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Examen de selectividad curso 2012/2013 - Lengua castellana y Literatura

Artículo 6

 

La adolescencia es un momento de crisis en nuestra vida; entendida esta crisis en el sentido etimológico del término, como criba y escrutinio de lo que hasta entonces habíamos creído inamovible. El adolescente se enfrenta, en el plano sexual, emocional y afectivo, con borrascas que ponen en jaque su equilibrio interior; y aquellos entornos en los que hasta entonces se había sentido protegido -la familia, en primer lugar; y después todas las instancias sociales y comunitarias en las que se desarrollaba su existencia infantil- se tornan cárceles contra las que necesita rebelarse, para afirmar su identidad. Este combate natural, propio de cualquier época, se saldaba tradicionalmente con un proceso de maduración personal en el que el adolescente, a la vez que asimilaba su difícil metamorfosis, se incorporaba a la edad adulta, renovando aquellas identificaciones que en la infancia había aceptado pasivamente y que a partir de entonces deberá aprender a hacer suyas.

Pero en nuestra época, el adolescente se topa con un problema añadido: el mundo que le rodea, los entornos familiares y comunitarios, ya no le ofrecen seguridades y garantías; y, al mismo tiempo, su natural rebeldía es halagada por una atmósfera ambiental que ha hecho de la rebeldía -aunque sea la más insensata y desnortada- un valor en sí mismo, impidiendo de este modo su proceso de maduración. En efecto, nuestra época estimula y jalea la brecha entre generaciones, incita al adolescente a una exploración de ese mundo en el que se siente extranjero sin apoyos ni brújulas; y le infunde la creencia destructiva de que la ruptura familiar, la búsqueda de sensaciones nuevas, la exaltación del puro vitalismo y la confrontación con las reglas morales heredadas constituyen el único medio de afirmar su personalidad.

Los resultados de tan devastadora concepción pedagógica los tenemos ante nuestros ojos: el proceso natural de maduración, no exento de pasajes dolorosos, que desemboca en la edad adulta, se ha interrumpido insensatamente; y los adolescentes se ven así arrojados a un terreno de arenas movedizas, lleno de sugestivas y falaces promesas, en el que muchos terminan extraviados, en medio del desconcierto y la angustia. Así, los adolescentes de las últimas generaciones se han ido convirtiendo en sucesivas remesas de 'mozos viejos' de treinta o cuarenta años, que siguen cultivando las mismas aficiones de antaño, convertidas ya en aficiones infantiloides, y tratan patéticamente de camuflar su edad verdadera con atuendos y afeites rejuvenecedores, a la vez que contemplan con horror cualquier atisbo de compromiso o vinculación fuerte en su vida. 

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