manresa, la esposa de Miguel Hernández la casa de soltero de su marido. A estos datos hay que añadir un espacio destacable, el patio, luminoso y abierto con un pozo y a través del cual se accedía, tras unos escalones, a un establo que albergaba el rebaño de cabras, que salían a pastorear por la puerta trasera. La localización de esta casa a espaldas de la oriolana sierra de la Muela, en el llamado Rellano Blanco, facilitará el contacto directo del joven aspirante a escritor con la primigenia naturaleza. El entorno agrícola y ganadero de casa, a lo que hay que añadir el oficio paterno como tratante de ganado, se dejará sentir en la poesía de Hernández.

     Desde sus cuatro años Miguel entra en contacto directo con una naturaleza viva y ella será quien le conceda el primer conocimiento sobre la vida. En ella aprenderá el suceder de las estaciones anuales, el nombre de plantas y animales, sus olores, costumbres, ritos, ciclos como el nacimiento y la muerte de los seres vivos, asiste al parir de las bestias, a su amamantamiento, en definitiva, al despertar de la vida. Su labor como cabrero, asignada por el padre, de semblante adusto y talante severo, le llevará a aprender a silbar, a uquear al rebaño, a ordeñar, a limpiar el establo, a recolectar fruta, repartir leche etc.…

   Pero a este cuadro de naturaleza verde y embriagadora oriunda de Orihuela es obligado añadir sus capacidades de observador y de inquietud por saber, además de la instrucción primaria que, paradójicamente por decisión del padre, recibió en unas escuelas privadas para cursar preescolar llamadas de “Nuestra Señora de Montserrat” para más tarde ser matriculado en una extensión académica del colegio “Santo Domingo” llamada escuelas “Ave María”. Tras el abandono obligado de la etapa de instrucción, Miguel seguirá su tarea autodidacta leyendo a los grandes clásicos –Garcilaso, Góngora, Virgilio, etc- en la cueva “Canto Forat”, cerca de casa, en la misma sierra de la Muela.

 

2. 2- ADOLESCENCIA: FORMACIÓN E INFLUENCIAS

 

 

     A los quince años empieza a escribir sus primeros versos. Son los escarceos de un adolescente que pretende trasladar al papel los acontecimientos más sencillos de la vida, aquellos que observa cada día. Hay que hablar, por tanto, de una poesía sensorial en sus manifestaciones visual y acústica. Del mismo modo, este tipo de poesía es susceptible de ser calificada de cotidiana, pues convierte en materia escrita cuanto sus ojos detectan. Estos primeros escritos quinceañeros no pensaba enseñarlos a nadie habida cuenta de que no son sino notas aún sin terminar que albergan una temática local, ni siquiera regional, ya que es el paisaje de Orihuela lo que describen estos versos iniciales.

 

   Son poemas-ensayo, escritos con entusiasmo pero inmaduros ya que no existió nunca en Miguel Hernández una base cultural sistemática sino arrebolada, procedente de recomendaciones lectoras. Sí que denotan sus composiciones primeras mucho afán de superación aunque representen solo un ímpetu y un despegue para lo venidero.   En ellos imita Hernández demasiado aquel modernismo caduco del poeta archenero Vicente Medina y el costumbrismo bucólico del salmantino Gabriel y Galán, afines en lo campesino al entorno donde le ha tocado desarrollarse. Se trata de reminiscencias procedentes de sus lecturas primarias, aquellas que le prestara el canónigo Almarcha, su amigo Carlos Fenoll y las elegidas por decisión propia e instinto lector, sin guía alguna, de sus visitas a la biblioteca pública local. Así pues, a las lecturas citadas hay que añadir la poesía de Zorrilla, Campoamor, Bécquer, Espronceda y Rubén Darío, quien indirectamente le incita a leer un diccionario de mitología del que, más tarde, encontraremos inevitables ecos en la mezcla de palacios con barracas, de campesinos y ninfas, finos perfumes y olor a huerta. Le apasiona la belleza rubendariana y se convierte en su seguidor. El poema hernandiano “Oriental” fue escrito siguiendo Sonatina de Darío, tiene incluso el mismo número de estrofas.

 

   Destaca el poema “Amorosa” por la presencia en él de una suerte de “Carpe diem” a la usanza horaciana, y del que es cuestionable la procedencia de este tópico, de donde lo tomó el poeta. Descartamos cualquier origen derivado de las tempranas clases del colegio jesuita y nos acercamos más a la hipótesis de que esté enraizado en sus múltiples y variadas lecturas. El mismo Miguel Hernández reconocerá que sus versos adolescentes se fueron creando “con muchas lecturas”.

 

   Es también incuestionable su mimetismo literario. La influencia involuntaria y, a veces, voluntaria en algunos de estos poemas primeros es reconocida por el mismo poeta en el romance “A todos los oriolanos” en los siguientes términos: “poesías en las que hay imitaciones / harto serviles y bajas / reminiscencias y plagios / y hasta estrofitas copiadas”. Las reminiscencias le llegan de: Federico Balart, cuyas Poesías completas se publicaron en 1929 y llegaron a la biblioteca municipal de Orihuela. De él tomó la práctica del dodecasílabo y de estrofas sonoras, así como el detenimiento en elementos característicos del paisaje local.

 

   De Salvador Rueda toma la afición por los paisajes coloristas. La paleta cromática de Hernández pendula desde el azul de su cielo levantino y mediterráneo de Orihuela hasta el verde entendido como vitalismo, color de huerta fértil, vergel, y en menor medida, el blanco y el negro. El amarillo, que en su primera poesía es un color vivo, unido al fruto del limonero y en consecuencia asociativa a una sensación de amargura, en los libros posteriores como Perito en lunas adquiere tonalidades áureas.

Son diecinueve años los que tiene el poeta e intenta labrarse un futuro como escritor ya que esta idea es la única que tiene clara, “quiero ser escritor”, le dice a Carlos Fenoll. Se trata de piezas que hoy han de ser vistas y analizadas como poemas-proceso de aprendizaje.

 

   También su pluma se deja cautivar por la métrica de influencia guilleniana, Jorge Guillén es imitado por nuestro vate siguiendo las décimas de Cántico. Miguel copiaba las décimas originales y luego escribía las suyas propias en el mismo manuscrito.

 

   Asimismo, se siente atraído por el mítico mundo de García Lorca y la métrica del Cante jondo y de ello dejará constancia en Perito en lunas. Como anécdota recordamos que cuando Miguel tuvo el libro terminado envió un ejemplar a Federico y éste le contestó: “Tu libro está en el silencio como todos los primeros libros, como mi primer libro que tanta fuerza y encanto tenía. No se merece Perito en lunas ese silencio estúpido. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Los libros de versos, Miguel, caminan muy lentamente”.

 

   El crítico Antonio Gracia advierte que Miguel Hernández ha sido escritor por los clásicos y como tal es leído. Esta afirmación la justifica poniendo de relieve la deuda del oriolano con Garcilaso que el propio Miguel ya reconociera en vida. Concretamente en el poema que le dedicó,  “Égloga”, con los versos  “o convertido en agua, aquí llorando, podréis / allá despacio consolado” donde hay claras referencias al Tajo, río que pasa por Toledo, ciudad donde nació Garcilaso, además de otras alusiones a su condición de caballero y militar.

 

   Según José Mª Balcells también se advierten en Hernández ciertas asimilaciones de la poesía petrarquista española del Siglo de Oro o la poesía pastoril de Cervantes.

 

3. – POÉTICA

 

   3. 1- EL TEMA DE LA NATURALEZA.

 

   Temática casi perpetua en la trayectoria hernandiana. Hasta en el uso del papel de estraza donde comenzó escribiendo hay huella de esa naturaleza consustancial a él. Será en 1926 cuando recoja sus composiciones poéticas en un cuaderno pautado con  líneas horizontales. Según declaraciones de quien fuera su viuda, Josefina Manresa, “el poeta nunca escribía en casa, siempre lo hacía en el campo o en la sierra”. Era pastor, “el oficio de los dioses paganos y los héroes bíblicos”, tal como le escribiría en una carta a Juan Ramón Jiménez. Llegó a escribir también a lomos de una cabra tal como él mismo confirma verbalmente en su “Carta a todos los oriolanos” donde dice: “Alma de mis oriolanos / ¡digo!, oriolanos de mi alma. / A vosotros me dirijo / desde esta carta “arrimada”, / que escribo, teniendo por / mesa el lomo de una cabra, / en la milagrosa huerta. / Mientras cuido la manada (…)”.

   En los primeros escritos que marcan sus inicios como poeta se advierte ya la estrecha vinculación entre su oficio poético y su cotidianidad en versos como “en cuclillas, ordeño / una cabrilla y un sueño”. Miguel nunca ocultó esta inseparable dualidad, más bien muestra sus sentimientos más exaltados en poemas como “Canto exaltado de amor a la naturaleza”. Miguel empieza cantando sus propias vivencias, aunando poesía y vida, y aún no sabe dar autonomía poética a la materia vital. Toda su poesía está envuelta en un sentimentalismo nato, las escenas huertanas, las de pastoreo y los cultivos son todavía típicos de una poesía regional que carece de universalidad, al menos temática. Su naturaleza es ahora, en estas publicaciones primerizas un paisaje colorista, perfumado, levantino y auténtico, él mismo lo dice al afirmar que “el limonero de mi huerto influye más en mí que todos los poetas juntos”.

   En esta primera etapa es cuando escribe con mayor intensidad sobre esta temática y lo demuestran poemas como “Pastoril”, “El alma de la huerta”, “La bendita tierra”, “Lluvia”, “Atardecer”, “La palmera levantina” auténtica vegetación de Orihuela donde es conocido el palmeral, “Plenitud”, “Flor de almendro”, “Naranjo” u “Olores”, un tributo, en definitiva, al paisaje visto y sentido. En este último poema citado dice así: “Para oler unos claveles / este muchacho de hinojos. / Tiros de grana. El olor pone sus extremos rojos.  Para oler unos azahares / este muchacho con zancos /. Espuma en luz. El olor / pone sus extremos blancos. Para oler unas raíces / tendido el muchacho este. / Uñas de tierra. El olor / lo pone todo celeste.” Un auténtico panegírico al olor y al sentido del olfato que lo inunda todo, no en vano, Miguel conoce el fuerte olor a tierra húmeda y a estiércol. 

 

    El poema “Pastoril” (declamarlo al alumnado) abre el ciclo público de este oriolano de pro y a modo de tarjeta de visita, a guisa de presentación. Los protagonistas son una pareja de pastores donde el componente masculino, quizá el propio Miguel, es un nato conocedor del ambiente bucólico poblado por: un río transparente, el astro rubio y el aura naciente. En medio, el llanto apenado de Leda, una pastora llora su abandono amoroso. De corte garcilasiano hasta la mitad del poema donde acontece el quiebro sentimental y luminoso. El sol declina, “la sierra roza”, la oscuridad se adueña de los sentimientos y la pastora “sepulta su negra pena”. De Garcilaso a Lorca en menos de sesenta versos marcados por la transformación de la naturaleza que a su vez señala con exactitud cronológica el paso del tiempo, de la mañana a la noche. Sentimientos y naturaleza son también un tándem inseparable.

   Los espacios cantados son aquellos donde el poeta desarrolla su andadura vital, en estrecho contacto con ellos. Así la ciudad de Orihuela es pasto continuo de sus musas, elogiada y enaltecida, descrita con detalles de minuciosidad realista. Su huerto no le pasa desapercibido a su pluma, y vinculado a su biografía común: “Paraíso local, creación postrera, / si breve de mi casa; sitiado abril, tapiada primavera, / donde mi vida pasa / calmándole la sed cuando le abrasa. / Adán por afición, aunque sin Eva, / hojeo aquí mis horas / viendo al verde limón cómo revela / de amarillo sus proras / y al higo verde hacer otras mecedoras (…)”.

   Hay también mezcla de sexo y erotismo que se expresa a través de símbolos, así en “Oda a la higuera” canta la virginidad de María. Las naranjas, los racimos, los vergeles y los rosales albergan también connotaciones eróticas. El limón, que tal como ya hemos señalado, es primero un elemento de inspiración, luego, en El rayo que no cesa, evoluciona a pena de amor, recordemos que ese limón imaginado que la amada le tira, abre en su pecho la herida de “una picuda y deslumbrante pena”.

   Más tarde, aparece su primer libro de poemas, Perito en lunas, donde sigue embelleciendo lo natural a través del empleo de numerosos recursos literarios. Ya en el mismo título aparece el astro lunar, símbolo de fecundidad. Evoca la belleza mediante la flora: azucenas, nardos, lirios, alhelíes, claveles y rosas. Pero no sólo la flora, también la fauna forma parte del corpus de su naturaleza, así la oveja a la que asemeja con la mujer, el toro con quien él mismo se identifica, “como el toro he nacido para el luto” o la abeja, el ruiseñor, el gallo son algunos de los animales utilizados poéticamente para expresar la pasión amorosa. El agua, un heterónimo que agrupa al río, al mar y a la lluvia como constituyentes naturales. Canta al río Segura que cruza la ciudad orcelitana, al Manzanares, a su paso por Madrid,  donde cuentan coetáneos suyos, como los poetas Pablo Neruda y Vicente Aleixandre, los baños del oriolano en sus aguas durante el periodo estival que pasó en la ciudad madrileña. Y al mar Mediterráneo, que en palabras de otro poeta, Leopoldo de Luis, “refleja el levantinismo hernandiano” igual que la palmera a la que le dedica varias composiciones como “El palmero”, “Palmeras”, “La palmera levantina” y “Canto a Valencia”.  En Silbo de afirmación de aldea, el propio poeta se siente identificado con este árbol al decir: “alto soy de mirar a las palmeras”. 

   En Perito en lunas se produce un alejamiento de la naturaleza, lo que la crítica ha dado en llamar “un desgarrón entre el hombre y su paisaje”, si bien la relación con aquel terruño vivido y sentido no se rompe definitivamente. Por esta razón aparecen elementos todavía imbricados con lo natural, por ejemplo el gallo o el mar y el río, la granada, aunque cada vez más Miguel no busca la vertiente esteticista sino profundizar en el trasfondo humano y social. En este poemario la cosmología natural va cambiando. Ningún elemento más significativo como la higuera de la que ya hemos hablado. Ahora es un símbolo de lo masculino y viril. Su connotación erótica se manifiesta y la planta que estuvo consagrada a Dionisio es símbolo de la conjunción hombre y mujer cuando habla de “cociente higuera” y símbolo fálico al hablar del acto de la violación en los siguientes términos: “su más confusa pierna, por asalto, náufraga higuera fue de higos en pelo sobre nácar hostil, remo exigente”.   

    La lluvia, en ocasiones, se muestra vinculada a la sangre, “llueve como una sangre transparente, hechizada…”, otras veces, aparece acompañada de truenos, rayos y tormentas. El término rayo lo emplea Miguel Hernández para titular uno de sus libros, El rayo que no cesa, simbolizando en el rayo el destino trágico del amor, como si hubiera presagiado la premonición de sus propias circunstancias amorosas. La tormentas se dejan oír  en versos estruendosos como el emblemático de la “Elegía” a Ramón Sijé, “en mis manos levanto una tormenta de piedras, / rayos y hachas estridentes”. El trueno lo emplea en la “Elegía primera” para definir a Federico García Lorca como “trueno de panales”. Otro fenómeno atmosférico relevante en la poesía de Hernández es el viento, fuerza natural en quien deposita los valores de la paz y la libertad: “Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran”.   

     La tierra es otro de los componentes trascendentes a su poesía. “me llamo barro, aunque Miguel me llamo”, así escribe el poeta al mezclar agua y tierra, porque concibe la tierra como madre, esa que le ha visto nacer y que lo acogerá tras su muerte, por ello es motivo de inspiración poética. Tal era su unidad con la naturaleza. Esta es una de las razones que impulsa a numerosos críticos a referirse a Hernández más como “el poeta de la tierra” que como “el poeta-pastor”. Este elemento es en el conjunto artístico de Hernández un motivo primigenio, de principio a fin la cruza. Se deja sentir también en sus creaciones teatrales y en la titulada El labrador de más aire hace decir Encarnación, personaje femenino: “La tierra que removía con la reja y con la yunta / se alzaba de punta a punta / ruidosamente sombría. / La tierra se descubría / y abría su espesa rosa, / y al preparar una fosa / para la lluvia y la mies / le tiraba de los pies / como una novia celosa”. Pregunta, ¿observamos reminiscencias quevedescas?

   En Hijos de la piedra continúa esta ósmosis y el personaje Pastor habla y dice: “A la tierra, retama mía, a la buena tierra llena de abrazos”. Es, en conclusión, el destino de todo lo creado, tal como asevera Jesucristo Riquelme que, como estudioso de su paisano, defiende “la fusión de Hernández con la naturaleza, ya como ser cósmico o telúrico, ya como ser social”.

 

   En las cancioncillas de El labrador de más aire vuelve a utilizar una ingente naturaleza en expresiones líricas como: “Como madreselvas, florezco en mayo, / y me crecen los ojos como los racimos”, y esta otra, “lo mismo que un chivo / con una encina / me juntaré contigo”.

 

   En la prosa Momento campesino publicada en el diario La Verdad de Murcia el 8 de febrero de 1934 escribe Miguel, “Vuestra vida es de la tierra como vuestra muerte”. Una vez más no abandona este tópico  que abandera gran parte de su producción.

   Durante el periodo bélico el poeta tampoco abandonó la naturaleza y buena muestra de ello la encontramos en el poema “España en ausencias” (leerlo al alumnado).

     Vicente Ramos habla en Miguel Hernández de hilozoísmo (del griego “hyle”, materia y “zoe”, vida, considera que toda la realidad incluso la inerte está dotada de sensibilidad. Fue la doctrina de la Escuela Jónica griega perteneciente al grupo de filósofos presocráticos), concepto heredado de la cultura griega, mediante el cual el poeta es identificado con la tierra levantina y sus particularidades, y permite relacionar a este poeta con otros escritores alicantinos como Azorín o Gabriel Miró, a quienes cita varias veces en sus versos, extraemos a modo de ejemplo el poema “La palmera levantina” donde dice: “vedla presa, en la retina / de Azorín. / Contempladla entre los ojos / rojos de belleza, rojos / de crepúsculo y pena de Miró”.  

   Pero el reino natural de Hernández no es exclusivo de historias contadas por una voz lírica omnisciente. También elementos unitarios son objeto de testimonio poético y tienen impronta inmediata de un poeta que canta lo que ve. La palmera levantina es digna del elogio procedente de la egregia pluma de Hernández. De ella conoce su anatomía de la raíz a la copa. A ella la culmina de metáforas definitorias al llamarla “señora de paisajes”, o metáforas puras, al hablar de “la que acuna  / al arcángel de la luna”, e incluso metáforas culturalistas, al referirse a esos vates alicantinos que fueron Miró y Azorín, tan literariamente conocidos por nuestro poeta.

 

   Miguel Hernández nunca necesitó de analógicos ni digitales aparatos avisadores del suceder inevitable del tiempo. La cronología poética es eminentemente natural. La llegada y marcha del día y la noche, de las estaciones del año, materializan el tiempo. “¡Marzo viene!” y “Horizontes de mayo” (lectura en clase) son dos de las composiciones emblemáticas alusivas al factor tiempo. En el primer caso encuentra el lector un prodigio natural, que no naturalista, donde confluyen una serie de constituyentes organizados, uno por cada dos versos: el horizonte, el cielo, las flores, el ruiseñor, los huertos, las aves, las moreras, los jilgueros.

 

   Pero el ciclo de la naturaleza como tal se cierra en Silbo de afirmación en la aldea. En este se produce la controversia entre sus líneas poéticas seguidoras de un culturalismo adquirido, el barroquismo gongorino asimilado, aceptado y practicado, una amistad conservadora católica, la de Ramón Sijé, el ejercicio verbal y estilístico frente a la espontaneidad del genio lírico innato en Miguel. Ahora toda la tradición lírica se enfrenta a la urbe y a las nuevas amistades del oriolano, Neruda y Alberti, son sus nuevas conquistas amistosas, ellos le imbuirán una ideología distinta, alejada del conservadurismo y tendente a la progresía.

 

  

4.- ASPECTOS DEL LENGUAJE POÉTICO.

 

   4. 1- LÉXICO.

 

   El léxico de su etapa inicial como escritor aparece repleto de palabras agrestes, a veces, insincero, pero siempre en pos de la búsqueda de la belleza. En varias ocasiones resalta un regionalismo ramplón y va utilizando palabras del habla panocha, salpicada de vulgarismos, aragonesismos y voces específicas de la zona del sureste español: la Vega Baja del río Segura y Murcia a la que desde siempre ha estado muy apegada la  vega. Basta con leer la composición poética “¡En mi barraquita!” para comprobar el inicial uso de dialectalismos léxicos.

 

  Asimismo, el empleo de de términos hondamente huertanos, hoy casi en desuso, hace acto de presencia en los versos: “bancal” y “anegar”. No se registran, sin embargo, palabras típicas con el seseo de la zona, tan enraizadas en la contemporaneidad hernandiana, su propia madre se refería a la tozudez de su hijo con expresiones como: “¡Qué cabesonico es!”, o el mote de Carmen Samper, su primer amor, “calabasica”, pero este influjo fónico no arraigo en la poesía sonora de Miguel, él escribía con corrección académica y la conocía.

 

  Otro aspecto es la aparición de voces creadas por invención propia tales como: azúleo, anfóricas, ideálica, opimo. En la octava 38 de Perito en lunas aparece “fustado” por “frustrado” y no quiso que fuera cambiado el vocablo por el correcto ortográficamente, la razón no es otra que su afán por aportar modismos y suscitar polémica.

 

  Emplea también numerosas voces polisémicas cuyo doble sentido obliga constantemente a los lectores a apelar a su capacidad asociativa y a deshacer equívocos. Así la palabra canto la emplea con tres acepciones: 1- del verbo cantar, 2- brocal de pozo y 3- piedra de río.

Este uso, e incluso abuso, de la abundancia de neologismos, cultismos y, en definitiva, rebuscamientos léxicos tenían como propósito la voluntad individual de Hernández de alejarse de su innata rusticidad. Él era plenamente consciente de su rudeza. Cuando escribe a Juan Ramón Jiménez, a quien llama “Venerado poeta”, le dice textualmente: “Por fuerza he tenido que cantar. Inculto, tosco, sé que escribiendo poesía profano el divino arte”.

 

   En suma, una poesía de juventud que para ser literaria debía ennoblecerla y el primer paso es mediante las formas y los recursos estilísticos.

 

   Pero no sólo el caudal de vocabulario procede de la realidad circundante, sus lecturas e influencias líricas tienen mucho que decir al respecto. En la génesis de su obra tropezamos con palabras heredadas de autores como San Juan de la Cruz, de quien toma abiertamente Silbo. Lo reescribe de la tercera silva del Cántico espiritual cuando el poeta canta a la amada, dice en el verso quinto “El silbo de los aires amorosos” tan afín al verso hernandiano que dice: “la pena hace silbar, lo he comprobado”. También en el culterano Góngora aparece silbo, exactamente en el octavo verso de la octava real sexta de la Fábula de Polifemo y Galatea: “que un silbo junta y un peñasco sella”, o en el verso séptimo de la octava 22 “¡Revoca, Amor, los silbos, o  su dueño (…)”. Esta y no otra interpretación es la correcta para entroncar el origen del término silbo, ya que existe la “leyenda” de la idea apuntada por Efrén Fenoll, para quien esa voz es tomada por el poeta haciendo gala de su habilidad para silbar al ganado.

 

   4. 2- ESTILÍSTICA LITERARIA Y AFECTIVA.

 

      El predominio de metáforas es notorio pero, quizá, o más relevante es el empleo de imágenes expresadas mediante el circunloquio, bastante frecuente y que abona el terreno para el cultivo de un estilo neogongorino. Asimismo, es perceptible la utilización de imágenes católicas, producto de su entorno y de la cultura religiosa oriolana que ha sido desde siempre un identificativo del municipio. Este conjunto de imágenes se constituye como una señal que despunta de lo común de los poemas.

 

   Estas imágenes permiten que podamos referirnos a la poesía hernandiana en términos de poesía visual, que en nada resta a la carga social de algunas composiciones. Como si fueran fotografías instantáneas las descripciones de objetos, espacios y animales son traídos al papel de forma escrita.

 

  Y la descripción de Orihuela en “Contemplad” donde paso a paso va describiendo su pueblo y aledaños geográficos con exacerbado lirismo. Nos versifica la sierra “una sierra aurífera de una ladera la apoya, / una huerta espléndida de verdor la enrolla / y un río de perlas siémbrala y de brillo. Y como un acero descomunal / dimensión la corta corvo y homicida / y un palmar egregio y un regio rosal / brota en cada punto de una inmensa herida”, sigue describiendo los campanarios, barrios y callejones de Orihuela para acabar: “¡Contemplad mi tierra…! Mágicos jardines / de belleza henchidos, verdes la circundan / músicas la ofrecen plúmeos clarines / flores, resplandores y aromas la inundan”.

 

   Las metáforas, además de estar muy elaboradas, poseen la peculiar cualidad de resaltar situaciones y objetos comunes de la vida diaria y hacen de estas metáforas un recurso retórico único ya que fueron creadas por el poeta para su mundo, para un cosmos basado en el culto a lo material y a lo humilde, y es, precisamente, en esto donde radica la originalidad de lo hernandiano. Así están metaforizados el toro, la palmera, el espantapájaros, la noria, etc.…

 

   Este recurso continúa a lo largo de sus publicaciones siguientes. Y hay varias composiciones en las que se aprecian de manera singular. Así en su lamento a la muerte del poeta García Lorca nos dice: “Primo de las manzanas, no podrá con tu savia la carcoma / no podrá con tu muerte la lengua del gusano / y para dar salud fiera a su poma / elegirá tus huesos el manzano”. Con esta bella metáfora Hernández nos dice que esa muerte no acallará su voz y cita los huesos, como elemento más resistente a la descomposición del cuerpo para expresar la perpetuidad de aquél poeta.

 

   En el conocido poema “Nanas de la cebolla”, la mención al bulbo es metafórica, y, a la vez, es la descripción de una realidad, la que le cuenta su esposa por carta sobre el hambre que padece con su hijo. “la cebolla es escarcha cerrada y pobre, escarcha de tus días y de mis noches, hambre y cebolla, hielo negro y escarcha grande y redonda”.

En este mismo poema canta la delicadeza de la infancia, “ser de vuelo tan alto tan extendido / que tu carne parece cielo cernido”.

 

   Otra metáfora es la imagen del sol, motor de vida, que es la encargada de dar cuenta del evento de la reproducción: “la gran hora del parto, la más rotunda hora: / estallan los relojes sintiendo tu alarido  / se abren las puertas del mundo, de la aurora / y el sol nace en tu vientre donde encontró su nido”.

 

   En el “Niño yuntero”,  de Vientos del pueblo, donde hace referencia al horror de la niñez trabajadora cuando metafóricamente dice: “empieza a vivir y empieza / a morir de punta a punta / levantando la corteza / de su madre con la yunta / Cada nuevo día es / más raíz, menos criatura.” Tres palabras, las destacadas, alusivas a la naturaleza.

 

   Aun en Vientos del pueblo la naturaleza sigue teniendo voz propia. La ardua labor de arar la tierra sigue patente y metaforizada junto a ese elemento tan reiterado en la poesía hernandiana, los bueyes: “Lo veo arar los rastrojos y devorar un mendrugo y declarar con los ojos que por qué es carne de yugo”, o “vientos del pueblo me llevan”, “los bueyes doblan la frente / imponentemente mansa”.

 

   Las espigas aparecen en la portada del libro Viento del pueblo como una reivindicación del trabajo de los agricultores en una España agrícola. En este poemario social aparecen poemas como “Campesino de España”, cuyos versos cincuenta y siete y cincuenta y ocho nos dicen: “la salud de los trigos sólo aquí huele ya arde”. La figura del segador también está presente en varias creaciones desde el principio de su trayectoria. En la octava 41 de Perito en lunas vemos cómo el segador junta las mieses con una mano y con la hoz va haciendo tajadas cuando las corta próximas a la raíz: “la mano que las junta / afila las tajadas”. El segador desea que acabe la jornada  “a la luz en torno” por la tarde cuando la luz solar entorna la puerta del día, es decir, el crepúsculo, ya que las jornadas eran de sol a sol sobre todo durante el verano cuando era la siega. Luego, hará gavillas con las mieses, las trillará en la era y hará la masa del pan con la harina y la cocerá en el horno. Así se cierra el ciclo del trigo, desde arar la tierra hasta llegar al pan. Al panadero y al horno les dedicará las octavas 22 y 35.

  

   4. 3- VALORES SENSORIALES.

 

   Colores, olores y sabores brotan en los versos de este poeta. Cabría hablar de una poética basada en el credo de la sensualidad, donde las sinestesias, personificaciones de seres naturales son la nota dominante.

 

   4. 4- MÉTRICA.

  

   En sus primeras composiciones le falta mucha pericia formal para resolver tanto esquemas métricos como motivos literarios. Se deja llevar por la imitación de lo que otros poetas han realizado, perdiendo así la emoción que lleva dentro. Esto provoca que la métrica sea altamente variada. En cuanto a los tipos de versos empleados oscilan entre los bisílabos y los alejandrinos, del mismo modo que las estrofas ofrecen las más diversas combinaciones. Encontramos redondillas, romances, romancillos, hasta llegar al soneto, magna estrofa, que supone un vuelco en las estructuras cultivadas hasta entonces. Son momentos en los que abundan los vicios poéticos: ripios, sonoridad excesiva, ritmo fácil, aliteraciones, encabalgamientos…

 

  

5.- TRASCENDENCIA DE LA NATURALEZA HERNANDIANA SIN MIGUEL HERNÁNDEZ.

 

   Con esta denominación epigráfica nos referiremos al reconocimiento que, pese al paso del tiempo, se le sigue tributando a aquella naturaleza poetizada por Miguel Hernández, “in absentia” del mismo. Es conocida como la Senda del poeta, el mismo sustantivo senda ya conlleva los apreciativos semas de estrechez, incluso más que la vereda, por donde transitaban peatones y ganado menor. Consiste en un recorrido a pie durante tres días que finaliza en Alicante, último destino del poeta. Una iniciativa donde se aúnan poesía y naturaleza, obra poética y espacios reales y auténticos aparecidos en ella.

 

   Se halla dividido este itinerario en tres etapas con punto de partida en la puerta de la hoy casa-museo del poeta, en Orihuela, con la masiva concentración de senderistas y un recital de versos hernandianos. A continuación la dirección es hacia Redován (población situada a escasos kilómetros de Orihuela) donde nació el padre de Miguel y a la que pocos viajes realizó el poeta siendo niño y adolescente. En una de sus calles, concretamente en la Gabriel Miró, se lee una placa conmemorativa de esta Senda. Con posterioridad el desplazamiento llega hasta Callosa del Segura y después hasta Cox, donde también hay una plaza con el nombre de Senda del Poeta (junto al IES) y el único conjunto escultórico que existe de la familia Hernández al completo, Miguel, Josefina y Manuel Miguel, el segundo hijo de la pareja, obra tallada por un escultor local. Más tarde se avanza hacia Granja de Rocamora para finalizar el trayecto primero en Albatera (a seis kilómetros de Orihuela), donde la Casa de la Cultura fue bautizada con el nombre de nuestro poeta. El árbol característico es el naranjo (leer en clase el poema “Naranjo”).

 

   La segunda etapa parte de Albatera hasta San Isidro (localidad situada a dos kilómetros de Albatera, en tiempos de Hernández era su pedanía), allí permanecieron retenidos en trabajos forzosos numerosos compañeros de Hernández en la posguerra española. Con la reanudación de la marcha se llega a Crevillente y después a Elche, ciudad donde el poeta recibió su primer y único premio en marzo de 1931 otorgado por el orfeón ilicitano al poema “Canto a Valencia”. En ella fijó su residencia tras su muerte, su esposa junto a su segundo hijo y en cuyo archivo municipal se encuentran depositados los manuscritos del poeta. El árbol autóctono es la palmera (lectura de cualquiera de los poemas a ella dedicados).

 

   El último tramo comprende Elche-Alicante. En el cementerio capitalino y ante de la tumba de Miguel se clausura el recorrido con un recital. La arboleda de esta etapa es el almendro (declamación a los o por los alumnos de “Almendro”).

 

   Huelga decir que la Senda transcurre por caminos de huerta, hoy algo más adecentados, pero que conservan la esencia de aquel tiempo cuando Miguel con alpargatas los transitaba. Naranjos, limoneros, palmeras y algún escuálido rebaño pueblan aún este paseo, que viene realizándose hacia fines de de marzo, para conmemorar la efeméride de la muerte del poeta y siempre realizado a pesar incluso de las inclemencias meteorológicas.

   Como puede observarse es el primer trayecto el más completo y el más ligado a la vida rural de Hernández. En todos los municipios citados sigue existiendo la huella del poeta, no sólo la conservan sino que, además, la potencian.

 

   Si bien es cierto que esta descripción casi turística alude a uno de los acontecimientos de mayor relevancia en torno a la pervivencia del mito natural hernandiano, no es de menor importancia otras actividades de antaño que también recogían la semilla sembrada. Tal es el caso de la revista Lucera. En ella se perpetuaba el nombre de la cabra preferida de Miguel a la que uqueaba en la sierra oriolana. Lucerna fue una publicación de carácter socio-cultural, cuyo primer número apareció en septiembre de 1991, al precio de 100 pesetas, y se extendió durante años años, hasta enero de 2001. Era de periodicidad alterna y en ella tuvieron cabida los escritores de Orihuela de esta época, José Luís Zenón Huguet (actual director de la revista Empiurema), que junto a José Antonio Saura Fernández y Francisco Seva formaron el primer consejo de redacción. Aparecen también los nombres del poeta Ramón Bascuñana y Aitor Larrabide, miembro de la Fundación “Miguel Hernández” y también algunos coetáneos de Miguel Hernández como Ramón García Álvarez.

 

   Hoy sigue viva la permanencia del anfitrión de estas páginas en prestigiosas instituciones de renombre que siguen trabajando por el legado de Miguel Hernández. Citemos la Fundación “Miguel Hernández”, la “Asociación Amigos de Miguel Hernández”.

  

6.- APLICACIÓN DIDÁCTICA.

 

Hoy por hoy para plantear y realizar una aplicación didáctica de este tema lo más sugerente es trabajar con las TIC y en su mayoría desde ellas propongo:

 

ACTIVIDADES TIC

 

Visita guiada y explicada por el/la profesor/a en las siguientes páginas electrónicas:

 

-          www.miguelhernandezvirtual.com. Página de la Fundación homónima. Es interesante escuchar alguna de las entrevista –seleccionada por el profesor- que contenidas en la fonoteca.

-          www.amigosmiguelhernandez.org. Página de una asociación cultural que organiza actividades entorno al poeta y su obra.

 

2- Como actividad de audio se propone la escucha de la alocución de “Elegía primera” dedicada a Federico García Lorca, por el actor José Sacristán y de “Elegía” musicada por el cantautor Juan Manuel Serrat así como la versión del grupo Jarcha.

 

3- Búsqueda por la red de otras páginas sobre el poeta.

4- Visualización por Internet de las primeras publicaciones de este poeta.

 

ACTIVIDADES LÚDICAS

 

1- Viaje a la Casa-Museo de Miguel Hernández en Orihuela completada con un recital de poemas bajo la higuera donde el poeta compuso algunas de sus creaciones líricas.

 

2- La participación en la referida Senda del Poeta recoge también un día de convivencia con alumnos de otros IES, no sólo de la Vega Baja.

 

ACTIVIDADES DE REFLEXIÓN ESCRITA

 

1-      Cuestionario individual:

 

-          Concepto de paisaje: ¿se puede hablar de paisaje o únicamente de naturaleza en la poesía hernandiana?

-          ¿Qué relación existe entre el paisaje y las emociones expresadas en los versos primeros del poeta?

-          Análisis métrico de “Pastoril”.

-          Análisis temático del mismo poema para ver la influencia de las lecturas en Hernández.

 

2-      En grupo:

 

-          Elaboración de un índice de palabras hernandianas referidas al campo semántico de la naturaleza con las acepciones que fueron empleadas por Miguel Hernández. Se pretende que este vocabulario hoy casi perdido sea conocido por los alumnos.

-          El/la docente dividirá las octavas de Perito en lunas en tantos grupos como grupos de alumnos puedan realizarse en clase, las repartirá y los adolescentes les pondrán título con referencias naturales (ya que el alumnado desconoce que esta es una tarea ya realizada por los investigadores)

 

ACTIVIDADES DE CREACIÓN

 

-          Escribir una carta a los sucesores de Hernández exponiendo su opinión sobre aquella naturaleza.

-          Realizar una estampa lírica sobre un espacio natural de gusto personal.

-          Describir un lugar de la naturaleza actual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

15/01/2009 17:19 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

Biografía

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Miguel Hernández Gilabert nació en Orihuela el 30 de octubre de 1910. La familia de Miguel estaba compuesta por el matrimonio, un niño, Vicente , y una niña, Elvira. El padre, Miguel Hernández Sánchez, se dedicaba a la crianza y pastoreo de ganado. Su madre, Concepción Gilabert Giner, se ocupaba de la casa. El matrimonio tuvo, en total, siete hijos, de los que sólo sobrevivieron cuatro: Vicente, Elvira, Miguel y Encarnación.

                            

A los cuatros años del nacimiento de Miguel, su padre decide trasladar el hogar familiar a una casa más amplia, situada en la calle de Arriba (actualmente Casa Museo). La infancia del poeta transcurre entre los juegos y el trabajo. Desde los siete años ayuda a su hermano Vicente en las tareas del pastoreo, aprendiendo de él este oficio. Asiste a una guardería privada, situada en su misma calle.

 

Ø      A los nueve años se inicia el aprendizaje escolar de Miguel en la Escuela anexa al colegio Santo Domingo. En el curso de 1924-1925 se incorpora a las clases, donde también estudiaba Ramón Sijé, el que más tarde sería su gran amigo.

Ø      Destaca el interés de Miguel por la lectura

Ø      En marzo de 1925 tiene que abandonar sus estudios en el Colegio Santo Domingo ante la crisis económica que atraviesa su familia.

Ø      Su padre le necesita para atender el ganado pero, pese a todo, él aprovecha sus horas de pastoreo en la sierra para seguir estudiando.

Ø      Miguel se convierte en un asiduo visitante de la biblioteca de Luis Almarcha, sacerdote y canónigo de la catedral oriolana. Allí descubre a los principales escritores clásicos de lengua española, así como traducciones de escritores griegos y latinos. 

 

Miguel Hernández empieza a escribir poesías hacia 1925. Su principal fuente de inspiración es el entorno en el que vive: la huerta, su patio, la montaña, las cabras, el pastoreo, el río, etc. Miguel aprovecha cualquier ocasión para escribir. Incluso tiene que esconderse de su padre, a quien le molesta esa afición poética de su hijo.

Algunos diarios de la provincia comenzaron a publicar sus primeros poemas. El primero que aparece publicado es el titulado "Pastoril", en el periódico local 'El Pueblo de Orihuela'. Tras esta aparición pública del joven poeta se irán prodigando sus colaboraciones en la prensa local y, posteriormente, en la provincial.

 

Se forma el llamado "Grupo de Orihuela", como fruto de la amistad entre Carlos Fenoll, Miguel Hernández y Ramón Sijé. Sus inquietudes literarias les animan a reunirse periódicamente en la tahona propiedad del padre de Carlos Fenoll. Cada uno compagina su trabajo o sus estudios con estas aficiones literarias, por lo que tienen que celebrar las reuniones al acabar la jornada.

 

En 1931 realiza su primer viaje a Madrid y, al no encontrar el apoyo que esperaba, regresa a Orihuela.

En 1933 se edita su primer libro, 'Perito en lunas'.

En 1934 realiza su segundo viaje a Madrid. Se publica en la revista 'Cruz y Raya' su auto sacramental 'Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras'.

Comienza a relacionarse con grandes poetas como Alberti, Rosales, Aleixandre y Neruda. Y con Josefina Manresa.

 

En 1935 se afilia al partido comunista.

Durante la República, participó en las “misiones pedagógicas” que llevarían cultura a las zonas más deprimidas de España.

Se incorpora al Ejército Popular de la República.

Es nombrado Comisario de Cultura.

Comienza su trabajo en la enciclopedia 'Los Toros', con José María de Cossío. Miguel participa, en Cartagena, en un acto-homenaje a Lope de Vega. Escribe el drama 'Los hijos de la piedra'. Su amigo Ramón Sijé fallece en diciembre de 1935, con 22 años.

 

En 1936 publica su "Elegía" dedicada a Ramón Sijé. Se edita su libro de poemas 'El rayo que no cesa'. Termina su obra teatral 'El labrador de más aire'.

 

 

En febrero de 1937 es destinado en Andalucía al "Altavoz del Frente". En marzo se casa con Josefina Manresa.

Participa en el II Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia. Realiza un viaje a la URSS, formando parte de una delegación española enviada por el Ministerio de Instrucción Pública, para asistir al V Festival de Teatro Soviético.

Se publican 'Viento del Pueblo', 'Teatro en la guerra' y 'El labrador de más aire'.

En diciembre nace su primer hijo, Manuel Ramón. En otoño de 1938 muere su hijo y ello provoca una serie de poemas que anuncia en su libro 'Cancionero y romancero de ausencias'. Escribe el drama 'Pastor de la muerte'. Actúa como soldado, y como poeta, en diversos frentes.

 

En 1939 nace su segundo hijo, Manuel Miguel. En abril el general Franco declara concluida la guerra. Miguel intenta escaparse a Portugal, pero se lo impide la policía portuguesa y es entregado a la Guardia Civil fronteriza. Tras su paso por cárceles de Huelva y Sevilla, en una prisión de Madrid, compone las famosas "Nanas de la cebolla".

Puesto, inesperadamente, en libertad, es detenido de nuevo en Orihuela.

 

En 1940 se le traslada a la prisión de la plaza de Conde de Toreno en Madrid. Es condenado a la pena de muerte.

Más tarde la condena es conmutada por la de 30 años de prisión. En septiembre, es trasladado a la prisión de Palencia y en noviembre, al penal de Ocaña.

 

En 1941 es trasladado al Reformatorio de Adultos de Alicante. Se le manifiesta una grave afección pulmonar que se complica con tuberculosis en 1941.

 

En 1942 muere en la enfermería de la prisión alicantina y es enterrado en el cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante. Contaba, a su muerte, con 31 años de edad.

 

OBRAS

Poesía

 

Perito en lunas, Murcia, La Verdad, 1933 (Prólogo de Ramón Sijé).

Tristes guerras

El rayo que no cesa, Madrid, Héroe, 1936.

Viento del pueblo. Poesía en la guerra, Valencia, Socorro Rojo Internacional, 1937 (Prólogo de Tomás Navarro Tomás).

El rayo que no cesa, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1949 (Prólogo de José María Cossío. Incluye poemas inéditos).

Seis poemas inéditos y nueve más, Alicante, Col. Ifach, 1951.

Cancionero y romancero de ausencias (1938–1941), Buenos Aires, Lautaro, 1958 (Prólogo de Elvio Romero).

El hombre acecha, Santander, Diputación, 1961 (Facsímil de la primera edición de 1939 perdida en imprenta).

24 sonetos inéditos, Alicante, Instituto de estudios Juan Gil-Albert, 1986 (Edición de José Carlos Rovira).

 

Teatro

Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras, Madrid, 1929.

El labrador de más aire, Valencia, Nuestro Pueblo, 1937.

Teatro en la guerra, Alicante, Socorro Rojo Internacional, 1938

 

15/01/2009 16:52 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.

PLAN DE TRABAJO 2ª evaluación

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  evaluación: Miguel Hernández                                 

 

CONTENIDOS:

·         Análisis sintáctico de la oración simple y compuesta

·         Análisis estilístico

·         Análisis morfológico

·         Análisis léxico

·         Resumen / Esquema de un texto poético

·         Texto argumentativo: opinión personal sobre un tema

·         Miguel Hernández:

Temas:

1. El amor en la poesía de MH

2. Vida y muerte en la poesía de MH

3. Imágenes y símbolos en la poesía de MH

4. El compromiso social‑político de MH

5. Tradición y vanguardia en la poesía de MH

6. La poesía española desde principios del siglo XX hasta la posguerra

7. MH y la naturaleza

TRABAJOS:

·         1 Poema de memoria

·         La casa Museo de Miguel Hernández. Crónica de una visita

·         La tumba de Miguel Hernández. Descripción.

·         RESUMEN DE LA CHARLA DE J.L. FERRIS

LECTURA:

·         Antología Poética de Miguel Hernández

Edición y guía de Lectura: José Luis Ferris

Editorial Austral (nº 487)

* Importante:

1ª)  De esta Antología solamente hay que preparar como secciones de estudio, las siguientes: Perito en lunas, El rayo que no cesa, Viento del pueblo, El hombre acecha y Cancionero y Romancero de ausencias.

 

2ª) De Perito en lunas hay que preparar sólo los siguientes poemas:

· Toro

· Palmera

· Gota de agua

· Noria

· Horno y luna

 

ACTIVIDADES:

EL MIERCOLES, 14 DE ENERO,  VISITA A LA CASA MUSEO DE MIGUEL HERNÁNDEZ  Y A SU TUMBA (7 EUROS CADA ALUMNO)

 

EL LUNES, 16 DE MARZO, A LAS 12 DE LA MAÑANA, CHARLA –COLOQUIO CON JOSÉ LUIS FERRIS

EXAMEN DÍA: 24 de marzo

15/01/2009 16:48 A.G. B. #. MIGUEL HERNÁNDEZ No hay comentarios. Comentar.


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